En la entrada anterior dijimos que la Confesión de Fe de 1689 es una confesión calvinista, y explicaba que al usar ese término me refería al hecho de que nuestra Confesión se adhiere a los cinco puntos que fueron redactados en ese Sínodo en respuesta a las doctrinas arminianas (si desean conocer más a fondo la historia del Sínodo pueden hacer click aquí). Esos puntos son doctrinales:
1. La depravación total del hombre.
2. La elección incondicional.
3. La expiación limitada (o particular).
4. La gracia irresistible.
5. La perseverancia final de los creyentes.
Veamos lo que enseña la Confesión con respecto a estas doctrinas, creídas y defendidas por estas congregaciones bautistas inglesas del siglo XVII.
La depravación total del hombre.
Cuando decimos que el hombre está totalmente depravado, esto no significa que todo hombre es todo lo malo que pudiera llegar a ser, ni tampoco que el hombre sea completamente incapaz de hacer algo relativamente bueno.
Más bien estamos afirmando que la corrupción del pecado alcanzó al hombre en todas sus facultades, y que éste quedó completamente imposibilitado de salvarse o disponerse a sí mismo para la salvación. En el capítulo 6:2-3 la Confesión dice:
2. Por este pecado, nuestros primeros padres cayeron de su justicia original y perdieron la comunión con Dios. El pecado de ellos nos envolvió a todos y a través de este pecado la muerte pasó a todos.(c) Todos los hombres vinieron a ser muertos en pecado,(d) y totalmente corrompidos en todas las facultades y partes del alma y del cuerpo.(e)
(c) Rom. 3:23
(d) Rom. 5:12-21
(e) Tit. 1:15; Gn. 6:5; Jer. 17:9; Ro. 3:1-19
3. Siendo ellos la raíz de la raza humana, y por la ordenanza de Dios estando Adan en el lugar de toda la humanidad, la culpa de este pecado fue imputada a su posteridad, y la naturaleza corrompida se transmitió a aquella que desciende de ellos según la generación ordinaria.(f) Todos los hombres, siendo concebidos en pecado,(g) y por naturaleza hijos sujetos a la ira de Dios,(h) siervos del pecado y sujetos a la muerte,(i) son dados a inexplicables miserias espirituales, temporales y eternas, a no ser que el Señor Jesucristo los libere.(j)
(f) Ro. 5:12-19; 1 Co. 15:21,22,45,49
(g) Sal. 51:5; Job 14:4
(h) Ef. 2:3
(i) Ro. 6:20; 5:12
(j) He.2:14,15; 1 Ti. 1:10
También pueden ver el capítulo 9, párrafo 3, sobre el Libre Albedrío.
Esta doctrina se opone a la doctrina arminiana que niega la total depravación del hombre y su total imposibilidad para salvarse sin la obra todopoderosa de la gracia de Dios.
También se opone a la doctrina de Charles Finney (y su sistema evangelístico de invitación). Según Finney, el hombre no ha perdido la capacidad de obedecer a Dios, y por lo tanto, puede decidir en cualquier momento, sin la ayuda del Espíritu, cambiar por completo el rumbo de su vida. En eso consiste la regeneración, dice Finney, el cambio de ruta que toma el pecador cuando decide seguir a Cristo.
Por tanto, todo lo que se necesita para ser cristiano es que el hombre decida hacerse cristiano, sin ninguna intervención divina. Lo único que hace el Espíritu Santo es persuadirnos a través de la verdad para que obedezcamos el evangelio, pero nada más. Los hombres, decía Finney, “no son convertidos por un cambio obrado en su naturaleza por el poder creativo del Espíritu Santo”, sino por “rendirnos a la verdad” (cit. por Iain Murray; Pentecost Today?; pg. 50).
El cambio podemos producirlo nosotros mismos por medio de una resolución. Esa resolución del pecador es anterior a la regeneración. Primero yo me decido por Cristo, y entonces Él obra en mí. Eso dicen los arminianos.
Esa resolución debe ser manifestada, según Finney, a través de algún acto físico como ponerse de pie, venir al frente en la iglesia, o algo similar. Esa resolución pública puede ser considerada como idéntica al cambio producido en el hombre en la conversión.
Pero eso es totalmente contrario a la enseñanza de las Escrituras. En Jn. 6:44 el Señor Jesucristo dice claramente: “Nadie puede venir a mí, si el Padre, que me envió, no lo atrae”.
Si venir a Cristo es algo que el pecador puede hacer con sólo quererlo, y no es otra cosa que una decisión pública manifestada a través de levantar la mano o pasar al frente, entonces no se necesita ninguna asistencia especial del Padre para llevarlo a cabo.
Lamentablemente, algunas personas que no se definen a sí mismas como arminianas, y que incluso afirman creer en las doctrinas de la gracia definidas en el Sínodo de Dort, o por lo menos en 4 de ellas, al evangelizar usan la misma metodología y la misma terminología del arminianismo.
Le piden al pecador que levanten sus manos, que vengan al frente, o que reciten la oración del pecador (y una vez hacen eso aseguran al pecador que ya es salvo por haber orado); les dicen que Cristo murió por él, pero que ahora todo depende de su decisión, y cosas así.
¿A qué se debe esto? Probablemente a una falta de comprensión más precisa de la doctrina y sus implicaciones. Lo mismo le ocurre al arminiano cuando ora por la salvación de los perdidos. Su oración es incoherente con su sistema doctrinal (si la salvación depende de una decisión del pecador, ¿para qué orarle a Dios, entonces?).
Ya veremos los demás puntos doctrinales en otra entrada.
© Por Sugel Michelén. Todo pensamiento cautivo. Usted puede reproducir y distribuir este material, siempre que sea sin fines de lucro, sin alterar su contenido y reconociendo su autor y procedencia.
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jueves, 21 de enero de 2010
miércoles, 20 de enero de 2010
El Terremoto en Haití: Una Perspectiva Bíblica
Habiendo visto que la respuesta del ateísmo y la del Dios destronado son inadecuadas, ahora quiero considerar ¿qué podemos aprender de este terremoto que azotó la nación de Haití desde una perspectiva bíblica?
A. El terremoto de Haití nos recuerda que vivimos en un mundo maldito por causa del pecado:
La Biblia nos enseña en el libro del Génesis que todo lo que salió originalmente de la mano de Dios en la creación era bueno en gran manera. De haber continuado en ese estado, este mundo habría sido un lugar sin dolor, sin desgracias ni muerte; un lugar seguro para el hombre y para todas las criaturas que Dios creó.
Pero eso dependía de una cosa: que el hombre, creado a imagen y semejanza de Dios, y a quien le fue dada la responsabilidad de regir la tierra en Su nombre y para Su gloria, mantuviera su lealtad y su obediencia a su Creador. En ese sentido, había una conexión entre el estado espiritual del hombre y el equilibrio armonioso de la creación.
Pero el hombre no mantuvo su lealtad, sino que se rebeló contra Dios, y por causa de su desobediencia y rebeldía este planeta dejó de ser lo que originalmente fue.
“Maldita será la tierra por tu causa – dice Dios a Adán; con dolor comerás de ella todos los días de tu vida. Espinos y cardos te producirá, y comerás plantas del campo. Con el sudor de tu rostro comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra, porque de ella fuiste tomado; pues polvo eres, y al polvo volverás” (Gn. 3:17-19).
La muerte entró en el mundo por causa del pecado, y aún la tierra misma recibió el impacto de esa rebelión. “El perfecto equilibrio simbiótico de los elementos creados quedó trastornado… y dislocado” (Alan Dunn).
O como dice Erwin Lutzer: “La creación llegó a ser una víctima impersonal de la decisión personal que tomó Adán al rebelarse. La naturaleza está maldita porque el hombre está maldito; el mal natural… es por consiguiente un reflejo del mal moral porque ambos son salvajes, crueles y perjudiciales”.
Este mundo dejó de ser un lugar seguro, no sólo porque el hombre en su rebeldía ya no merecía vivir en un mundo equilibrado y armonioso, sino también para darnos una idea de lo horrible que es el pecado a los ojos de Dios.
“Dios puso al mundo natural bajo maldición – dice Piper – para que los horrores físicos que vemos en derredor nuestro en enfermedades y calamidades nos presenten una imagen gráfica de lo horrible que es el pecado. En otras palabras, la maldad natural es un indicador que nos señala los horrores de la maldad moral”.
“El mundo natural está plagado de horrores para despertarnos del mundo de fantasía que dice que el pecado no es una cuestión importante. (Cuando es en realidad)… una cuestión horrorosamente importante” (Piper).
Cuando veamos las noticias de la tragedia haitiana, no sentemos a Dios en el banquillo de los acusados; recordemos que este mundo es como es por la entrada del pecado. Dirigir nuestra rabia hacia Dios, no solo es inútil, sino también absurdo, tan absurdo como criticar a un juez que condena a un malhechor por un crimen que sí cometió.
Ahora bien, para que nadie saque conclusiones apresuradas de esto que acabo de decir, ahora debo añadir, en segundo lugar, que el terremoto de Haití también nos recuerda, o al menos debería recordarnos, que nuestra comprensión de los propósitos de Dios es limitado.
B. El terremoto de Haití nos recuerda que nuestra comprensión de los propósitos de Dios es limitado:
Muchos se preguntan si el terremoto de Haití será un juicio de Dios sobre una nación donde hay tanto oscurantismo espiritual y donde se practica el Vudú abiertamente. Y no debe cabernos ninguna duda de que esas prácticas religiosas son abominables a los ojos de Dios, ¿pero podemos estar seguros de que esa fue la razón por la que ocurrió este terremoto?
¿Creen Uds. que la República Dominicana es menos merecedora del juicio de Dios? Hablando acerca de esto, Al Mohler se pregunta:
“¿Por qué no le envió Dios un terremoto a la Alemania nazi? ¿Por qué ningún tsunami se tragó los campos de exterminio de Camboya? ¿Por qué el huracán Katrina destruyó más iglesias evangélicas que casinos? ¿Por qué dictadores asesinos viven hasta la vejez, mientras que muchos misioneros mueren en su juventud?”
Los juicios de Dios son insondables y Sus caminos inescrutables, dice Pablo en Rom. 11:33. Nosotros solemos relacionar las desgracias con el pecado y el bienestar con la bendición de Dios. Pero la providencia de Dios es muchísimo más compleja.
El Señor Jesucristo tuvo que corregir algunas de esas percepciones equivocadas durante Su ministerio: “En este mismo tiempo estaban allí algunos que le contaban acerca de los galileos cuya sangre Pilato había mezclado con los sacrificios de ellos. Respondiendo Jesús, les dijo: ¿Pensáis que estos galileos, porque padecieron tales cosas, eran más pecadores que todos los galileos? Os digo: No; antes si no os arrepentís, todos pereceréis igualmente. O aquellos dieciocho sobre los cuales cayó la torre en Siloé, y los mató, ¿pensáis que eran más culpables que todos los hombres que habitan en Jerusalén? Os digo: No; antes si no os arrepentís, todos pereceréis igualmente” (Lc. 13:1-5).
Donald Carson hace tres señalamientos con respecto a la enseñanza del Señor en este pasaje:
1. Jesús no asume que aquellos que sufrieron bajo Pilato, o los que murieron cuando se derrumbó la torre, no merecieran su destino.
2. Jesús insiste que la muerte por esos medios no es evidencia de que los que sufrieron de ese modo fueran más malvados que los que escaparon a semejante destino.
3. Jesús considera las guerras y los desastres naturales… como incentivos al arrepentimiento. Pero ya hablaremos de esto en un momento.
Como dice Erwin Lutzer: Debemos ser cuidadosos con lo que decimos cuando ocurren este tipo de tragedias. “Si decimos demasiado, podemos equivocarnos, pensando que podemos leer la letra pequeña de los propósitos de Dios. Pero si no decimos nada, damos la impresión de que no hay un mensaje que podamos aprender de las calamidades… Dios sí habla a través de estos eventos, pero debemos ser cautos al pensar que conocemos los detalles de Su agenda”.
C. El terremoto de Haití nos recuerda que Dios sigue siendo misericordioso y compasivo con un mundo que le odia:
Cuando vemos el pecado y la rebeldía del hombre en su justa dimensión, en vez de sorprendernos por los desastres naturales, nos sorprendemos más bien de las muchas bendiciones que Dios derrama sobre un mundo que no lo merece.
Cristo mismo dice en Mt. 5:45 que Dios hace salir Su sol sobre malos y buenos, y hace llover sobre justos e injustos. Y en Hch. 14:17 Pablo dice a los ciudadanos de Listra que Dios no se ha dejado a Sí mismo sin testimonio, “haciendo bien, dándonos lluvias del cielo y tiempos fructíferos, llenando de sustento y alegría nuestros corazones”.
Erwin Lutzer dice al respecto: “A menudo la misma gente que pregunta dónde estaba Dios después de un desastre se rehúsa ingratamente a adorarlo y honrarlo por los años de paz y calma. Ellos dejan de lado a Dios en los buenos tiempos, pero piensan que Él está obligado a ayudarlos cuando vienen los tiempos malos. Creen que el Dios al que deshonran cuando están bien debería sanarlos cuando están enfermos; que el Dios al que ignoran cuando son ricos debería rescatarlos de la inminente pobreza; y que el Dios al que rehúsan adorar cuando la tierra permanece firme debería rescatarlos cuando comienza a temblar”.
De hecho, aún en medio de tragedias como la de Haití nosotros podemos ver la mano bondadosa de Dios (la solidaridad del pueblo dominicano, el hecho de que nuestro país no haya sido devastado de tal manera que ahora puede extenderle una mano de ayuda, la ayuda internacional; aún me pregunto, sin minimizar el dolor y el sufrimiento de esa nación, cuánto bien puede venir fruto de esta tragedia que ha llamado la atención del mundo entero, sobre un país que ha sido siempre la cenicienta del hemisferio occidental).
D. El terremoto de Haití nos recuerda que la vida es breve, frágil e incierta:
Nos espantamos, y con razón, cuando vemos tragedias como estas; pero a veces olvidamos que en este mundo maldito por el pecado mueren unas 50 millones de personas al año, a un promedio de 6 mil personas por hora, más de 100 por minuto. Durante el tiempo que hemos estado reunidos aquí probablemente han muerto unas 7 mil personas, sin necesidad de un desastre natural.
Como dice Lutzer, “los desastres naturales atraen nuestra atención… porque intensifican de manera dramática la ocurrencia de la muerte y de la destrucción”.
Y de ese modo nos despiertan a una realidad que tratamos de evadir con todas las fuerzas de nuestro corazón: La vida es breve, frágil e incierta (comp. Ecl. 7:2; Sal. 90:12).
No necesitamos un terremoto para que Dios le ponga punto final a nuestra existencia en este mundo. Creyente, asegúrate de que estás usando bien las oportunidades que aún tienes de servir a tu Señor. Y tú, mi amigo incrédulo, asegúrate de no partir a la eternidad sin estar preparado para ello, teniendo cuentas pendientes con la justicia de Dios.
E. El terremoto de Haití nos recuerda que en este mundo caído debemos llorar con los lloran, y que los bienes que Dios nos da, y el bienestar que nos permite disfrutar, no es para uso exclusivo de nosotros mismos.
Dios no nos llama a tratar de interpretar todos y cada uno de Sus propósitos en las tragedias que sobrevienen a otros, pero sí nos llama a identificarnos con ellos en su dolor y a hacer todo lo que esté a nuestro alcance para aliviar sus penurias (comp. 2Cor. 8:1-5).
“No hay gozo puro en este mundo para las personas a quienes les importan los demás” (Piper).
F. El terremoto de Haití nos recuerda el juicio de Dios que viene a este mundo pecador al final de la historia:
¿Saben una cosa? Por más terrorífico que haya sido el terremoto de Haití, la Biblia nos advierte que lo peor realmente está por llegar (comp. He. 12:25-29). El Señor advirtió claramente que a medida que la historia humana avance, el mundo experimentará lo que alguien ha llamado “contracciones escatológicas” (comp. Mt. 24:6-8). En la medida en que nos acerquemos al fin, las “contracciones escatológicas” de este mundo serán más seguidas y más intensas, como las mujeres cuando van a dar a luz.
G. El terremoto de Haití nos recuerda que hay una sola esperanza segura para este mundo pecador en Aquel que se identificó plenamente con nuestro dolor y sufrimiento:
Hace un rato decíamos que este mundo está maldito por causa del pecado, pero esa es solo parte de la historia. Tan pronto el pecado entró en el mundo Dios anunció la venida de un Redentor que habría de restaurar plenamente lo que el pecado había dañado. ¡Y a qué precio!
Si nos espanta el sufrimiento humano, mucho más espanto deberíamos experimentar al ver al santo Hijo de Dios crucificado en una cruz. Como bien ha dicho alguien, en cierto modo ese fue el acto más injusto de la historia y, sin embargo, fue ese acto tan injusto el que hizo posible que pecadores como tú y como yo pudiesen encontrar perdón y misericordia en la presencia de Dios.
Cuando llegue aquel día en que todos comparezcamos ante el juicio de Dios veremos que la mayor tragedia del hombre no fueron las desgracias que aquí padecieron, ni la mayor bendición fue haber sido librado de ellas.
Lo que trazará la línea divisoria es lo que hicimos con ese Dios que se identificó de tal manera con la miseria humana que sufrió el más grande de los dolores para poder rescatarnos: la segunda persona de la Trinidad, Dios el Hijo, se hizo Hombre para morir en una cruz y así establecer una base justa para el perdón de nuestros pecados. “El justo murió por los injustos para llevarnos a Dios” (1P. 3:18).
Cuando veas las imágenes del terremoto en Haití recuerda que lo peor está por llegar, pero que hay una esperanza segura a la cual puedes acogerte aquí y ahora, viniendo a Cristo en arrepentimiento y fe.
Sí, vivimos en un mundo muy inseguro por causa del pecado, pero hubo Uno que enfrentó el pecado cara a cara y lo venció en el mismo terreno en que el primer hombre fue derrotado.
Y hoy ofrece perdón y vida eterna gratuitamente por gracia, por medio de la fe. No desprecies la misericordia de Dios en Cristo que hoy te da la oportunidad de arreglar tus cuentas con la justicia divina cuando todavía estás a tiempo.
© Por Sugel Michelén. Todo pensamiento cautivo. Usted puede reproducir y distribuir este material, siempre que sea sin fines de lucro, sin alterar su contenido y reconociendo su autor y procedencia.
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A. El terremoto de Haití nos recuerda que vivimos en un mundo maldito por causa del pecado:
La Biblia nos enseña en el libro del Génesis que todo lo que salió originalmente de la mano de Dios en la creación era bueno en gran manera. De haber continuado en ese estado, este mundo habría sido un lugar sin dolor, sin desgracias ni muerte; un lugar seguro para el hombre y para todas las criaturas que Dios creó.
Pero eso dependía de una cosa: que el hombre, creado a imagen y semejanza de Dios, y a quien le fue dada la responsabilidad de regir la tierra en Su nombre y para Su gloria, mantuviera su lealtad y su obediencia a su Creador. En ese sentido, había una conexión entre el estado espiritual del hombre y el equilibrio armonioso de la creación.
Pero el hombre no mantuvo su lealtad, sino que se rebeló contra Dios, y por causa de su desobediencia y rebeldía este planeta dejó de ser lo que originalmente fue.
“Maldita será la tierra por tu causa – dice Dios a Adán; con dolor comerás de ella todos los días de tu vida. Espinos y cardos te producirá, y comerás plantas del campo. Con el sudor de tu rostro comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra, porque de ella fuiste tomado; pues polvo eres, y al polvo volverás” (Gn. 3:17-19).
La muerte entró en el mundo por causa del pecado, y aún la tierra misma recibió el impacto de esa rebelión. “El perfecto equilibrio simbiótico de los elementos creados quedó trastornado… y dislocado” (Alan Dunn).
O como dice Erwin Lutzer: “La creación llegó a ser una víctima impersonal de la decisión personal que tomó Adán al rebelarse. La naturaleza está maldita porque el hombre está maldito; el mal natural… es por consiguiente un reflejo del mal moral porque ambos son salvajes, crueles y perjudiciales”.
Este mundo dejó de ser un lugar seguro, no sólo porque el hombre en su rebeldía ya no merecía vivir en un mundo equilibrado y armonioso, sino también para darnos una idea de lo horrible que es el pecado a los ojos de Dios.
“Dios puso al mundo natural bajo maldición – dice Piper – para que los horrores físicos que vemos en derredor nuestro en enfermedades y calamidades nos presenten una imagen gráfica de lo horrible que es el pecado. En otras palabras, la maldad natural es un indicador que nos señala los horrores de la maldad moral”.
“El mundo natural está plagado de horrores para despertarnos del mundo de fantasía que dice que el pecado no es una cuestión importante. (Cuando es en realidad)… una cuestión horrorosamente importante” (Piper).
Cuando veamos las noticias de la tragedia haitiana, no sentemos a Dios en el banquillo de los acusados; recordemos que este mundo es como es por la entrada del pecado. Dirigir nuestra rabia hacia Dios, no solo es inútil, sino también absurdo, tan absurdo como criticar a un juez que condena a un malhechor por un crimen que sí cometió.
Ahora bien, para que nadie saque conclusiones apresuradas de esto que acabo de decir, ahora debo añadir, en segundo lugar, que el terremoto de Haití también nos recuerda, o al menos debería recordarnos, que nuestra comprensión de los propósitos de Dios es limitado.
B. El terremoto de Haití nos recuerda que nuestra comprensión de los propósitos de Dios es limitado:
Muchos se preguntan si el terremoto de Haití será un juicio de Dios sobre una nación donde hay tanto oscurantismo espiritual y donde se practica el Vudú abiertamente. Y no debe cabernos ninguna duda de que esas prácticas religiosas son abominables a los ojos de Dios, ¿pero podemos estar seguros de que esa fue la razón por la que ocurrió este terremoto?
¿Creen Uds. que la República Dominicana es menos merecedora del juicio de Dios? Hablando acerca de esto, Al Mohler se pregunta:
“¿Por qué no le envió Dios un terremoto a la Alemania nazi? ¿Por qué ningún tsunami se tragó los campos de exterminio de Camboya? ¿Por qué el huracán Katrina destruyó más iglesias evangélicas que casinos? ¿Por qué dictadores asesinos viven hasta la vejez, mientras que muchos misioneros mueren en su juventud?”
Los juicios de Dios son insondables y Sus caminos inescrutables, dice Pablo en Rom. 11:33. Nosotros solemos relacionar las desgracias con el pecado y el bienestar con la bendición de Dios. Pero la providencia de Dios es muchísimo más compleja.
El Señor Jesucristo tuvo que corregir algunas de esas percepciones equivocadas durante Su ministerio: “En este mismo tiempo estaban allí algunos que le contaban acerca de los galileos cuya sangre Pilato había mezclado con los sacrificios de ellos. Respondiendo Jesús, les dijo: ¿Pensáis que estos galileos, porque padecieron tales cosas, eran más pecadores que todos los galileos? Os digo: No; antes si no os arrepentís, todos pereceréis igualmente. O aquellos dieciocho sobre los cuales cayó la torre en Siloé, y los mató, ¿pensáis que eran más culpables que todos los hombres que habitan en Jerusalén? Os digo: No; antes si no os arrepentís, todos pereceréis igualmente” (Lc. 13:1-5).
Donald Carson hace tres señalamientos con respecto a la enseñanza del Señor en este pasaje:
1. Jesús no asume que aquellos que sufrieron bajo Pilato, o los que murieron cuando se derrumbó la torre, no merecieran su destino.
2. Jesús insiste que la muerte por esos medios no es evidencia de que los que sufrieron de ese modo fueran más malvados que los que escaparon a semejante destino.
3. Jesús considera las guerras y los desastres naturales… como incentivos al arrepentimiento. Pero ya hablaremos de esto en un momento.
Como dice Erwin Lutzer: Debemos ser cuidadosos con lo que decimos cuando ocurren este tipo de tragedias. “Si decimos demasiado, podemos equivocarnos, pensando que podemos leer la letra pequeña de los propósitos de Dios. Pero si no decimos nada, damos la impresión de que no hay un mensaje que podamos aprender de las calamidades… Dios sí habla a través de estos eventos, pero debemos ser cautos al pensar que conocemos los detalles de Su agenda”.
C. El terremoto de Haití nos recuerda que Dios sigue siendo misericordioso y compasivo con un mundo que le odia:
Cuando vemos el pecado y la rebeldía del hombre en su justa dimensión, en vez de sorprendernos por los desastres naturales, nos sorprendemos más bien de las muchas bendiciones que Dios derrama sobre un mundo que no lo merece.
Cristo mismo dice en Mt. 5:45 que Dios hace salir Su sol sobre malos y buenos, y hace llover sobre justos e injustos. Y en Hch. 14:17 Pablo dice a los ciudadanos de Listra que Dios no se ha dejado a Sí mismo sin testimonio, “haciendo bien, dándonos lluvias del cielo y tiempos fructíferos, llenando de sustento y alegría nuestros corazones”.
Erwin Lutzer dice al respecto: “A menudo la misma gente que pregunta dónde estaba Dios después de un desastre se rehúsa ingratamente a adorarlo y honrarlo por los años de paz y calma. Ellos dejan de lado a Dios en los buenos tiempos, pero piensan que Él está obligado a ayudarlos cuando vienen los tiempos malos. Creen que el Dios al que deshonran cuando están bien debería sanarlos cuando están enfermos; que el Dios al que ignoran cuando son ricos debería rescatarlos de la inminente pobreza; y que el Dios al que rehúsan adorar cuando la tierra permanece firme debería rescatarlos cuando comienza a temblar”.
De hecho, aún en medio de tragedias como la de Haití nosotros podemos ver la mano bondadosa de Dios (la solidaridad del pueblo dominicano, el hecho de que nuestro país no haya sido devastado de tal manera que ahora puede extenderle una mano de ayuda, la ayuda internacional; aún me pregunto, sin minimizar el dolor y el sufrimiento de esa nación, cuánto bien puede venir fruto de esta tragedia que ha llamado la atención del mundo entero, sobre un país que ha sido siempre la cenicienta del hemisferio occidental).
D. El terremoto de Haití nos recuerda que la vida es breve, frágil e incierta:
Nos espantamos, y con razón, cuando vemos tragedias como estas; pero a veces olvidamos que en este mundo maldito por el pecado mueren unas 50 millones de personas al año, a un promedio de 6 mil personas por hora, más de 100 por minuto. Durante el tiempo que hemos estado reunidos aquí probablemente han muerto unas 7 mil personas, sin necesidad de un desastre natural.
Como dice Lutzer, “los desastres naturales atraen nuestra atención… porque intensifican de manera dramática la ocurrencia de la muerte y de la destrucción”.
Y de ese modo nos despiertan a una realidad que tratamos de evadir con todas las fuerzas de nuestro corazón: La vida es breve, frágil e incierta (comp. Ecl. 7:2; Sal. 90:12).
No necesitamos un terremoto para que Dios le ponga punto final a nuestra existencia en este mundo. Creyente, asegúrate de que estás usando bien las oportunidades que aún tienes de servir a tu Señor. Y tú, mi amigo incrédulo, asegúrate de no partir a la eternidad sin estar preparado para ello, teniendo cuentas pendientes con la justicia de Dios.
E. El terremoto de Haití nos recuerda que en este mundo caído debemos llorar con los lloran, y que los bienes que Dios nos da, y el bienestar que nos permite disfrutar, no es para uso exclusivo de nosotros mismos.
Dios no nos llama a tratar de interpretar todos y cada uno de Sus propósitos en las tragedias que sobrevienen a otros, pero sí nos llama a identificarnos con ellos en su dolor y a hacer todo lo que esté a nuestro alcance para aliviar sus penurias (comp. 2Cor. 8:1-5).
“No hay gozo puro en este mundo para las personas a quienes les importan los demás” (Piper).
F. El terremoto de Haití nos recuerda el juicio de Dios que viene a este mundo pecador al final de la historia:
¿Saben una cosa? Por más terrorífico que haya sido el terremoto de Haití, la Biblia nos advierte que lo peor realmente está por llegar (comp. He. 12:25-29). El Señor advirtió claramente que a medida que la historia humana avance, el mundo experimentará lo que alguien ha llamado “contracciones escatológicas” (comp. Mt. 24:6-8). En la medida en que nos acerquemos al fin, las “contracciones escatológicas” de este mundo serán más seguidas y más intensas, como las mujeres cuando van a dar a luz.
G. El terremoto de Haití nos recuerda que hay una sola esperanza segura para este mundo pecador en Aquel que se identificó plenamente con nuestro dolor y sufrimiento:
Hace un rato decíamos que este mundo está maldito por causa del pecado, pero esa es solo parte de la historia. Tan pronto el pecado entró en el mundo Dios anunció la venida de un Redentor que habría de restaurar plenamente lo que el pecado había dañado. ¡Y a qué precio!
Si nos espanta el sufrimiento humano, mucho más espanto deberíamos experimentar al ver al santo Hijo de Dios crucificado en una cruz. Como bien ha dicho alguien, en cierto modo ese fue el acto más injusto de la historia y, sin embargo, fue ese acto tan injusto el que hizo posible que pecadores como tú y como yo pudiesen encontrar perdón y misericordia en la presencia de Dios.
Cuando llegue aquel día en que todos comparezcamos ante el juicio de Dios veremos que la mayor tragedia del hombre no fueron las desgracias que aquí padecieron, ni la mayor bendición fue haber sido librado de ellas.
Lo que trazará la línea divisoria es lo que hicimos con ese Dios que se identificó de tal manera con la miseria humana que sufrió el más grande de los dolores para poder rescatarnos: la segunda persona de la Trinidad, Dios el Hijo, se hizo Hombre para morir en una cruz y así establecer una base justa para el perdón de nuestros pecados. “El justo murió por los injustos para llevarnos a Dios” (1P. 3:18).
Cuando veas las imágenes del terremoto en Haití recuerda que lo peor está por llegar, pero que hay una esperanza segura a la cual puedes acogerte aquí y ahora, viniendo a Cristo en arrepentimiento y fe.
Sí, vivimos en un mundo muy inseguro por causa del pecado, pero hubo Uno que enfrentó el pecado cara a cara y lo venció en el mismo terreno en que el primer hombre fue derrotado.
Y hoy ofrece perdón y vida eterna gratuitamente por gracia, por medio de la fe. No desprecies la misericordia de Dios en Cristo que hoy te da la oportunidad de arreglar tus cuentas con la justicia divina cuando todavía estás a tiempo.
© Por Sugel Michelén. Todo pensamiento cautivo. Usted puede reproducir y distribuir este material, siempre que sea sin fines de lucro, sin alterar su contenido y reconociendo su autor y procedencia.
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3. La Confesión de Fe Bautista de 1689: Una Confesión Calvinista
Como hemos vistos en otras entradas al tratar con la Historia de los Bautistas, la Confesión de Fe de 1689 es un resumen doctrinal de las doctrinas creídas por un grupo de iglesias bautistas en Londres en el siglo XVII, y de las cuales descienden los bautistas modernos. Esta confesión es claramente calvinista en su teología.
Ahora bien, al decir que nuestra confesión es “calvinista” debemos definir este término con cuidado; en primer lugar, por los prejuicios que tienen muchos contra todo tipo de definición doctrinal, como si el hecho de acuñar un nombre para señalar una doctrina la convierta de inmediato en doctrina de hombres.
En segundo lugar, por los prejuicios que muchos tienen contra el calvinismo per se, sobre todo con la doctrina de la elección y la expiación limitada; y tercero, porque la palabra misma puede ser legítimamente usada de diversas maneras.
Algunas veces el término “calvinismo” es usado para señalar las enseñanzas de Juan Calvino, sistematizadas en su obra magna: La Institución de la Religión Cristiana.
Otros llaman “calvinismo” a la cosmovisión que produjo la Reforma y que abrazaron los países que fueron mayormente influenciados por el protestantismo. Esta cosmovisión ha dejado marcas permanentes en dichas sociedades, que podemos ver en mayor o menor grado, aun al día de hoy.
Esta cosmovisión no se circunscribe únicamente a la teología, sino que abarca también aspectos éticos, filosóficos, sociales y políticos, y fue una influencia determinante en el nacimiento de la sociedad moderna occidental.
Pero la mayoría de las veces el término “calvinismo” señala el sistema doctrinal confesado por las iglesias reformadas, donde Dios reina soberano tanto en la salvación de los pecadores, como en la vida cristiana y la adoración de Su pueblo.
La raíz de este sistema doctrinal llamado “calvinismo” subyace en una profunda comprensión de la enseñanza bíblica sobre la majestad de Dios, por un lado, y la miseria humana por el otro.
El calvinismo toma en serio lo que la Biblia enseña acerca de Dios, lo que la Biblia enseña acerca del hombre, y nos mueve a actuar en consecuencia. Cuando usemos en esta clase la palabra “calvinismo” es este último significado el que le estamos dando.
Ahora bien, es importante aclarar que este énfasis del calvinismo en la soberanía y centralidad de Dios no fue una invención de Calvino, sino que es el énfasis de las mismas Escrituras. Se le ha llamado “calvinismo” por el impacto tan profundo que tuvo Calvino en la sistematización de estas doctrinas en el siglo XVI.
Pero no fue él el primero que enseñó estas cosas. De hecho, eso podemos percibirlo claramente al leer sus Instituciones. El campeón de la ortodoxia en el siglo V fue sin duda alguna Agustín de Hipona, y su nombre es continuamente citado, tanto en los escritos de Lutero como en los de Calvino.
Así que el calvinismo no es otra cosa que la expresión del cristianismo bíblico llevado a las últimas consecuencias. Spurgeon dijo en cierta ocasión: “La antigua verdad que Calvino predicó, que Agustín predicó, que Pablo predicó, es la verdad que debo predicar hoy, o de lo contrario sería infiel a mi consciencia y a mi Dios”.
Y Benjamín Warfield, uno de los teólogos más brillantes que ha tenido la iglesia de Cristo a lo largo de su historia, dijo lo siguiente: “Aquel que cree en Dios sin reservas y está determinado a que Dios sea Dios en todo su pensamiento, sentimiento y voluntad – en el ámbito completo de las actividades de su vida, intelectuales, morales, espirituales, en todas sus relaciones… sociales y religiosas – es… un calvinista” (Calvin and Augustine; pg. 288-289).
Al hablar de “calvinismo”, entonces, nos referimos a esa perspectiva teocéntrica que debe gobernarnos en todos los aspectos de nuestra vida. Y nuestra Confesión es calvinista, en oposición a otras confesiones que son arminianas.
Jacobo Arminio fue un teólogo neerlandés que se opuso a las enseñanzas de las iglesias reformadas, sobre todo en lo que respecta a la soberanía de Dios en la salvación de los pecadores. Nació en el 1560 y murió en el 1609.
Sus seguidores fueron conocidos como arminianos, y sus puntos de vista llegaron a ser más radicales que los del mismo Arminio. Sus doctrinas pueden ser resumidas en las siguientes proposiciones:
1. la depravación que vino al hombre por causa de la caída no debe describirse como total; el hombre posee aun la habilidad de inclinar su voluntad a fines buenos.
2. Dios elige o reprueba en base a la fe o a la incredulidad preconocida.
3. Cristo murió por todos los hombres y por cada uno de ellos, aunque sólo los creyentes son salvos.
4. La gracia de Dios puede ser resistida.
5. En esta vida es imposible llegar a tener la seguridad de salvación, a excepción de alguna revelación personal.
Algunas de estas doctrinas fueron presentadas en un documento que fue discutido y condenado en un sínodo de teólogos que se llevó a cabo en la ciudad holandesa de Dort y que concluyó el 9 de mayo de 1619 con la aprobación de un documento conocido como Cánones de Dort. Ahora, noten que Calvino ya había muerto muchos años antes de este sínodo.
Allí fueron redactados cinco puntos en respuesta a las doctrinas de los arminianos, que desde entonces han sido conocidos como los cinco puntos del calvinismo:
1. La depravación total del hombre.
2. La elección incondicional.
3. La expiación limitada (o particular).
4. La gracia irresistible.
5. La perseverancia final de los creyentes.
Estos cinco puntos doctrinales son claramente defendidos por la Confesión de Fe Bautista de 1689 como el sistema de doctrina enseñado en las Sagradas Escrituras, como veremos en una entrada posterior.
© Por Sugel Michelén. Todo pensamiento cautivo. Usted puede reproducir y distribuir este material, siempre que sea sin fines de lucro, sin alterar su contenido y reconociendo su autor y procedencia.
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Ahora bien, al decir que nuestra confesión es “calvinista” debemos definir este término con cuidado; en primer lugar, por los prejuicios que tienen muchos contra todo tipo de definición doctrinal, como si el hecho de acuñar un nombre para señalar una doctrina la convierta de inmediato en doctrina de hombres.
En segundo lugar, por los prejuicios que muchos tienen contra el calvinismo per se, sobre todo con la doctrina de la elección y la expiación limitada; y tercero, porque la palabra misma puede ser legítimamente usada de diversas maneras.
Algunas veces el término “calvinismo” es usado para señalar las enseñanzas de Juan Calvino, sistematizadas en su obra magna: La Institución de la Religión Cristiana.
Otros llaman “calvinismo” a la cosmovisión que produjo la Reforma y que abrazaron los países que fueron mayormente influenciados por el protestantismo. Esta cosmovisión ha dejado marcas permanentes en dichas sociedades, que podemos ver en mayor o menor grado, aun al día de hoy.
Esta cosmovisión no se circunscribe únicamente a la teología, sino que abarca también aspectos éticos, filosóficos, sociales y políticos, y fue una influencia determinante en el nacimiento de la sociedad moderna occidental.
Pero la mayoría de las veces el término “calvinismo” señala el sistema doctrinal confesado por las iglesias reformadas, donde Dios reina soberano tanto en la salvación de los pecadores, como en la vida cristiana y la adoración de Su pueblo.
La raíz de este sistema doctrinal llamado “calvinismo” subyace en una profunda comprensión de la enseñanza bíblica sobre la majestad de Dios, por un lado, y la miseria humana por el otro.
El calvinismo toma en serio lo que la Biblia enseña acerca de Dios, lo que la Biblia enseña acerca del hombre, y nos mueve a actuar en consecuencia. Cuando usemos en esta clase la palabra “calvinismo” es este último significado el que le estamos dando.
Ahora bien, es importante aclarar que este énfasis del calvinismo en la soberanía y centralidad de Dios no fue una invención de Calvino, sino que es el énfasis de las mismas Escrituras. Se le ha llamado “calvinismo” por el impacto tan profundo que tuvo Calvino en la sistematización de estas doctrinas en el siglo XVI.
Pero no fue él el primero que enseñó estas cosas. De hecho, eso podemos percibirlo claramente al leer sus Instituciones. El campeón de la ortodoxia en el siglo V fue sin duda alguna Agustín de Hipona, y su nombre es continuamente citado, tanto en los escritos de Lutero como en los de Calvino.
Así que el calvinismo no es otra cosa que la expresión del cristianismo bíblico llevado a las últimas consecuencias. Spurgeon dijo en cierta ocasión: “La antigua verdad que Calvino predicó, que Agustín predicó, que Pablo predicó, es la verdad que debo predicar hoy, o de lo contrario sería infiel a mi consciencia y a mi Dios”.
Y Benjamín Warfield, uno de los teólogos más brillantes que ha tenido la iglesia de Cristo a lo largo de su historia, dijo lo siguiente: “Aquel que cree en Dios sin reservas y está determinado a que Dios sea Dios en todo su pensamiento, sentimiento y voluntad – en el ámbito completo de las actividades de su vida, intelectuales, morales, espirituales, en todas sus relaciones… sociales y religiosas – es… un calvinista” (Calvin and Augustine; pg. 288-289).
Al hablar de “calvinismo”, entonces, nos referimos a esa perspectiva teocéntrica que debe gobernarnos en todos los aspectos de nuestra vida. Y nuestra Confesión es calvinista, en oposición a otras confesiones que son arminianas.
Jacobo Arminio fue un teólogo neerlandés que se opuso a las enseñanzas de las iglesias reformadas, sobre todo en lo que respecta a la soberanía de Dios en la salvación de los pecadores. Nació en el 1560 y murió en el 1609.
Sus seguidores fueron conocidos como arminianos, y sus puntos de vista llegaron a ser más radicales que los del mismo Arminio. Sus doctrinas pueden ser resumidas en las siguientes proposiciones:
1. la depravación que vino al hombre por causa de la caída no debe describirse como total; el hombre posee aun la habilidad de inclinar su voluntad a fines buenos.
2. Dios elige o reprueba en base a la fe o a la incredulidad preconocida.
3. Cristo murió por todos los hombres y por cada uno de ellos, aunque sólo los creyentes son salvos.
4. La gracia de Dios puede ser resistida.
5. En esta vida es imposible llegar a tener la seguridad de salvación, a excepción de alguna revelación personal.
Algunas de estas doctrinas fueron presentadas en un documento que fue discutido y condenado en un sínodo de teólogos que se llevó a cabo en la ciudad holandesa de Dort y que concluyó el 9 de mayo de 1619 con la aprobación de un documento conocido como Cánones de Dort. Ahora, noten que Calvino ya había muerto muchos años antes de este sínodo.
Allí fueron redactados cinco puntos en respuesta a las doctrinas de los arminianos, que desde entonces han sido conocidos como los cinco puntos del calvinismo:
1. La depravación total del hombre.
2. La elección incondicional.
3. La expiación limitada (o particular).
4. La gracia irresistible.
5. La perseverancia final de los creyentes.
Estos cinco puntos doctrinales son claramente defendidos por la Confesión de Fe Bautista de 1689 como el sistema de doctrina enseñado en las Sagradas Escrituras, como veremos en una entrada posterior.
© Por Sugel Michelén. Todo pensamiento cautivo. Usted puede reproducir y distribuir este material, siempre que sea sin fines de lucro, sin alterar su contenido y reconociendo su autor y procedencia.
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martes, 19 de enero de 2010
Terremoto en Haití: La respuesta del Dios destronado
Habiendo visto en la entrada anterior la respuesta del ateísmo cuando ocurren tragedias como las de Haití, hoy quiero que veamos la que yo he llamado “la respuesta del Dios destronado”.
Algunas personas creen que le hacen un “favor” a Dios despojándolo de Su soberanía y de Su control absoluto sobre todo lo que ocurre en el mundo. De manera que cuando ocurren desastres naturales como este terremoto, o el horror del holocausto Nazi, ellos “defienden” a Dios diciendo que la providencia divina no incluye el mal.
Hace unos años el rabino Harold Kushner publicó un libro titulado: “Cuando a los buenos les pasan cosas malas”. Kushner quedó muy afectado emocionalmente por la pérdida de un hijo, al punto de que le llevó a poner en duda su fe judía. Finalmente llegó a la conclusión de que Dios no pudo evitar la muerte de su hijo.
Puedo adorar – decía él – a un Dios que odie el sufrimiento pero no es capaz de eliminarlo, mejor que adorar a Dios que elige a niños para que sufran y mueran”.
Pero esa respuesta es totalmente contraria a lo que Dios dice de Sí mismo en Su Palabra, y a final de cuentas crea más problemas del que pretende resolver.
La providencia divina no puede ser limitada de ese modo:
“Y Jehová le respondió: ¿Quién dio la boca al hombre? ¿O quién hizo al mudo y al sordo, al que ve y al ciego? ¿No soy yo Jehová?” (Ex. 4:11).
“Y él le dijo: Como suele hablar cualquiera de las mujeres fatuas, has hablado. ¿Qué? ¿Recibiremos de Dios el bien, y el mal no lo recibiremos? En todo esto no pecó Job con sus labios” (Job 2:10).
“Yo soy Jehová, y ninguno más hay; no hay Dios fuera de mí. Yo te ceñiré, aunque tú no me conociste, para que se sepa desde el nacimiento del sol, y hasta donde se pone, que no hay más que yo; yo Jehová, y ninguno más que yo, que formo la luz y creo las tinieblas, que hago la paz y creo la adversidad. Yo Jehová soy el que hago todo esto” (Is. 45:5-7).
“¿Se tocará la trompeta en la ciudad, y no se alborotará el pueblo? ¿Habrá algún mal en la ciudad, el cual Jehová no haya hecho?” (Am. 3:6).
Aunque Dios no es autor de pecado (Sant. 1:13), el pecado no está fuera de Su control. Como tampoco están fuera de Su control los desastres naturales. De lo contrario no podríamos estar seguros de que Dios llevará a cumplimiento Sus propósitos santos y sabios con el mundo y los hombres que Él creó.
Como dice Donald Carson: “Quizás lo más importante de todo es el hecho de que este tipo de dios no puede ofrecernos ningún consuelo. La creencia en un Dios omnipotente acarrea todo tipo de preguntas difíciles sobre cómo un Dios así, si es bondadoso, puede permitir el mal y el sufrimiento, pero también proporciona la promesa de ayuda, alivio, una respuesta, una perspectiva escatológica. Abandonar la creencia en la omnipotencia divina puede “resolver” el problema del mal, pero el precio es enorme: el dios resultante es incapaz de ayudarnos. Puede que logre manifestarnos su compasión, incluso dolerse con nosotros; pero está claro que no puede ayudarnos, ni ahora ni en el futuro”.
El Dios que se revela en las páginas de las Escrituras es un Dios soberano, y Él hará Su voluntad en toda Su creación a pesar del pecado humano y a través del dolor y el sufrimiento.
En la próxima entrada pasaremos a considerar una perspectiva bíblica del terremoto.
© Por Sugel Michelén. Todo pensamiento cautivo. Usted puede reproducir y distribuir este material, siempre que sea sin fines de lucro, sin alterar su contenido y reconociendo su autor y procedencia.
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Algunas personas creen que le hacen un “favor” a Dios despojándolo de Su soberanía y de Su control absoluto sobre todo lo que ocurre en el mundo. De manera que cuando ocurren desastres naturales como este terremoto, o el horror del holocausto Nazi, ellos “defienden” a Dios diciendo que la providencia divina no incluye el mal.
Hace unos años el rabino Harold Kushner publicó un libro titulado: “Cuando a los buenos les pasan cosas malas”. Kushner quedó muy afectado emocionalmente por la pérdida de un hijo, al punto de que le llevó a poner en duda su fe judía. Finalmente llegó a la conclusión de que Dios no pudo evitar la muerte de su hijo.
Puedo adorar – decía él – a un Dios que odie el sufrimiento pero no es capaz de eliminarlo, mejor que adorar a Dios que elige a niños para que sufran y mueran”.
Pero esa respuesta es totalmente contraria a lo que Dios dice de Sí mismo en Su Palabra, y a final de cuentas crea más problemas del que pretende resolver.
La providencia divina no puede ser limitada de ese modo:
“Y Jehová le respondió: ¿Quién dio la boca al hombre? ¿O quién hizo al mudo y al sordo, al que ve y al ciego? ¿No soy yo Jehová?” (Ex. 4:11).
“Y él le dijo: Como suele hablar cualquiera de las mujeres fatuas, has hablado. ¿Qué? ¿Recibiremos de Dios el bien, y el mal no lo recibiremos? En todo esto no pecó Job con sus labios” (Job 2:10).
“Yo soy Jehová, y ninguno más hay; no hay Dios fuera de mí. Yo te ceñiré, aunque tú no me conociste, para que se sepa desde el nacimiento del sol, y hasta donde se pone, que no hay más que yo; yo Jehová, y ninguno más que yo, que formo la luz y creo las tinieblas, que hago la paz y creo la adversidad. Yo Jehová soy el que hago todo esto” (Is. 45:5-7).
“¿Se tocará la trompeta en la ciudad, y no se alborotará el pueblo? ¿Habrá algún mal en la ciudad, el cual Jehová no haya hecho?” (Am. 3:6).
Aunque Dios no es autor de pecado (Sant. 1:13), el pecado no está fuera de Su control. Como tampoco están fuera de Su control los desastres naturales. De lo contrario no podríamos estar seguros de que Dios llevará a cumplimiento Sus propósitos santos y sabios con el mundo y los hombres que Él creó.
Como dice Donald Carson: “Quizás lo más importante de todo es el hecho de que este tipo de dios no puede ofrecernos ningún consuelo. La creencia en un Dios omnipotente acarrea todo tipo de preguntas difíciles sobre cómo un Dios así, si es bondadoso, puede permitir el mal y el sufrimiento, pero también proporciona la promesa de ayuda, alivio, una respuesta, una perspectiva escatológica. Abandonar la creencia en la omnipotencia divina puede “resolver” el problema del mal, pero el precio es enorme: el dios resultante es incapaz de ayudarnos. Puede que logre manifestarnos su compasión, incluso dolerse con nosotros; pero está claro que no puede ayudarnos, ni ahora ni en el futuro”.
El Dios que se revela en las páginas de las Escrituras es un Dios soberano, y Él hará Su voluntad en toda Su creación a pesar del pecado humano y a través del dolor y el sufrimiento.
En la próxima entrada pasaremos a considerar una perspectiva bíblica del terremoto.
© Por Sugel Michelén. Todo pensamiento cautivo. Usted puede reproducir y distribuir este material, siempre que sea sin fines de lucro, sin alterar su contenido y reconociendo su autor y procedencia.
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Terremoto
2. La Confesión de Fe Bautista de 1689 y la teología del pacto
Al considerar el tema de los pactos estamos tocando un asunto de suprema importancia para la comprensión adecuada de las Escrituras.
Como todos sabemos, la Biblia, posee dos grandes divisiones. Por un lado, tenemos un grupo de 39 libros compendiados en una sección que la Biblia llama el Antiguo Testamento; y 27 libros restantes compendiados en otra sección llamada el Nuevo Testamento. Ambas secciones también podrían ser denominadas: el antiguo pacto y el nuevo pacto. Pero, ¿qué es un pacto? Y ¿cómo nos ayuda este tema a la comprensión de las Escrituras?
Definición de pacto.
Un pacto es una promesa divina a la que Dios añade un juramento. Dice en el capítulo 6 de Hebreos que Dios juró su pacto a Abraham. No se limitó a darle una promesa, sino que también interpuso un juramento: “Porque cuando Dios hizo la promesa a Abraham, no pudiendo jurar por otro mayor, juró por sí mismo” (He. 6:13).
¿Y para qué juró Dios? Versículo 17: “Por lo cual, queriendo Dios mostrar más abundantemente a los herederos de la promesa la inmutabilidad de su consejo, interpuso juramento; para que por dos cosas inmutables [su palabra y su juramento], en las cuales es imposible que Dios mienta, tengamos un fortísimo consuelo los que hemos acudido para asirnos de la esperanza puesta delante de nosotros.”
La unidad temática de los pactos.
Dios ha hecho diversos pactos en diferentes épocas, de la historia. Dios hizo un pacto con Noé, con Abraham, con el pueblo de Israel en el tiempo de Moisés y con David. También hizo un nuevo pacto con nosotros, Su iglesia. Son pactos distintos, pero hay un elemento común que une todos esos pactos, una unidad temática.
Escuchen lo que dice Pablo en Efesios 2:11 al 13: “Por tanto acordaos de que en otro tiempo vosotros, los gentiles en cuanto a la carne, erais llamados incircuncisión por la llamada circuncisión hecha con mano en la carne. En aquel tiempo estabais sin Cristo, alejados de la ciudadanía de Israel y ajenos a los pactos de la promesa, sin esperanza y sin Dios en el mundo. Pero ahora en Cristo Jesús, vosotros que en otro tiempo estabais lejos, habéis sido hechos cercanos por la sangre de Cristo”.
Dice el apóstol Pablo: “Vosotros estabais lejos de la ciudadanía de Israel. Y, por consiguiente, erais extraños a los pactos [en plural] de la promesa [en singular]”.
¿Cuál es esa promesa? El apóstol Pablo no lo dice en el texto. Sin embargo, podemos aventurarnos a dar una respuesta viendo los siguiente textos bíblicos: Gn. 17:7-8; Ex. 6:6-7; 2Sam. 7:14; Jer. 31:33; Ap. 21:3. La promesa que se repite una y otra vez en estos textos es: “Yo será Su Dios y ellos serán mi pueblo”.
En cada uno de esos pactos hay un tema peculiar, pero cada uno se va construyendo encima del otro. Es decir, cada pacto no anula el anterior, sino que, con sus peculiaridades, se construye sobre el anterior. Veamos, rápidamente, ese tema peculiar de cada pacto y cómo se va construyendo uno encima del otro.
La promesa centra es: Dios redimirá un pueblo para sí; Él será su Dios y ellos serán su pueblo. En el pacto con Noé Dios asegura la preservación de lo creado hasta el cumplimiento de la promesa. Si Dios destruye la tierra completamente ya la promesa no se cumple, porque ya Dios no tendría un pueblo.
Pero, ¿cuál es la promesa peculiar de ese pacto? “No voy a destruir más la tierra por agua”. ¿Para qué Dios va a preservar lo creado? Para poder redimir del mundo a Su pueblo, El pueblo que será de Él y del cual Él será su Dios.
El pacto con Abraham inicia formalmente el pueblo a través del cual el Redentor prometido habría de venir. ¿Cuál es la peculiaridad del pacto con Abraham? “De ti saldrá una descendencia numerosa como las estrellas del cielo y como la arena que está en el mar”. Es de ese pueblo específicamente que va a surgir el pueblo del pacto, el pueblo de Israel, del cual vino Cristo.
El pacto mosaico provee la necesaria legislación y regulación para ese pueblo. En el pacto mosaico Dios le proveyó a ese pueblo la legislación necesaria para poder preservarlo de todas las costumbres paganas que lo rodeaba y de ese modo poder llevar a cabo el cumplimiento de su promesa.
En el pacto davídico, el gobierno de Dios sobre su pueblo es concretamente manifestado. Ahora Dios ha prometido un rey que ha de gobernar perpetuamente ese pueblo cuando ellos sean su pueblo y Él sea su Dios. Ese Rey no es otro que nuestro Señor Jesucristo.
Y en el nuevo pacto el Redentor aparece y lleva a cabo la redención cumpliendo de ese modo. Cristo compra para sí un pueblo propio, celoso de buenas obras y ahora Dios es nuestro Dios y nosotros somos su pueblo.
Así que todos los pactos descansan en el anterior. No es que Dios hace un pacto hoy, mañana hace otro y anula todo lo que dijo antes y luego hace otro y anula todo lo que dijo antes. No. Los pactos se van construyendo uno encima del otro; hay una unidad orgánica entre unos y otros.
Por ejemplo, el pacto mosaico descansa en el pacto abrahámico. Éxodo 1:6-7: “Y murió José, y todos sus hermanos, y toda aquella generación. Y los hijos de Israel fructificaron y se multiplicaron, y fueron aumentados y fortalecidos en extremo, y se llenó de ellos la tierra”.
Una de las promesas que Dios le dio a Abraham es: “Tu descendencia será numerosa”. Vemos aquí como el pacto comienza a cumplirse en la época de Moisés: “También establecí mi pacto con ellos, de darles la tierra de Canaán, la tierra en que fueron forasteros, y en la cual habitaron. Asimismo yo he oído el gemido de los hijos de Israel, a quienes hacen servir los egipcios, y me he acordado de mi pacto. Por tanto, dirás a los hijos de Israel: Yo soy JEHOVÁ; y yo os sacaré de debajo de las tareas pesadas de Egipto, y os libraré de su servidumbre, y os redimiré con brazo extendido, y con juicios grandes; y os tomaré por mi pueblo y seré vuestro Dios; y vosotros sabréis que yo soy Jehová vuestro Dios, que os sacó de debajo de las tareas pesadas de Egipto” (Ex. 6:4-7).
El pacto con Moisés descansa en el pacto con Abraham. Como también el pacto davídico está orgánicamente relacionado con el de Abraham y el de Moisés (comp. Deut. 17:14-20; 1R. 2:2-4).
Y el nuevo pacto está relacionado orgánicamente con todos los anteriores. Ezequiel 37:24-28: “Mi siervo David será rey sobre ellos, y todos ellos tendrán un solo pastor; y andarán en mis preceptos, y mis estatutos guardarán, y los pondrán por obra. Habitarán en la tierra que di a mi siervo Jacob, en la cual habitaron vuestros padres; en ella habitarán ellos, sus hijos y los hijos de sus hijos para siempre; y mi siervo David será príncipe de ellos para siempre. Y haré con ellos pacto de paz, pacto perpetuo será con ellos; y los estableceré y los multiplicaré, y pondré mi santuario entre ellos para siempre. Estará en medio de ellos mi tabernáculo, y seré a ellos por Dios, y ellos me serán por pueblo. Y sabrán las naciones que yo Jehová santifico a Israel, estando mi santuario en medio de ellos para siempre”.
¿De qué David está hablando Dios aquí si David estaba muerto? Obviamente Dios está hablando de Aquel que Apocalipsis llama la raíz y el linaje de David, nuestro Señor Jesucristo (comp. Ap. 21:3; Lc 1:72-73; Gal. 3:15-18).
Algunas personas no distinguen la variedad y el progreso de la revelación, y yerran en su interpretación de la Escritura. Por ejemplo, los Adventistas del Séptimo Día. Ellos siguen guardando el sábado, no comen carne de puerco, etc., etc. Pero esas leyes ceremoniales fueron abolidas por Cristo. Ellos no ven el progreso de la revelación.
Otros, en cambio, no ven la unidad en esa diversidad, como es el caso de los dispensacionalistas. El dispensacionalista quebranta la unidad de la Escritura al enseñar que Dios tiene dos pueblos, Israel y la Iglesia, que permanecerán separados por siempre.
Pero la Biblia posee unidad en la diversidad, algo que reconoce la Confesión de Fe Bautista de 1689, no sólo en el capítulo 7, El Pacto de Dios, sino también en todo el entramado doctrinal de la Confesión.
© Por Sugel Michelén. Todo pensamiento cautivo. Usted puede reproducir y distribuir este material, siempre que sea sin fines de lucro, sin alterar su contenido y reconociendo su autor y procedencia.
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Como todos sabemos, la Biblia, posee dos grandes divisiones. Por un lado, tenemos un grupo de 39 libros compendiados en una sección que la Biblia llama el Antiguo Testamento; y 27 libros restantes compendiados en otra sección llamada el Nuevo Testamento. Ambas secciones también podrían ser denominadas: el antiguo pacto y el nuevo pacto. Pero, ¿qué es un pacto? Y ¿cómo nos ayuda este tema a la comprensión de las Escrituras?
Definición de pacto.
Un pacto es una promesa divina a la que Dios añade un juramento. Dice en el capítulo 6 de Hebreos que Dios juró su pacto a Abraham. No se limitó a darle una promesa, sino que también interpuso un juramento: “Porque cuando Dios hizo la promesa a Abraham, no pudiendo jurar por otro mayor, juró por sí mismo” (He. 6:13).
¿Y para qué juró Dios? Versículo 17: “Por lo cual, queriendo Dios mostrar más abundantemente a los herederos de la promesa la inmutabilidad de su consejo, interpuso juramento; para que por dos cosas inmutables [su palabra y su juramento], en las cuales es imposible que Dios mienta, tengamos un fortísimo consuelo los que hemos acudido para asirnos de la esperanza puesta delante de nosotros.”
La unidad temática de los pactos.
Dios ha hecho diversos pactos en diferentes épocas, de la historia. Dios hizo un pacto con Noé, con Abraham, con el pueblo de Israel en el tiempo de Moisés y con David. También hizo un nuevo pacto con nosotros, Su iglesia. Son pactos distintos, pero hay un elemento común que une todos esos pactos, una unidad temática.
Escuchen lo que dice Pablo en Efesios 2:11 al 13: “Por tanto acordaos de que en otro tiempo vosotros, los gentiles en cuanto a la carne, erais llamados incircuncisión por la llamada circuncisión hecha con mano en la carne. En aquel tiempo estabais sin Cristo, alejados de la ciudadanía de Israel y ajenos a los pactos de la promesa, sin esperanza y sin Dios en el mundo. Pero ahora en Cristo Jesús, vosotros que en otro tiempo estabais lejos, habéis sido hechos cercanos por la sangre de Cristo”.
Dice el apóstol Pablo: “Vosotros estabais lejos de la ciudadanía de Israel. Y, por consiguiente, erais extraños a los pactos [en plural] de la promesa [en singular]”.
¿Cuál es esa promesa? El apóstol Pablo no lo dice en el texto. Sin embargo, podemos aventurarnos a dar una respuesta viendo los siguiente textos bíblicos: Gn. 17:7-8; Ex. 6:6-7; 2Sam. 7:14; Jer. 31:33; Ap. 21:3. La promesa que se repite una y otra vez en estos textos es: “Yo será Su Dios y ellos serán mi pueblo”.
En cada uno de esos pactos hay un tema peculiar, pero cada uno se va construyendo encima del otro. Es decir, cada pacto no anula el anterior, sino que, con sus peculiaridades, se construye sobre el anterior. Veamos, rápidamente, ese tema peculiar de cada pacto y cómo se va construyendo uno encima del otro.
La promesa centra es: Dios redimirá un pueblo para sí; Él será su Dios y ellos serán su pueblo. En el pacto con Noé Dios asegura la preservación de lo creado hasta el cumplimiento de la promesa. Si Dios destruye la tierra completamente ya la promesa no se cumple, porque ya Dios no tendría un pueblo.
Pero, ¿cuál es la promesa peculiar de ese pacto? “No voy a destruir más la tierra por agua”. ¿Para qué Dios va a preservar lo creado? Para poder redimir del mundo a Su pueblo, El pueblo que será de Él y del cual Él será su Dios.
El pacto con Abraham inicia formalmente el pueblo a través del cual el Redentor prometido habría de venir. ¿Cuál es la peculiaridad del pacto con Abraham? “De ti saldrá una descendencia numerosa como las estrellas del cielo y como la arena que está en el mar”. Es de ese pueblo específicamente que va a surgir el pueblo del pacto, el pueblo de Israel, del cual vino Cristo.
El pacto mosaico provee la necesaria legislación y regulación para ese pueblo. En el pacto mosaico Dios le proveyó a ese pueblo la legislación necesaria para poder preservarlo de todas las costumbres paganas que lo rodeaba y de ese modo poder llevar a cabo el cumplimiento de su promesa.
En el pacto davídico, el gobierno de Dios sobre su pueblo es concretamente manifestado. Ahora Dios ha prometido un rey que ha de gobernar perpetuamente ese pueblo cuando ellos sean su pueblo y Él sea su Dios. Ese Rey no es otro que nuestro Señor Jesucristo.
Y en el nuevo pacto el Redentor aparece y lleva a cabo la redención cumpliendo de ese modo. Cristo compra para sí un pueblo propio, celoso de buenas obras y ahora Dios es nuestro Dios y nosotros somos su pueblo.
Así que todos los pactos descansan en el anterior. No es que Dios hace un pacto hoy, mañana hace otro y anula todo lo que dijo antes y luego hace otro y anula todo lo que dijo antes. No. Los pactos se van construyendo uno encima del otro; hay una unidad orgánica entre unos y otros.
Por ejemplo, el pacto mosaico descansa en el pacto abrahámico. Éxodo 1:6-7: “Y murió José, y todos sus hermanos, y toda aquella generación. Y los hijos de Israel fructificaron y se multiplicaron, y fueron aumentados y fortalecidos en extremo, y se llenó de ellos la tierra”.
Una de las promesas que Dios le dio a Abraham es: “Tu descendencia será numerosa”. Vemos aquí como el pacto comienza a cumplirse en la época de Moisés: “También establecí mi pacto con ellos, de darles la tierra de Canaán, la tierra en que fueron forasteros, y en la cual habitaron. Asimismo yo he oído el gemido de los hijos de Israel, a quienes hacen servir los egipcios, y me he acordado de mi pacto. Por tanto, dirás a los hijos de Israel: Yo soy JEHOVÁ; y yo os sacaré de debajo de las tareas pesadas de Egipto, y os libraré de su servidumbre, y os redimiré con brazo extendido, y con juicios grandes; y os tomaré por mi pueblo y seré vuestro Dios; y vosotros sabréis que yo soy Jehová vuestro Dios, que os sacó de debajo de las tareas pesadas de Egipto” (Ex. 6:4-7).
El pacto con Moisés descansa en el pacto con Abraham. Como también el pacto davídico está orgánicamente relacionado con el de Abraham y el de Moisés (comp. Deut. 17:14-20; 1R. 2:2-4).
Y el nuevo pacto está relacionado orgánicamente con todos los anteriores. Ezequiel 37:24-28: “Mi siervo David será rey sobre ellos, y todos ellos tendrán un solo pastor; y andarán en mis preceptos, y mis estatutos guardarán, y los pondrán por obra. Habitarán en la tierra que di a mi siervo Jacob, en la cual habitaron vuestros padres; en ella habitarán ellos, sus hijos y los hijos de sus hijos para siempre; y mi siervo David será príncipe de ellos para siempre. Y haré con ellos pacto de paz, pacto perpetuo será con ellos; y los estableceré y los multiplicaré, y pondré mi santuario entre ellos para siempre. Estará en medio de ellos mi tabernáculo, y seré a ellos por Dios, y ellos me serán por pueblo. Y sabrán las naciones que yo Jehová santifico a Israel, estando mi santuario en medio de ellos para siempre”.
¿De qué David está hablando Dios aquí si David estaba muerto? Obviamente Dios está hablando de Aquel que Apocalipsis llama la raíz y el linaje de David, nuestro Señor Jesucristo (comp. Ap. 21:3; Lc 1:72-73; Gal. 3:15-18).
Algunas personas no distinguen la variedad y el progreso de la revelación, y yerran en su interpretación de la Escritura. Por ejemplo, los Adventistas del Séptimo Día. Ellos siguen guardando el sábado, no comen carne de puerco, etc., etc. Pero esas leyes ceremoniales fueron abolidas por Cristo. Ellos no ven el progreso de la revelación.
Otros, en cambio, no ven la unidad en esa diversidad, como es el caso de los dispensacionalistas. El dispensacionalista quebranta la unidad de la Escritura al enseñar que Dios tiene dos pueblos, Israel y la Iglesia, que permanecerán separados por siempre.
Pero la Biblia posee unidad en la diversidad, algo que reconoce la Confesión de Fe Bautista de 1689, no sólo en el capítulo 7, El Pacto de Dios, sino también en todo el entramado doctrinal de la Confesión.
© Por Sugel Michelén. Todo pensamiento cautivo. Usted puede reproducir y distribuir este material, siempre que sea sin fines de lucro, sin alterar su contenido y reconociendo su autor y procedencia.
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lunes, 18 de enero de 2010
Terremoto en Haití: La respuesta del ateísmo
Tal como lo había anunciado, en el día de ayer predicamos en nuestra iglesia un sermón titulado: Terremoto en Haití, Una Perspectiva Bíblica. Gracias a todos aquellos que oraron por esta ministración de la Palabra en un momento tan sensible. En los próximos días estaré compartiendo algunas de las notas de ese sermón que espero sean de ayuda para muchos que están confusos y atribulados por la magnitud de esta tragedia. Hoy iniciaré con la respuesta del ateísmo.
Lo sucedido en Haití este martes pasado ha sido sencillamente demoledor. Las fílmicas y fotografías que hemos estado viendo esta semana en la TV y en los diarios no parecen ser de la vida real, sino sacadas de una película de horror.
Y me decía el hermano Jean Pierre Kawas cuando regresaba de Haití este viernes en la mañana que lo que nosotros vemos en los noticieros no es ni el 20% de la situación real.
Un profesor de geofísica en la Universidad de Durham (en el Reino Unido), afirmó este jueves pasado que “el terremoto de 7 grados en la escala de Richter que sacudió Haití… fue 35 veces más potente que la bomba atómica arrojada sobre Hiroshima… al final de la II Guerra Mundial”. Él comparó la energía liberada por el terremoto “con la explosión de medio millón de toneladas de TNT”.
Según este experto, “cada año se producen en el mundo [unos] 50 terremotos de la misma magnitud que el de Haití, [pero] no causan este grado de destrucción y muerte por ocurrir lejos de zonas densamente pobladas o en lugares próximos a placas tectónicas donde la construcción es más sólida, como Japón o California (EEUU)”.
Pero en el caso de Haití todo estaba en su contra. Por un lado, el epicentro del terremoto ocurrió en una zona densamente poblada. Por otro lado, los terremotos suelen ocurrir a una profundidad de 200 kilómetros, pero el de Haití ocurrió a una profundidad de 10 kilómetros, provocando que el impacto sea mayor; alguien explicaba que era como aplicar a un edificio un movimiento horizontal de 2 metros.
Para colmo de males, las construcciones allí son muy débiles; en muchas de las edificaciones destruidas que hemos visto en las fílmicas, casi no se ven varillas expuestas. Es tal la destrucción de Puerto Príncipe, que es muy probable que tengan que reconstruir la capital en otro lugar.
Se estima que la pérdida de vidas humanas pueda ascender a unos 100,000, y quizás más. Eso sin contar el millón y medio de personas que se han quedado sin techo, las epidemias que se puedan desatar por la insalubridad y la violencia que la desesperación pueda generar en los próximos días.
Y en medio de este panorama tan desgarrador, muchos se preguntan: ¿Dónde está Dios en todo esto? ¿Cómo podemos seguir creyendo que existe un Dios bueno y todopoderoso cuando contemplamos escenas como las que hemos visto en estos días? ¿Cómo encajan estas cosas con lo que la misma Biblia revela acerca de Él?
Esas son algunas de las interrogantes que quisiera abordar en el sermón de hoy; y aunque tendremos que tocar necesariamente algunos temas doctrinales, e incluso filosóficos, ha sido mi oración al Señor que me conceda sabiduría pastoral y sensibilidad humana para que este mensaje pueda traer consuelo y claridad de pensamiento a muchos corazones atribulados y confundidos.
También ha sido mi oración que el Espíritu Santo obre con poder a través de este mensaje, de tal manera que muchos puedan venir a refugiarse bajo las alas del único Dios vivo y verdadero.
¿Por qué vivimos en un mundo tan lleno de dolor y sufrimiento? Antes de pasar a considerar este tema desde una perspectiva bíblica, permítanme detenerme primero en dos respuestas inadecuadas que solemos escuchar cuando suceden tragedias de esta magnitud.
Y la primera es la del ateísmo que niega la existencia de Dios debido a la existencia del mal.
Si Dios existiera, dicen ellos, debería ser infinitamente bueno, deseoso de que sus criaturas sean felices.
Si Dios existiera debería ser infinitamente poderoso, capaz de hacer que sus criaturas sean felices.
Pero este es un mundo en el que hay mucho mal y muchas desgracias y, por lo tanto, no puede ser que exista un Dios infinitamente bueno y todopoderoso.
“O Dios es bueno, pero no tiene el poder de hacer todo lo que quisiera hacer; o Dios es todopoderoso, pero no tiene ningún interés en el bienestar del hombre. Pero no puede ser ambas cosas a la vez. Como el Dios que se revela en la Biblia es infinitamente bueno y todopoderoso, ese Dios no puede existir en realidad”.
Este tipo de razonamiento tiene varios problemas, pero por causa del tiempo voy a tener que concentrarme en el más obvio de todos: el hecho de que es totalmente absurdo partir de la premisa de que no existe Dios, para luego decir que hay mucho mal en el mundo.
Si presuponemos que no existe Dios, entonces tenemos que llegar a la conclusión de que la existencia del mundo y del hombre es un mero accidente. Estamos aquí por el choque fortuito de partículas atómicas y, por lo tanto, nada de lo que sucede en el mundo puede ser calificado como moralmente bueno o moralmente malo.
En otras palabras, cuando el ateo dice que hay mucho mal en el mundo, está presuponiendo dos cosas: primero, que el hombre es un ser moralmente responsable, y que existen normas objetivas de bien y de mal que nos permiten hacer un juicio de valor de las cosas que cosas que ocurren en el mundo. Pero ambas presuposiciones dependen de que exista Dios.
No quisiera complicar mucho las cosas en esta mañana, pero quisiera dejar este punto claramente establecido, así que voy a tratar de explicarlo de otro modo.
Si no existe Dios, eso quiere decir que nosotros los seres humanos somos pura materia sin alma. Lo cual quiere decir que todo lo que pensamos y todas las decisiones que tomamos se deben a meros procesos químicos de los cuales no tenemos ningún control. Lo cual quiere decir que no somos seres moralmente responsables y que nuestras vidas no tienen ningún sentido.
Escuchen como lo dice el biólogo y paleontólogo ateo Stephen J. Gould: “Estamos aquí porque un inusual grupo de peces tenía una peculiar anatomía en sus aletas, que lograron transformarse en piernas para las criaturas terrestres. Porque hubo cometas que impactaron contra la tierra y eliminaron a los dinosaurios, dando a los mamíferos una oportunidad que no habrían tenido de otro modo… Porque la tierra no se congeló del todo durante una era de hielo. Porque una especie pequeña y tenue que surgió en África un cuarto de millón de años atrás, ha logrado hasta ahora sobrevivir, de uno u otro modo. Podremos anhelar una respuesta ‘más elevada’ pero no existe ninguna... Tenemos que construir nuestras propias respuestas por nosotros mismos, a partir de nuestra sabiduría y sentido de la ética. No hay otra manera”.
Esto es sencillamente increíble, sobre todo viniendo de un hombre tan admirado en el mundo científico. Por un lado Gould nos dice que estamos aquí por una conjunción de eventos que nadie controló, animales evolucionados y nada más. Pero luego nos dice que debemos usar nuestra sabiduría y nuestro sentido de la ética para determinar el sentido de nuestras vidas y cómo debemos vivirla.
Pero ¿cómo puede tener sabiduría y un sentido ético seres que surgieron de la evolución casual de la materia? Eso no tiene sentido. Las cosas materiales no tienen sentido ético ni sabiduría. En un mundo sin Dios las cosas no son malas ni buenas, simplemente son.
El problema es que nadie en su sano juicio puede ser coherente con ese tipo de filosofía. Cuando un ateo contempla lo ocurrido en Haití esta semana se siente consternado por la pérdida de vidas humanas; y cuando lee en los periódicos que algunas personas están aprovechando esa situación para especular y obtener ganancia, en el fondo de su corazón sabe que eso no debería ser así.
¿Saben por qué? Porque el hombre no es pura materia; porque fuimos creados por un Dios personal que puso en el corazón de todo hombre una conciencia moral que pasa juicio sobre las acciones humanas, y las califica como malas o buenas. Donald Carson dice al respecto: “Si creyéramos realmente que no somos más que una colección accidental de átomos, sería irracional sentir ‘enojo moral’ acerca de algo”.
Cuando una familia de leones se come a un jabalí nadie protesta, porque se contempla como parte de la cadena alimenticia del mundo animal. Pero cuando un narco traficante se puede dar el lujo de contratar sicarios para matar a todo el que se le ponga en medio, y luego usa su poder económico para burlar la ley, eso sí nos mueve a protestar porque sabemos que las cosas no deberían ser así.
En el fondo todos admitimos que el hombre es un ser moralmente responsable. Y eso sólo es posible en un mundo creado por un Ser moral. Como bien señala Raví Zacarías: “Cuando afirmas que existe el mal, tienes que suponer que existe el bien. Cuando dices que existe el bien, tienes que suponer que hay una ley moral que permite distinguir al bien del mal. Tiene que haber un parámetro que determine qué es el bien y qué es el mal. Cuando supones una ley moral, tienes que admitir a un dador de esta ley… un origen o fuente de donde surge esta ley moral”.
De manera que cuando un ateo dice que no puede creer en Dios porque hay mucho mal en el mundo, en realidad está diciendo algo que no es coherente con su postura filosófica. Si no hay un Dios, tampoco hay moral.
Podríamos decir que las cosas son convenientes o inconvenientes; podríamos decir, incluso, que algunas cosas son de nuestro agrado y otras no. Pero de ninguna cosa que ocurra en este mundo podríamos decir que es moralmente mala o buena.
Antes de pasar a mi próximo punto, me gustaría hacer una pregunta a todos aquellos que excusan su no creencia en Dios por el hecho de que hay mucho mal en el mundo: ¿Creen ustedes que más personas creerían en Dios si en el mundo en que vivimos todos los hombres experimentaran placer sin dolor?
Yo no creo. Las tragedias humanas son usadas por Dios muchas veces para hacernos ver cuáles son las cosas que realmente importan y cuáles no; y aunque muchos se amargan en sus aflicciones, muchos también pueden dar testimonio de cómo Dios los atrajo a Él a través de la aflicción.
© Por Sugel Michelén. Todo pensamiento cautivo. Usted puede reproducir y distribuir este material, siempre que sea sin fines de lucro, sin alterar su contenido y reconociendo su autor y procedencia.
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Lo sucedido en Haití este martes pasado ha sido sencillamente demoledor. Las fílmicas y fotografías que hemos estado viendo esta semana en la TV y en los diarios no parecen ser de la vida real, sino sacadas de una película de horror.
Y me decía el hermano Jean Pierre Kawas cuando regresaba de Haití este viernes en la mañana que lo que nosotros vemos en los noticieros no es ni el 20% de la situación real.
Un profesor de geofísica en la Universidad de Durham (en el Reino Unido), afirmó este jueves pasado que “el terremoto de 7 grados en la escala de Richter que sacudió Haití… fue 35 veces más potente que la bomba atómica arrojada sobre Hiroshima… al final de la II Guerra Mundial”. Él comparó la energía liberada por el terremoto “con la explosión de medio millón de toneladas de TNT”.
Según este experto, “cada año se producen en el mundo [unos] 50 terremotos de la misma magnitud que el de Haití, [pero] no causan este grado de destrucción y muerte por ocurrir lejos de zonas densamente pobladas o en lugares próximos a placas tectónicas donde la construcción es más sólida, como Japón o California (EEUU)”.
Pero en el caso de Haití todo estaba en su contra. Por un lado, el epicentro del terremoto ocurrió en una zona densamente poblada. Por otro lado, los terremotos suelen ocurrir a una profundidad de 200 kilómetros, pero el de Haití ocurrió a una profundidad de 10 kilómetros, provocando que el impacto sea mayor; alguien explicaba que era como aplicar a un edificio un movimiento horizontal de 2 metros.
Para colmo de males, las construcciones allí son muy débiles; en muchas de las edificaciones destruidas que hemos visto en las fílmicas, casi no se ven varillas expuestas. Es tal la destrucción de Puerto Príncipe, que es muy probable que tengan que reconstruir la capital en otro lugar.
Se estima que la pérdida de vidas humanas pueda ascender a unos 100,000, y quizás más. Eso sin contar el millón y medio de personas que se han quedado sin techo, las epidemias que se puedan desatar por la insalubridad y la violencia que la desesperación pueda generar en los próximos días.
Y en medio de este panorama tan desgarrador, muchos se preguntan: ¿Dónde está Dios en todo esto? ¿Cómo podemos seguir creyendo que existe un Dios bueno y todopoderoso cuando contemplamos escenas como las que hemos visto en estos días? ¿Cómo encajan estas cosas con lo que la misma Biblia revela acerca de Él?
Esas son algunas de las interrogantes que quisiera abordar en el sermón de hoy; y aunque tendremos que tocar necesariamente algunos temas doctrinales, e incluso filosóficos, ha sido mi oración al Señor que me conceda sabiduría pastoral y sensibilidad humana para que este mensaje pueda traer consuelo y claridad de pensamiento a muchos corazones atribulados y confundidos.
También ha sido mi oración que el Espíritu Santo obre con poder a través de este mensaje, de tal manera que muchos puedan venir a refugiarse bajo las alas del único Dios vivo y verdadero.
¿Por qué vivimos en un mundo tan lleno de dolor y sufrimiento? Antes de pasar a considerar este tema desde una perspectiva bíblica, permítanme detenerme primero en dos respuestas inadecuadas que solemos escuchar cuando suceden tragedias de esta magnitud.
Y la primera es la del ateísmo que niega la existencia de Dios debido a la existencia del mal.
Si Dios existiera, dicen ellos, debería ser infinitamente bueno, deseoso de que sus criaturas sean felices.
Si Dios existiera debería ser infinitamente poderoso, capaz de hacer que sus criaturas sean felices.
Pero este es un mundo en el que hay mucho mal y muchas desgracias y, por lo tanto, no puede ser que exista un Dios infinitamente bueno y todopoderoso.
“O Dios es bueno, pero no tiene el poder de hacer todo lo que quisiera hacer; o Dios es todopoderoso, pero no tiene ningún interés en el bienestar del hombre. Pero no puede ser ambas cosas a la vez. Como el Dios que se revela en la Biblia es infinitamente bueno y todopoderoso, ese Dios no puede existir en realidad”.
Este tipo de razonamiento tiene varios problemas, pero por causa del tiempo voy a tener que concentrarme en el más obvio de todos: el hecho de que es totalmente absurdo partir de la premisa de que no existe Dios, para luego decir que hay mucho mal en el mundo.
Si presuponemos que no existe Dios, entonces tenemos que llegar a la conclusión de que la existencia del mundo y del hombre es un mero accidente. Estamos aquí por el choque fortuito de partículas atómicas y, por lo tanto, nada de lo que sucede en el mundo puede ser calificado como moralmente bueno o moralmente malo.
En otras palabras, cuando el ateo dice que hay mucho mal en el mundo, está presuponiendo dos cosas: primero, que el hombre es un ser moralmente responsable, y que existen normas objetivas de bien y de mal que nos permiten hacer un juicio de valor de las cosas que cosas que ocurren en el mundo. Pero ambas presuposiciones dependen de que exista Dios.
No quisiera complicar mucho las cosas en esta mañana, pero quisiera dejar este punto claramente establecido, así que voy a tratar de explicarlo de otro modo.
Si no existe Dios, eso quiere decir que nosotros los seres humanos somos pura materia sin alma. Lo cual quiere decir que todo lo que pensamos y todas las decisiones que tomamos se deben a meros procesos químicos de los cuales no tenemos ningún control. Lo cual quiere decir que no somos seres moralmente responsables y que nuestras vidas no tienen ningún sentido.
Escuchen como lo dice el biólogo y paleontólogo ateo Stephen J. Gould: “Estamos aquí porque un inusual grupo de peces tenía una peculiar anatomía en sus aletas, que lograron transformarse en piernas para las criaturas terrestres. Porque hubo cometas que impactaron contra la tierra y eliminaron a los dinosaurios, dando a los mamíferos una oportunidad que no habrían tenido de otro modo… Porque la tierra no se congeló del todo durante una era de hielo. Porque una especie pequeña y tenue que surgió en África un cuarto de millón de años atrás, ha logrado hasta ahora sobrevivir, de uno u otro modo. Podremos anhelar una respuesta ‘más elevada’ pero no existe ninguna... Tenemos que construir nuestras propias respuestas por nosotros mismos, a partir de nuestra sabiduría y sentido de la ética. No hay otra manera”.
Esto es sencillamente increíble, sobre todo viniendo de un hombre tan admirado en el mundo científico. Por un lado Gould nos dice que estamos aquí por una conjunción de eventos que nadie controló, animales evolucionados y nada más. Pero luego nos dice que debemos usar nuestra sabiduría y nuestro sentido de la ética para determinar el sentido de nuestras vidas y cómo debemos vivirla.
Pero ¿cómo puede tener sabiduría y un sentido ético seres que surgieron de la evolución casual de la materia? Eso no tiene sentido. Las cosas materiales no tienen sentido ético ni sabiduría. En un mundo sin Dios las cosas no son malas ni buenas, simplemente son.
El problema es que nadie en su sano juicio puede ser coherente con ese tipo de filosofía. Cuando un ateo contempla lo ocurrido en Haití esta semana se siente consternado por la pérdida de vidas humanas; y cuando lee en los periódicos que algunas personas están aprovechando esa situación para especular y obtener ganancia, en el fondo de su corazón sabe que eso no debería ser así.
¿Saben por qué? Porque el hombre no es pura materia; porque fuimos creados por un Dios personal que puso en el corazón de todo hombre una conciencia moral que pasa juicio sobre las acciones humanas, y las califica como malas o buenas. Donald Carson dice al respecto: “Si creyéramos realmente que no somos más que una colección accidental de átomos, sería irracional sentir ‘enojo moral’ acerca de algo”.
Cuando una familia de leones se come a un jabalí nadie protesta, porque se contempla como parte de la cadena alimenticia del mundo animal. Pero cuando un narco traficante se puede dar el lujo de contratar sicarios para matar a todo el que se le ponga en medio, y luego usa su poder económico para burlar la ley, eso sí nos mueve a protestar porque sabemos que las cosas no deberían ser así.
En el fondo todos admitimos que el hombre es un ser moralmente responsable. Y eso sólo es posible en un mundo creado por un Ser moral. Como bien señala Raví Zacarías: “Cuando afirmas que existe el mal, tienes que suponer que existe el bien. Cuando dices que existe el bien, tienes que suponer que hay una ley moral que permite distinguir al bien del mal. Tiene que haber un parámetro que determine qué es el bien y qué es el mal. Cuando supones una ley moral, tienes que admitir a un dador de esta ley… un origen o fuente de donde surge esta ley moral”.
De manera que cuando un ateo dice que no puede creer en Dios porque hay mucho mal en el mundo, en realidad está diciendo algo que no es coherente con su postura filosófica. Si no hay un Dios, tampoco hay moral.
Podríamos decir que las cosas son convenientes o inconvenientes; podríamos decir, incluso, que algunas cosas son de nuestro agrado y otras no. Pero de ninguna cosa que ocurra en este mundo podríamos decir que es moralmente mala o buena.
Antes de pasar a mi próximo punto, me gustaría hacer una pregunta a todos aquellos que excusan su no creencia en Dios por el hecho de que hay mucho mal en el mundo: ¿Creen ustedes que más personas creerían en Dios si en el mundo en que vivimos todos los hombres experimentaran placer sin dolor?
Yo no creo. Las tragedias humanas son usadas por Dios muchas veces para hacernos ver cuáles son las cosas que realmente importan y cuáles no; y aunque muchos se amargan en sus aflicciones, muchos también pueden dar testimonio de cómo Dios los atrajo a Él a través de la aflicción.
© Por Sugel Michelén. Todo pensamiento cautivo. Usted puede reproducir y distribuir este material, siempre que sea sin fines de lucro, sin alterar su contenido y reconociendo su autor y procedencia.
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1. La Confesión de Fe Bautista de 1689: Es una Confesión cristiana (ortodoxa)
Habiendo considerado la Historia de los Bautistas y la Historia de la Confesión de Fe Bautista de 1689, ahora quiero enfocar el contenido general de la Confesión, resaltando cinco de sus características primordiales. Y la primera es que ésta es una confesión cristiana (ortodoxa), es decir, que esta Confesión se adhiere a aquellas doctrinas que el cristianismo bíblico ha defendido a través de los siglos.
1. La Escritura. Nosotros creemos que la palabra de Dios es inspirada por Dios en todas sus partes y en cada una de sus palabras. Eso quiere decir que todo cuanto dice en este libro, en sus escritos originales, aunque fue escrito por hombres, fue escrito por hombres inspirados por el Espíritu Santo; y la Confesión de Londres se adhiere a esa doctrina.
¿A qué se opone? A la doctrina de los liberales y de los neo-ortodoxos. Los liberales dicen que en la Biblia hay muchas cosas folklóricas, que nosotros no podemos creerlas tal y cual están allí escritas.
Los neo-ortodoxos, por su parte, dicen que la Biblia no es la palabra de Dios, sino que contiene la palabra de Dios. Cuando usted está leyendo la Palabra, y hay algún texto que lo toca de manera particular, los neo-ortodoxos dicen: “En ese momento ese texto se convirtió en palabra de Dios para ti”. Muy sutil, pero equivocado.
La Biblia no contiene, sino que es, en todas sus partes, desde Génesis hasta Apocalipsis, la Palabra infalible e inerrante de Dios; y eso es lo que esta Confesión afirma, conforme a la enseñanza de la Escritura misma (2Tim. 3:16-17; 2P. 1:16-21).
2. Dios. Con respecto a Dios esta Confesión también se adhiere a la confesión de la Iglesia a través de los siglos. Creemos en un Dios que subsiste en tres personas: Dios el Padre, Dios el Hijo, y Dios el Espíritu Santo.
¿A qué error se opone? Al de los Testigos de Jehová, que nos dicen que Dios es uno solo, Jehová. Que la primera criatura de Dios fue el Hijo, y que el Espíritu Santo no es más que una fuerza, un poder.
La Biblia, en cambio, nos enseña que el Padre es Dios, el Hijo es Dios, el Espíritu Santo es Dios; pero aún así no hay tres Dioses, sino un solo Dios. El misterio de la Santísima Trinidad.
3. La Creación y la Providencia. En cuanto a la creación y la providencia la Confesión afirma que Dios creó el mundo y todo lo creado en seis días. Que el séptimo día descansó, y que de ahí en adelante Dios ha continuado gobernando su creación.
¿A qué error se opone? A los evolucionistas, por un lado, que nos dicen que este mundo es el producto de millones y millones y millones de años. Y también se opone a la doctrina de los deístas que dicen que Dios creó el mundo, pero después lo dejó funcionando solo. Pero la Biblia enseña que Dios creó el mundo y que Él gobierna su creación a través de la providencia.
4. Cristo. En cuanto a Cristo la Confesión de Fe afirma que Cristo es verdadero Dios y verdadero hombre; el Mesías que Dios había prometido en el Antiguo Testamento.
Se oponen en esto a los liberales, y a los Testigos de Jehová. Estos proclaman que Cristo fue un gran hombre, un gran maestro. Pero Cristo no era simplemente un gran maestro, ni un gran hombre únicamente, sino la segunda persona de la Trinidad encarnada.
5. El Evangelio. En cuanto al evangelio la Confesión afirma que el pecador es justificado por medio de la fe, sin las obras de la ley. Las grandes doctrinas que se defendieron en la época de la Reforma, y por la cual muchos de nuestros antepasados tuvieron que dar la vida en las mazmorras de la Inquisición Católico-romana.
¿A qué se opone? Precisamente al Catolicismo Romano que nos dice que el hombre no es justificado por la fe sola, sino también a través de sus buenas obras.
6. La Vida Cristiana. En cuanto a la vida cristiana la confesión de fe nos dice que el hombre es salvo por la fe sin obras, pero para buenas obras. Es cierto que somos salvos sin obras, pero una vez salvo el cristiano debe dar frutos de salvación (Ef. 2:8-10).
¿A qué se opone esta doctrina? A la credulidad de nuestros días. Ser crédulo no es tener una fe fuerte; ser crédulo es tener una fe ligera. Y hoy día muchas personas dicen que basta con creer que Jesucristo es el Hijo de Dios para ser salvos, no importa qué estilo de vida lleven de ahí en adelante.
7. El Mundo Venidero. En cuanto al mundo venidero la Confesión de Fe nos dice que habrá una resurrección de justos e injustos. La Confesión de Fe nos dice que hay dos lugares eternos: el cielo y el infierno.
¿A qué se opone? Por un lado se opone al universalismo, doctrina que enseña que al final todos serán salvos, incluyendo el diablo. Se opone también al aniquilacionismo, es decir la doctrina que enseña que una vez morimos todo termina allí; que no hay cielo ni hay infierno.
También hay aniquilacionistas que enseñan que hay cielo, pero que no hay infierno, como es el caso de los Testigos de Jehová. Los Adventistas del Séptimo Día a la larga son aniquilacionistas también, ellos dicen que todos los impíos serán destruidos, y no quedará más memoria de ellos.
Así que, como ustedes pueden ver, nuestra Confesión de Fe es cristiana ortodoxa, en el sentido de que defiende aquellas grandes doctrinas que el cristianismo bíblico ha defendido a través de los siglos.
© Por Sugel Michelén. Todo pensamiento cautivo. Usted puede reproducir y distribuir este material, siempre que sea sin fines de lucro, sin alterar su contenido y reconociendo su autor y procedencia.
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