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sábado, 30 de mayo de 2009

¿Un estado secular? 1 de 2

Por Sugel Michelén

La palabra “secular” proviene del latín y significa “mundo”, no en el sentido físico, sino más bien temporal. De manera que al hablar de un estado secular, nos referimos a uno que no descansa en ningún principio que trascienda la temporalidad de esta vida presente como apoyo de sus leyes o de sus políticas públicas. En palabras más sencillas, en un estado puramente secular la existencia (o no existencia) de Dios es absolutamente irrelevante a la hora de promulgar las leyes que han de regir la conducta de sus ciudadanos. Uno de los más connotados defensores de un estado secular, en EUA, es el profesor de filosofía de la Universidad de Nebraska, Robert Audi, quien propone tres principios para lo que él llama “virtud cívica en una democracia liberal”.

El primer principio es el que sustenta que nadie tiene la obligación de apoyar ninguna ley o política pública que restrinja la conducta humana, a menos que tales leyes o políticas puedan ser defendidas con argumentos seculares adecuados y no por alguna consideración teológica o religiosa. El segundo principio es que los que aboguen por la promulgación de tales leyes o políticas públicas deben poseer motivaciones netamente seculares. Y finalmente, que las iglesias deben abstenerse de apoyar candidatos (algo con lo que estamos totalmente de acuerdo) ni presionar por la promulgación de leyes o políticas públicas que restrinjan la conducta humana (esto último plantea un serio problema, como veremos luego).

Como bien señala el Dr. Al Mohler, este razonamiento de Audi, descansa sobre tres mitos. El primero es el de la posibilidad de que exista un estado puramente secular. Para que un estado sea puramente secular, debe comenzar negando la existencia de Dios y al hacerlo ya está entrando en consideraciones de tipo religioso y ha dejado de ser secular. Por otra parte, el estado tiene que lidiar con algunas preguntas fundamentales concernientes a la vida y la muerte, nuestra identidad como seres humanos o la razón de ser de nuestra existencia. “Pero desde el momento en que el estado comienza a lidiar con estas preguntas fundamentales, cesa de ser secular”. El segundo mito es el de los argumentos netamente seculares; los legisladores tienen que lidiar con cuestiones como la moral o los valores humanos, acerca de los cuales no podemos argumentar únicamente desde una postura secular. Como veremos en la próxima entrega, nadie se acerca a este tipo de temas desde una postura totalmente neutral.

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