Uno de los aspectos más complejos que se le presenta al cristiano en su vida práctica es el tipo de relación que debe tener con el mundo. Por un lado, la Biblia nos enseña que los creyentes ya no le pertenecen al mundo, que somos extranjeros y peregrinos en un mundo hostil que presenta una oposición activa contra Dios y contra Su pueblo.
Se trata de un sistema de pensamiento que se opone al carácter y la voluntad de Dios. En ese sistema de pensamiento mundano, no es la gloria de Dios la que debemos procurar por encima de todo, sino nuestra propia gloria y nuestro propio placer. Y las cosas que importan no son aquellas que trascienden esta vida, las cosas que tienen un valor eterno, sino las que nos brindan una satisfacción inmediata y temporal. Es ese sistema de pensamiento y ese estilo de vida el que el creyente debe rechazar.
Pero por el otro lado, la Biblia también nos enseña que todos nosotros, creyentes e incrédulos, vivimos en este mundo y tenemos una tarea que hacer aquí y ahora.
Si bien es cierto que no debemos vivir a la luz de ese sistema de pensamiento que es contrario al carácter y la voluntad de Dios, la Biblia establece claramente que el cristiano debe aprender a vivir en el mundo, no a escapar de él.
Y eso genera una tensión que los creyentes no siempre han sabido manejar en una forma adecuada. Estamos en el mundo, pero no somos del mundo. Y cuando esa tensión no es manejada en una forma apropiada, puede producir una decadencia espiritual en el cristiano.
Hablamos de decadencia espiritual cuando un verdadero creyente no se encuentra en un estado saludable, espiritualmente hablando. Es un creyente que ya no disfruta de una cercana comunión con Dios.
Los aspectos que conforman su vida cristiana, y que en el pasado disfrutaba (orar y leer la Biblia en privado, venir a la iglesia, tener comunión con sus hermanos, cantar alabanzas a su Salvador, escuchar Su Palabra predicada, etc.) se han convertido en meros rituales, actividades en las que participa mecánicamente.
Una de las causas que suelen producir ese penoso estado espiritual es la mundanalidad, el descuido en guardarse apropiadamente de esa perspectiva mundana de pensamiento y del estilo de vida que esa perspectiva promueve.
Pero existe otra cara de esa moneda. Así como hay creyentes que decaen espiritualmente por causa de la mundanalidad, así también hay otros que decaen porque no saben cómo interactuar con ese mundo en el que viven.
Como decía hace un momento, ese es un problema que la iglesia ha tenido que enfrentar a través de los siglos, la tensión de estar en el mundo sin pertenecer al mundo.
En los primeros años de la era cristiana, el imperio romano desató una fuerte persecución contra la iglesia; de manera que no era necesario recordar a los cristianos que estaban en terreno enemigo.
Pero a principios del siglo IV uno de esos emperadores romanos, Constantino, dijo haber abrazado la fe cristiana, y no sólo dio por terminada la persecución, sino que también comenzó a favorecer a los cristianos en muchos sentidos.
Repentinamente estos cristianos que habían sido perseguidos por más de dos siglos pasaron a ser personas favorecidas por el imperio. Se construyeron catedrales, los cristianos comenzaron a ocupar puestos públicos importantes, algunos obispos se convirtieron en consejeros cercanos del emperador. Todo parecía sonreírle a la Iglesia.
Pero muchos no estaban contentos con el cambio de estatus, porque percibieron en esa nueva bonanza un peligro potencial para el cristianismo, sobre todo el peligro de que la mundanalidad arropara a muchos que profesaban ser cristianos, pero que ahora no veían el mundo como un enemigo, sino como un aliado.
Lamentablemente, en vez de desarrollar una perspectiva bíblica del tipo de relación que los creyentes deben tener con el mundo, muchos decidieron apartarse literalmente de él.
Así nacieron los monasterios medievales; hombres y mujeres que profesaban la fe cristiana llegaron a la conclusión de que la única forma en que podían vivir un cristianismo auténtico era aislándose de la sociedad.
Y aunque el movimiento monástico nunca encontró eco en el protestantismo, el espíritu del monasticismo todavía sigue vivo en la conciencia de muchos cristianos verdaderos que no saben cómo interactuar con el mundo en una forma apropiada.
En la próxima entrada, si el Señor lo permite, espero ampliar un poco más este tema tan importante compartiendo las notas del sermón expuesto este domingo pasado en nuestra iglesia.
© Por Sugel Michelén. Todo pensamiento cautivo. Usted puede reproducir y distribuir este material, siempre que sea sin fines de lucro, sin alterar su contenido y reconociendo su autor y procedencia.
Leer más...
martes, 6 de abril de 2010
Algunas fotos del reciente viaje a Haití
Damos muchas gracias al Señor por manifestar Su cuidado y protección que viajó recientemente a Haití. Aquí pueden ver algunas de las imágenes del viaje.
De izquierda a derecha: Carmen Naranjo, George Muñoz, Katherine Bautista, Magaly Jimenez, Ealyne Mañón, Aylín Michelén, Vivian Mateo y Esdras Ventura.
Katherine y Carmen con Susette (en medio), directora del orfanato en la ciudad de Puerto Príncipe.
Aylín con uno de los niños del orfanato en la montaña. Este niño de 5 años de edad tiene serios problemas de salud por falta de proteínas.
Katherine con un grupo de niños de la calle que son alimentados por el programa MUTCH (Meals and Uncompromised Truth for Children in Haiti).
Magaly con un grupo de niños en el orfanato de la montaña.
Actividad en el orfanato en la montaña.
Leer más...
Leer más...
Etiquetas:
Haití,
Iglesias Bautistas Sirviendo a Haití
domingo, 4 de abril de 2010
¡El Señor Resucitó, Aleluya!

Cuando las personas escuchan el nombre de Jesús, suelen traer a sus mentes algunas imágenes relacionadas con la vida y ministerio de nuestro Señor. En algunos este nombre evoca la historia de la Navidad, y la figura que viene a sus mentes es la de un niño recién nacido acostado en un pesebre rodeado de animales.
En el caso de muchos otros, la imagen que visualizan es la de un crucificado. Cuando escuchan hablar de Jesús, piensan en un hombre severamente maltratado, clavado en una cruz y coronado de espinas.
Pero son pocos, tal vez, los que piensan en el Señor Jesucristo como el Redentor victorioso que llevó a cabo una gran obra de salvación, por medio de la cual miles de millones de todo pueblo, lengua, tribu y nación han sido, y seguirán siendo redimidos para la gloria de Dios, y reunidos en un solo pueblo, la Iglesia.
Y esa es precisamente, la imagen del Señor Jesucristo que encontramos en el Salmo 22. Este Salmo comienza describiendo los sufrimientos de Cristo en la cruz del calvario, pero concluye con un canto de victoria, anticipando sin duda alguna su resurrección.
En la primera parte del Salmo David describe la muerte de un crucificado, un método de ejecución totalmente desconocido para los judíos en sus días, y que vendría a ser utilizado por los romanos cientos de años más tarde.
De igual manera, lo que David describe en la segunda parte de este Salmo sólo podría ser plenamente entendido 1000 años después, con la revelación del Nuevo Testamento.
La primera sección del Salmo comienza con las conocidas palabras del Señor en la cruz: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” Mientras que la segunda sección, se inicia en el versículo 22 con las palabras citadas por el autor de la carta a los Hebreos, las cuales aplica al Señor Jesucristo: “Porque el que santifica y los que son santificados, de uno son todos; por lo cual no se avergüenza de llamarlos hermanos, diciendo: Anunciaré a mis hermanos tu nombre, en medio de la congregación te alabaré”.
Este pasaje se encuentra en una sección de la carta en la que el autor quiere resaltar el hecho de que Jesús es superior a los ángeles. Es superior, en primer lugar, porque él es el Hijo de Dios, al cual los mismos ángeles le deben adoración (He. 1:5-14); pero es superior también, porque a él se le ha asignado un reino, en el que todas las cosas le estarán sujetas (He. 2:5-9).
Sin embargo, a pesar de la evidente superioridad de Jesucristo, aún así estuvo dispuesto a hacerse “un poco menor que los ángeles” por medio de la encarnación, y en su condición de Hombre morir en la cruz, pagar nuestra deuda con la justicia divina, de modo que nosotros vengamos a ser sus hermanos; y es aquí precisamente donde entra en juego la cita del Salmo 22 (compare He. 2:10-12).
Estos hermanos a quienes se refiere el Salmo son aquellos que vinieron a ser hijos de Dios por la muerte y resurrección de nuestro Señor Jesucristo. Él es, una vez más, quien pronuncia las palabras que David recoge en la segunda sección del Salmo 22.
David nos está diciendo aquí que los sufrimientos del crucificado no serían en vano, y que lo sucedido en esa cruz habría de ser publicado hasta los confines de la tierra y de generación en generación (leer versículos 22-31).
En estos versículos se anticipa la expansión del evangelio en tres etapas que se van ampliando como círculos concéntricos: comienza con el pueblo de Israel en los vers. 22-24; luego le sigue una gran asamblea que incluye a judíos y gentiles, en los vers. 25-29; y finalmente el anuncio se expande hasta alcanzar las futuras generaciones, en los vers. 30-31.
Este es un buen día para meditar en esta porción del Salmo 22, en el que David anticipa, por inspiración divina, la resurrección de nuestro Señor y la expansión mundial del evangelio, mil años antes de Su nacimiento.
© Por Sugel Michelén. Todo pensamiento cautivo. Usted puede reproducir y distribuir este material, siempre que sea sin fines de lucro, sin alterar su contenido y reconociendo su autor y procedencia.
Leer más...
viernes, 2 de abril de 2010
“Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?”
Cuando leemos en los Evangelios las circunstancias que rodearon la muerte de nuestro Señor Jesucristo, salta a la vista la intensidad de sus sufrimientos, tanto físicos como emocionales. El Señor había sido literalmente masacrado por los soldados romanos antes de llegar a la cruz.
Y no podemos minimizar el enorme sufrimiento emocional y mental que debe haber sido para Él percibir la maldad humana en toda su crudeza y su fealdad.
Pero aunque Cristo era 100% humano como tú y como yo, y sus terminaciones nerviosas funcionaban como la tuya y la mía, su dolor más intenso le sobrevino de la fuente más inesperada.
“Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado? ¿Por qué estás tan lejos de mi salvación, y de las palabras de mi clamor?” (Sal. 22:1-2).
Las palabras que encabezan este Salmo fueron repetidas literalmente por nuestro Señor Jesucristo un poco antes de su muerte, y expresan uno de los más grandes misterios de toda la Biblia. Al Espíritu Santo le plugo revelarnos que Cristo fue desamparado por su Padre en el momento más terrible de todo su ministerio.
No se trataba simplemente de una sensación de abandono, como la que experimentan los creyentes en ocasiones, sobre todo cuando están atravesando por un fuerte período de aflicción y no perciben la presencia de Dios en sus vidas. Esa sensación de abandono no corresponde con la realidad.
La Palabra de Dios nos asegura que no existe ninguna cosa creada, ni en el mundo físico ni en el mundo espiritual, que pueda separarnos del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro, como dice Pablo en Romanos 8:39. Nuestro Dios es un Dios fiel, y Él ha prometido que nunca nos dejará ni nos desamparará.
Pero en el caso de Cristo cuando estaba en la cruz, el abandono no fue una mera sensación. Su abandono fue real. De hecho, esa es la única ocasión que se registra en las Escrituras en que Cristo no se dirige a Dios llamándole Padre.
Y la razón es claramente revelada en las Escrituras. Dice el profeta Habacuc que Dios es muy limpio de ojos para ver el mal (1:13); y en ese momento Cristo estaba cargando con el pecado de Su pueblo. En una dimensión que nosotros no podemos entender, Cristo fue hecho pecado, para que nosotros pudiésemos ser justificados.
“Todo nosotros nos descarriamos como ovejas, dice en Isaías 53, cada cual se apartó por su camino; más Jehová a cargo en él el pecado de todos nosotros” (Is. 53:6).
Esa es la esencia del mensaje del evangelio, que Aquel “que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él” (2Cor. 5:21).
Y cuando eso estaba sucediendo, cuando Cristo fue hecho pecado por amor a Su pueblo, el Dios perfectamente santo y justo no pudo tener con Él la comunión deleitosa que siempre había tenido desde toda la eternidad.
Esto es difícil de entender para nosotros, porque tomamos el pecado con mucha ligereza. Pero para Dios el pecado es algo tan serio que para redimir al pecador, Alguien adecuado tenía que asumir la culpa y pagar por ella. La segunda persona de la Trinidad se hizo hombre y murió en una cruz, porque era imposible salvar al hombre de otro modo.
En la cruz del calvario Jesucristo sufrió el infierno que todos nosotros merecíamos por causa de nuestras transgresiones. Toda la ira de un Dios tres veces santo fue derramada sobre él.
Es por eso que dice la Escritura que Cristo es la propiciación por nuestros pecados, en otras palabras, él tomó sobre sí la ira justa de Dios por causa de nuestros pecados. Y lo hizo voluntariamente, por amor a nosotros.
Ese clamor de Cristo en la cruz que se expresa en el Salmo 22 no fue una expresión de duda, sino de agonía. Cristo sabía por qué había sido desamparado (comp. vers. 3); Él sabía de antemano que eso iba a suceder, y aún así, por amor a nosotros, decidió voluntariamente pasar por ese valle de sombra de muerte (comp. Mt. 16:21-23; Jn. 12:27).
Él sabía que había venido a morir, pero sabía también que la muerte no tendría sobre él la última palabra. Por eso clama a Dios, a pesar del desamparo, y apela al hecho de que seguía siendo su Dios: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” Esto parece paradójico; si se sentía desamparado ¿por qué clamó Dios?
Porque la fe de Cristo como Hombre aún se mantenía intacta. El mero hecho de citar este Salmo en esa hora de agonía, era una prueba de eso. El Señor conocía el Salmo 22 de memoria y sabía que concluye con un canto de victoria, no con un grito de frustración.
¿Cuál es, entonces, el sentido de esta pregunta? El mismo Salmo lo aclara en el resto de la estrofa: “Dios mío, clamo de día, y no respondes; y de noche, y no hay para mí reposo”.
Uno de los aspectos que debemos tomar en cuenta al estudiar la poesía hebrea, es el hecho de que posee una rima de pensamiento: usualmente la segunda línea de alguna manera explica o complementa la primera.
Y eso es precisamente lo que tenemos aquí. Cristo no está preguntando la razón de su desamparo, sino expresando su angustia por la extensa duración de esta agonía: “de día… y de noche” (refiriéndose probablemente a la oscuridad que había cubierto la tierra).
No podemos olvidar que la naturaleza humana de Jesús era realmente humana. Y es como Hombre que Él está clamando aquí: “¿Dios mío, Dios mío, por qué me has desamparado por tanto tiempo? ¿Cuántas horas más debo soportar esta agonía?”
Ya llevaba casi seis (6) horas en este suplicio, y él sabía perfectamente que aquello no iba a terminar hasta que bebiera la última gota de esa copa de la ira divina.
Así que este no es un grito de duda, sino el clamor de Alguien que está atravesando por el más intenso sufrimiento que hombre alguno haya experimentado jamás. Por eso continúa librando esta batalla en oración, clamando a ese mismo Dios que lo había desamparado.
Esa es una de las características más impresionantes del Salmo 22; comienza con un grito de desamparo, pero a cada estrofa del Salmo que describe los sufrimientos del Salvador, le sigue inmediatamente una oración a Dios:
“Pero tú eres santo, tú que habitas entre las alabanzas de Israel. En ti esperaron nuestros padres; esperaron, y tú los libraste. Clamaron a ti, y fueron librados; confiaron en ti, y no fueron avergonzados” (vers. 3-5).
El Señor está apelando aquí al carácter de Dios, de manera particular a su santidad y fidelidad. Porque Dios es santo, siempre se ha mostrado como un Dios fiel para aquellos que han puesto su confianza en Él.
Aunque en ese momento su oración no parecía estar siendo oída, Él sabía que Dios tenía una buena razón para su dilación, y que en el momento oportuno sería librado, como lo hizo con Su pueblo en tantas ocasiones.
Y Su oración fue respondida. Al tercer día se levantó victorioso de la tumba y hoy está sentado a la diestra de Dios intercediendo por los Suyos, esperando la llegada de aquel día en que regresará victorioso a establecer Su reino de paz y justicia. Sí debemos meditar en la muerte de nuestro Salvador, pero no para mirarle con pena. Debemos estar infinitamente agradecidos por Su amor, pero al mismo tiempo confiados en que seguimos a un Rey cuyo reino nunca tendrá fin.
© Por Sugel Michelén. Todo pensamiento cautivo. Usted puede reproducir y distribuir este material, siempre que sea sin fines de lucro, sin alterar su contenido y reconociendo su autor y procedencia.
Leer más...
Y no podemos minimizar el enorme sufrimiento emocional y mental que debe haber sido para Él percibir la maldad humana en toda su crudeza y su fealdad.
Pero aunque Cristo era 100% humano como tú y como yo, y sus terminaciones nerviosas funcionaban como la tuya y la mía, su dolor más intenso le sobrevino de la fuente más inesperada.
“Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado? ¿Por qué estás tan lejos de mi salvación, y de las palabras de mi clamor?” (Sal. 22:1-2).
Las palabras que encabezan este Salmo fueron repetidas literalmente por nuestro Señor Jesucristo un poco antes de su muerte, y expresan uno de los más grandes misterios de toda la Biblia. Al Espíritu Santo le plugo revelarnos que Cristo fue desamparado por su Padre en el momento más terrible de todo su ministerio.
No se trataba simplemente de una sensación de abandono, como la que experimentan los creyentes en ocasiones, sobre todo cuando están atravesando por un fuerte período de aflicción y no perciben la presencia de Dios en sus vidas. Esa sensación de abandono no corresponde con la realidad.
La Palabra de Dios nos asegura que no existe ninguna cosa creada, ni en el mundo físico ni en el mundo espiritual, que pueda separarnos del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro, como dice Pablo en Romanos 8:39. Nuestro Dios es un Dios fiel, y Él ha prometido que nunca nos dejará ni nos desamparará.
Pero en el caso de Cristo cuando estaba en la cruz, el abandono no fue una mera sensación. Su abandono fue real. De hecho, esa es la única ocasión que se registra en las Escrituras en que Cristo no se dirige a Dios llamándole Padre.
Y la razón es claramente revelada en las Escrituras. Dice el profeta Habacuc que Dios es muy limpio de ojos para ver el mal (1:13); y en ese momento Cristo estaba cargando con el pecado de Su pueblo. En una dimensión que nosotros no podemos entender, Cristo fue hecho pecado, para que nosotros pudiésemos ser justificados.
“Todo nosotros nos descarriamos como ovejas, dice en Isaías 53, cada cual se apartó por su camino; más Jehová a cargo en él el pecado de todos nosotros” (Is. 53:6).
Esa es la esencia del mensaje del evangelio, que Aquel “que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él” (2Cor. 5:21).
Y cuando eso estaba sucediendo, cuando Cristo fue hecho pecado por amor a Su pueblo, el Dios perfectamente santo y justo no pudo tener con Él la comunión deleitosa que siempre había tenido desde toda la eternidad.
Esto es difícil de entender para nosotros, porque tomamos el pecado con mucha ligereza. Pero para Dios el pecado es algo tan serio que para redimir al pecador, Alguien adecuado tenía que asumir la culpa y pagar por ella. La segunda persona de la Trinidad se hizo hombre y murió en una cruz, porque era imposible salvar al hombre de otro modo.
En la cruz del calvario Jesucristo sufrió el infierno que todos nosotros merecíamos por causa de nuestras transgresiones. Toda la ira de un Dios tres veces santo fue derramada sobre él.
Es por eso que dice la Escritura que Cristo es la propiciación por nuestros pecados, en otras palabras, él tomó sobre sí la ira justa de Dios por causa de nuestros pecados. Y lo hizo voluntariamente, por amor a nosotros.
Ese clamor de Cristo en la cruz que se expresa en el Salmo 22 no fue una expresión de duda, sino de agonía. Cristo sabía por qué había sido desamparado (comp. vers. 3); Él sabía de antemano que eso iba a suceder, y aún así, por amor a nosotros, decidió voluntariamente pasar por ese valle de sombra de muerte (comp. Mt. 16:21-23; Jn. 12:27).
Él sabía que había venido a morir, pero sabía también que la muerte no tendría sobre él la última palabra. Por eso clama a Dios, a pesar del desamparo, y apela al hecho de que seguía siendo su Dios: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” Esto parece paradójico; si se sentía desamparado ¿por qué clamó Dios?
Porque la fe de Cristo como Hombre aún se mantenía intacta. El mero hecho de citar este Salmo en esa hora de agonía, era una prueba de eso. El Señor conocía el Salmo 22 de memoria y sabía que concluye con un canto de victoria, no con un grito de frustración.
¿Cuál es, entonces, el sentido de esta pregunta? El mismo Salmo lo aclara en el resto de la estrofa: “Dios mío, clamo de día, y no respondes; y de noche, y no hay para mí reposo”.
Uno de los aspectos que debemos tomar en cuenta al estudiar la poesía hebrea, es el hecho de que posee una rima de pensamiento: usualmente la segunda línea de alguna manera explica o complementa la primera.
Y eso es precisamente lo que tenemos aquí. Cristo no está preguntando la razón de su desamparo, sino expresando su angustia por la extensa duración de esta agonía: “de día… y de noche” (refiriéndose probablemente a la oscuridad que había cubierto la tierra).
No podemos olvidar que la naturaleza humana de Jesús era realmente humana. Y es como Hombre que Él está clamando aquí: “¿Dios mío, Dios mío, por qué me has desamparado por tanto tiempo? ¿Cuántas horas más debo soportar esta agonía?”
Ya llevaba casi seis (6) horas en este suplicio, y él sabía perfectamente que aquello no iba a terminar hasta que bebiera la última gota de esa copa de la ira divina.
Así que este no es un grito de duda, sino el clamor de Alguien que está atravesando por el más intenso sufrimiento que hombre alguno haya experimentado jamás. Por eso continúa librando esta batalla en oración, clamando a ese mismo Dios que lo había desamparado.
Esa es una de las características más impresionantes del Salmo 22; comienza con un grito de desamparo, pero a cada estrofa del Salmo que describe los sufrimientos del Salvador, le sigue inmediatamente una oración a Dios:
“Pero tú eres santo, tú que habitas entre las alabanzas de Israel. En ti esperaron nuestros padres; esperaron, y tú los libraste. Clamaron a ti, y fueron librados; confiaron en ti, y no fueron avergonzados” (vers. 3-5).
El Señor está apelando aquí al carácter de Dios, de manera particular a su santidad y fidelidad. Porque Dios es santo, siempre se ha mostrado como un Dios fiel para aquellos que han puesto su confianza en Él.
Aunque en ese momento su oración no parecía estar siendo oída, Él sabía que Dios tenía una buena razón para su dilación, y que en el momento oportuno sería librado, como lo hizo con Su pueblo en tantas ocasiones.
Y Su oración fue respondida. Al tercer día se levantó victorioso de la tumba y hoy está sentado a la diestra de Dios intercediendo por los Suyos, esperando la llegada de aquel día en que regresará victorioso a establecer Su reino de paz y justicia. Sí debemos meditar en la muerte de nuestro Salvador, pero no para mirarle con pena. Debemos estar infinitamente agradecidos por Su amor, pero al mismo tiempo confiados en que seguimos a un Rey cuyo reino nunca tendrá fin.
© Por Sugel Michelén. Todo pensamiento cautivo. Usted puede reproducir y distribuir este material, siempre que sea sin fines de lucro, sin alterar su contenido y reconociendo su autor y procedencia.
Leer más...
jueves, 1 de abril de 2010
Mostremos verdadero amor hacia los homosexuales
Luego de la revelación pública de Ricky Martin sobre su homosexualidad, muchos artistas salieron en su apoyo. Ellos creen que le hacen un favor al cantante saliendo en su defensa y aceptando su estilo de vida. Pero lo cierto es que aquellos que apoyan la homosexualidad no están defendiendo a los seres humanos que practican este pecado.
La Biblia condena claramente la homosexualidad como un pecado que Dios aborrece (comp. Lv. 18:22; 20:13; Rom. 1:26-27; 1Cor. 6:9-10; Judas 7). Algunos quieren torcer la enseñanza de las Escrituras para apoyar las prácticas homosexuales, pero la Biblia es muy clara al respecto: “ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los que se echan con varones, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los maldicientes, ni los estafadores, heredarán el reino de Dios” (1Cor. 6:10).
Pero la práctica de este pecado no sólo los expone a la condenación eterna. Este es un pecado altamente destructivo. Todos los pecados son destructivos, pero la Biblia enseña que esto es más evidente en los pecados sexuales.
Pablo dice en 1Cor. 6:18: “Huid de la fornicación. Cualquier otro pecado que el hombre cometa está fuera del cuerpo; mas el que fornica, contra su propio cuerpo peca”.
Comentando este pasaje, J. MacArthur dice lo siguiente: “Debido a que la intimidad sexual es la más profunda que une dos seres humanos, cuando se le usa mal corrompe en el nivel humano más profundo. Este no es un análisis sicológico, sino un hecho divinamente revelado. La inmoralidad sexual es mucho más destructiva que el alcohol, mucho más destructiva que las drogas, y mucho más destructiva que el crimen” (ad loc.).
Y dentro de la gama de esos pecados sexuales, la homosexualidad es uno de los más destructivos. Volvamos una vez más a Rom. 1:26-27. Noten con cuidado las expresiones que Pablo usa en el vers. 27.
“Dejando el uso natural de la mujer”. Este es un pecado antinatural. Aun hasta la manera cómo Dios diseñó al hombre y a la mujer nos dice que uno fue creado para complementar al otro. Pero la homosexualidad viola ese diseño.
“Se encendieron en su lascivia unos con otros”. Esta expresión señala una pasión violenta dirigida hacia un objeto que no debe ser legítimamente deseado.
“Cometiendo hechos vergonzosos hombres con hombres”. Una vez más Pablo resalta el carácter vergonzoso de este pecado. Ricky Martin es ahora un héroe a los ojos de muchos por haber confesado desvergonzadamente su pecado. Y los medios masivos de comunicación están contribuyendo cada vez más a que el público lo vea así.
Pero ahora noten lo último que Pablo dice en el texto al final del vers. 27: “Recibiendo en sí mismos la retribución debida a su extravío”. Un comentarista lo pone de esta manera: “Recibiendo las terribles consecuencias físicas y morales de su lujuria”.
Los cristianos no odiamos a los seres humanos que practican ese pecado, ni pensamos que están fuera del alcance de la misericordia de Dios si se arrepienten. Pero precisamente porque queremos el bien de ellos debemos denunciar su estilo de vida y llamarlos al arrepentimiento, porque los homosexuales y lesbianas pueden ser transformados por el poder de la gracia de Dios.
“¿No sabéis que los injustos no heredarán el reino de Dios? No erréis; ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los que se echan con varones, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los maldicientes, ni los estafadores, heredarán el reino de Dios. Y esto erais algunos; mas ya habéis sido lavados, ya habéis sido santificados, ya habéis sido justificados en el nombre del Señor Jesús, y por el Espíritu de nuestro Dios” (1Cor. 6:9-11).
© Por Sugel Michelén. Todo pensamiento cautivo. Usted puede reproducir y distribuir este material, siempre que sea sin fines de lucro, sin alterar su contenido y reconociendo su autor y procedencia.
Leer más...
La Biblia condena claramente la homosexualidad como un pecado que Dios aborrece (comp. Lv. 18:22; 20:13; Rom. 1:26-27; 1Cor. 6:9-10; Judas 7). Algunos quieren torcer la enseñanza de las Escrituras para apoyar las prácticas homosexuales, pero la Biblia es muy clara al respecto: “ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los que se echan con varones, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los maldicientes, ni los estafadores, heredarán el reino de Dios” (1Cor. 6:10).
Pero la práctica de este pecado no sólo los expone a la condenación eterna. Este es un pecado altamente destructivo. Todos los pecados son destructivos, pero la Biblia enseña que esto es más evidente en los pecados sexuales.
Pablo dice en 1Cor. 6:18: “Huid de la fornicación. Cualquier otro pecado que el hombre cometa está fuera del cuerpo; mas el que fornica, contra su propio cuerpo peca”.
Comentando este pasaje, J. MacArthur dice lo siguiente: “Debido a que la intimidad sexual es la más profunda que une dos seres humanos, cuando se le usa mal corrompe en el nivel humano más profundo. Este no es un análisis sicológico, sino un hecho divinamente revelado. La inmoralidad sexual es mucho más destructiva que el alcohol, mucho más destructiva que las drogas, y mucho más destructiva que el crimen” (ad loc.).
Y dentro de la gama de esos pecados sexuales, la homosexualidad es uno de los más destructivos. Volvamos una vez más a Rom. 1:26-27. Noten con cuidado las expresiones que Pablo usa en el vers. 27.
“Dejando el uso natural de la mujer”. Este es un pecado antinatural. Aun hasta la manera cómo Dios diseñó al hombre y a la mujer nos dice que uno fue creado para complementar al otro. Pero la homosexualidad viola ese diseño.
“Se encendieron en su lascivia unos con otros”. Esta expresión señala una pasión violenta dirigida hacia un objeto que no debe ser legítimamente deseado.
“Cometiendo hechos vergonzosos hombres con hombres”. Una vez más Pablo resalta el carácter vergonzoso de este pecado. Ricky Martin es ahora un héroe a los ojos de muchos por haber confesado desvergonzadamente su pecado. Y los medios masivos de comunicación están contribuyendo cada vez más a que el público lo vea así.
Pero ahora noten lo último que Pablo dice en el texto al final del vers. 27: “Recibiendo en sí mismos la retribución debida a su extravío”. Un comentarista lo pone de esta manera: “Recibiendo las terribles consecuencias físicas y morales de su lujuria”.
Los cristianos no odiamos a los seres humanos que practican ese pecado, ni pensamos que están fuera del alcance de la misericordia de Dios si se arrepienten. Pero precisamente porque queremos el bien de ellos debemos denunciar su estilo de vida y llamarlos al arrepentimiento, porque los homosexuales y lesbianas pueden ser transformados por el poder de la gracia de Dios.
“¿No sabéis que los injustos no heredarán el reino de Dios? No erréis; ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los que se echan con varones, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los maldicientes, ni los estafadores, heredarán el reino de Dios. Y esto erais algunos; mas ya habéis sido lavados, ya habéis sido santificados, ya habéis sido justificados en el nombre del Señor Jesús, y por el Espíritu de nuestro Dios” (1Cor. 6:9-11).
© Por Sugel Michelén. Todo pensamiento cautivo. Usted puede reproducir y distribuir este material, siempre que sea sin fines de lucro, sin alterar su contenido y reconociendo su autor y procedencia.
Leer más...
miércoles, 31 de marzo de 2010
Grupo parte hacia Haití para servir en orfanato

Apoyemos en oración al grupo de hermanos que el día de ayer partió para Haití, y que tienen el propósito de servir en dos orfanatorios que operan en la ciudad de Puerto Príncipe. Pidamos a nuestro Dios que les guarde, que les conceda servir con amor a los huérfanos, que les abra oportunidades para enseñar el Evangelio, y que les traiga con bien el próximo viernes.
En la misericordia de Dios llegaron con bien en el día de ayer, y hoy están de lleno dedicados a la labor que les llevó al vecino país.
Al orar no olvidemos sus nombres: George Muñoz, Aylín Michelén, Carmen Naranjo, Elaine Mañón, Katherine Bautista, Magaly Jiménez, Vivian Mateo y Esdras Ventura.
Leer más...
Etiquetas:
Haití,
Iglesias Bautistas Sirviendo a Haití
martes, 30 de marzo de 2010
El matrimonio homosexual
Publiqué esta entrada pasada la media noche, y al despertar en la mañana me encontré con la noticia de que el famoso Ricky Martin reveló públicamente su homosexualidad. Así que, providencialmente, esta entrada cayó como anillo al dedo.
Cuando la Suprema Corte de Justicia de Massachussets aprobó el matrimonio civil de parejas homosexuales hace unos años, la presidenta de la Suprema Corte, Margaret Marshall, declaró que es anticonstitucional privar a un individuo de la protección, beneficios y obligaciones del matrimonio, simplemente porque haya decidido compartir su vida con una persona de su mismo sexo.
Planteado de ese modo, todo el que se oponga al matrimonio homosexual se opone a la Constitución y, lo que es aún peor, carece de sensibilidad humana hacia las personas que tienen una inclinación sexual distinta.
Pero esta cuestión debe ser debatida desde otra perspectiva. Lo que está en juego aquí es la definición misma del matrimonio y, lo que es aún más crucial, el fundamento que sustenta nuestros valores morales.
En un debate sobre el tema que se presentó en el programa televisivo Larry King Live, estaban presentes la congresista Marilyn Musgrave (quien apoya la propuesta de enmienda a la constitución de EUA que define el matrimonio como la unión de un hombre y una mujer) y el alcalde de San Francisco, Gavin Newsome, quien ha estado expidiendo certificados de matrimonio a parejas del mismo sexo.
En un punto del debate la congresista preguntó al alcalde si apoyaba la poligamia o el matrimonio en grupo. El alcalde evadió la pregunta, pero la congresista insistió: “Si Usted borra las líneas que definen el matrimonio, señor alcalde, ¿cuán lejos llegará?”
Si desechamos la definición de matrimonio que Dios nos da en Su revelación escrita, la Biblia, ¿cuál es la base que usaremos para una nueva definición? ¿Por qué considerar moralmente correcto que dos hombres o dos mujeres se unan en matrimonio y no aceptar otras relaciones que hoy la sociedad considera aberrantes, como el incesto, por ejemplo?
¿Acaso no podrían alegar los polígamos, u otros grupos que practican otras formas de relaciones no convencionales, que están siendo discriminados por sus preferencias sexuales? Sin un punto fijo de referencia para establecer lo bueno y lo malo se elimina todo parámetro para decidir cualquier cuestión ética o moral.
Los cristianos partimos de la premisa de que Dios es el Creador del universo y que El se ha revelado al hombre a través de la Biblia. Y allí se presenta la homosexualidad como pecado. En Romanos 1:26-27 Pablo define la homosexualidad como una pasión vergonzosa y antinatural; y en 1Corintios 6:9-11 declara que los que practican la homosexualidad no “heredarán el reino de Dios”.
Los cristianos no odiamos a los homosexuales, ni creemos que su pecado es el único del que los hombres deben arrepentirse. La Biblia define el pecado como transgresión a la ley moral de Dios y proclama que todo transgresor necesita ser salvado por la gracia de Dios en Jesucristo.
Pero los que rechazan las Sagradas Escrituras ¿qué base tienen para sus propias opiniones? ¿Y qué tan lejos están dispuestos a llegar en su redefinición de las relaciones humanas?
© Por Sugel Michelén. Todo pensamiento cautivo. Usted puede reproducir y distribuir este material, siempre que sea sin fines de lucro, sin alterar su contenido y reconociendo su autor y procedencia.
Leer más...
Cuando la Suprema Corte de Justicia de Massachussets aprobó el matrimonio civil de parejas homosexuales hace unos años, la presidenta de la Suprema Corte, Margaret Marshall, declaró que es anticonstitucional privar a un individuo de la protección, beneficios y obligaciones del matrimonio, simplemente porque haya decidido compartir su vida con una persona de su mismo sexo.
Planteado de ese modo, todo el que se oponga al matrimonio homosexual se opone a la Constitución y, lo que es aún peor, carece de sensibilidad humana hacia las personas que tienen una inclinación sexual distinta.
Pero esta cuestión debe ser debatida desde otra perspectiva. Lo que está en juego aquí es la definición misma del matrimonio y, lo que es aún más crucial, el fundamento que sustenta nuestros valores morales.
En un debate sobre el tema que se presentó en el programa televisivo Larry King Live, estaban presentes la congresista Marilyn Musgrave (quien apoya la propuesta de enmienda a la constitución de EUA que define el matrimonio como la unión de un hombre y una mujer) y el alcalde de San Francisco, Gavin Newsome, quien ha estado expidiendo certificados de matrimonio a parejas del mismo sexo.
En un punto del debate la congresista preguntó al alcalde si apoyaba la poligamia o el matrimonio en grupo. El alcalde evadió la pregunta, pero la congresista insistió: “Si Usted borra las líneas que definen el matrimonio, señor alcalde, ¿cuán lejos llegará?”
Si desechamos la definición de matrimonio que Dios nos da en Su revelación escrita, la Biblia, ¿cuál es la base que usaremos para una nueva definición? ¿Por qué considerar moralmente correcto que dos hombres o dos mujeres se unan en matrimonio y no aceptar otras relaciones que hoy la sociedad considera aberrantes, como el incesto, por ejemplo?
¿Acaso no podrían alegar los polígamos, u otros grupos que practican otras formas de relaciones no convencionales, que están siendo discriminados por sus preferencias sexuales? Sin un punto fijo de referencia para establecer lo bueno y lo malo se elimina todo parámetro para decidir cualquier cuestión ética o moral.
Los cristianos partimos de la premisa de que Dios es el Creador del universo y que El se ha revelado al hombre a través de la Biblia. Y allí se presenta la homosexualidad como pecado. En Romanos 1:26-27 Pablo define la homosexualidad como una pasión vergonzosa y antinatural; y en 1Corintios 6:9-11 declara que los que practican la homosexualidad no “heredarán el reino de Dios”.
Los cristianos no odiamos a los homosexuales, ni creemos que su pecado es el único del que los hombres deben arrepentirse. La Biblia define el pecado como transgresión a la ley moral de Dios y proclama que todo transgresor necesita ser salvado por la gracia de Dios en Jesucristo.
Pero los que rechazan las Sagradas Escrituras ¿qué base tienen para sus propias opiniones? ¿Y qué tan lejos están dispuestos a llegar en su redefinición de las relaciones humanas?
© Por Sugel Michelén. Todo pensamiento cautivo. Usted puede reproducir y distribuir este material, siempre que sea sin fines de lucro, sin alterar su contenido y reconociendo su autor y procedencia.
Leer más...
Suscribirse a:
Entradas (Atom)

