Misión del Blog

Proclamar el señorío de Jesucristo sobre todos los aspectos de la cultura

jueves, 12 de noviembre de 2009

La Biblia es inerrante y sorprendentemente coherente


El argumento de las profecías cumplidas es, indudablemente, una fuerte evidencia a favor de la inspiración de las Escrituras. Pero es igualmente contundente el hecho de que la Biblia es inerrante.

He aquí un libro que comenzó a escribirse alrededor del año 1500 a. de C., cuando aún los pueblos y naciones de la tierra más avanzados estaban llenos de mitos y leyendas. Y sin embargo, la Biblia no tiene ningún error histórico, ningún error geográfico, ningún error científico.

Como bien señalan Maxwell Coder y George F. Howe: “Las Escrituras mencionan grandes naciones, reyes, ciudades, pueblos, ligándolo todo con fechas y episodios específicos durante miles de años, sin cometer jamás ningún error” (cit. por Dickson; El Ocaso de los Incrédulos; pg. 348).

Y aún sin ser un libro de ciencias, no deja de ser interesante ver cómo la Biblia nos provee incidentalmente ciertas informaciones de cosas que el hombre vendría a descubrir cientos de años más tarde.

Por ejemplo, en Lv. 17:11 se nos dice que la vida está en la sangre; en Job 26:7 que la tierra está suspendida sobre nada; y en Ecl. 1:6-7 se describe el ciclo del agua (el proceso a través del cual el vapor de agua se condensa y se precipita como lluvia y como nieve, para entonces llegar al mar y de allí volver de nuevo a las nubes a través de la evaporación).

Pero no sólo eso. El argumento interno a favor de la Biblia viene a ser más contundente cuando tomamos en cuenta la coherencia, armonía y unidad orgánica que la Biblia posee.

Algunas personas atacan las Escrituras aduciendo el hecho de que fue escrita por hombres. Y ciertamente la Biblia no pretende haber descendido del cielo como un libro escrito directamente por Dios. La Biblia afirma más bien haber sido escrita por hombres inspirados por Dios.

La Biblia es una recopilación de 66 libros que fueron escritos en un período de 1,500 años, a lo largo de 60 generaciones, por unos 40 autores distintos, en 3 continentes distintos y en 3 idiomas distintos.

Para complicarlo un poco más, sus autores no sólo estaban separados unos de otros en el tiempo, en algunos casos por cientos de años de distancia, sino también por contextos culturales y vocacionales muy distintos. Entre los autores bíblicos encontramos reyes, pescadores, poetas, hombres de estado, soldados, sacerdotes, maestros, un médico, un pastor de ovejas.

Pero para complicarlo todavía un poco más, la Biblia incluye en su contenido centenares de temas reconocidamente controversiales: la naturaleza del verdadero Dios, el camino de salvación, las normas éticas que deben regir la vida del hombre, el destino final de la humanidad, entre otros. Y sin embargo, la Biblia no sólo manifiesta una extraordinaria coherencia y armonía de principio a fin, sino también una perfecta unidad orgánica.

Cuando hablamos de unidad orgánica nos referimos básicamente a ese tipo de unidad donde cada parte es necesaria para explicar y completar el todo. El cuerpo humano, por ejemplo, posee esa clase de unidad.

Y lo mismo vemos en la creación. Esa misma coherencia, armonía y unidad que encontramos en la creación, de manera que todas las cosas creadas constituyen un universo (y no un “multiverso”), es la misma coherencia, armonía y unidad que encontramos en las Sagradas Escrituras.

Eso resulta sencillamente imposible de explicar, a menos que una Persona (con “P” mayúscula, claro está) haya supervisado sabiamente a esos 40 autores durante esos 1,500 años, de modo que esos 66 libros constituyeran en realidad un solo libro: La Biblia, la Palabra infalible e inerrante de Dios.

© Por Sugel Michelén. Todo pensamiento cautivo. Usted puede reproducir y distribuir este material, siempre que sea sin fines de lucro, sin alterar su contenido y reconociendo su autor y procedencia.
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miércoles, 11 de noviembre de 2009

Las profecías cumplidas: una prueba interna contundente de la inspiración bíblica


Como vimos en una entrada anterior, la Biblia clama ser la Palabra inspirada de Dios (¿Y qué de los otros libros religiosos que claman ser una revelacion divina?). Pero la Biblia posee también evidencias internas contundentes que apoyan lo que ella dice de sí misma. Y una de ellas es la enorme cantidad de profecías cumplidas.

Esto es algo que diferencia la Biblia de todos los otros libros que claman ser inspirados. Ni el Corán, ni el Libro del Mormón poseen ninguna profecía predictiva. Pero en el caso de la Biblia, el 30 % está compuesto por profecías, cientos de profecías que se han cumplido en un cien por ciento, exceptuando únicamente aquellas que claramente pertenecen a un tiempo futuro, como las que están relacionadas con la segunda venida de Cristo y sus eventos relacionados.

Ese fue uno de los estándares que el mismo Dios estableció en el AT para que Su pueblo reconociera cuáles profetas hablaban de parte de Dios y cuáles no. En Deut. 18 Dios promete al pueblo de Israel que les enviaría profetas que hablarían en Su nombre, pero también les advierte que tengan cuidado con los falsos profetas. Y en ese contexto, dice el Señor en el vers. 21:

“Y si dijeres en tu corazón: ¿Cómo conoceremos la palabra que Jehová no ha hablado? Si el profeta hablare en nombre de Jehová, y no se cumpliere lo que dijo, ni aconteciere, es palabra que Jehová no ha hablado; con presunción la habló el tal profeta; no tengas temor de él”.

Los profetas verdaderos de Dios tenían que ser infalibles, y una prueba de su infalibilidad serían las profecías cumplidas. Ese es uno de los argumentos que usa Dios para mostrar la falsedad de los ídolos. Dice en Is. 41:21ss:

“Alegad por vuestra causa, dice Jehová; presentad vuestras pruebas, dice el Rey de Jacob. Traigan, anúnciennos lo que ha de venir; dígannos lo que ha pasado desde el principio, y pondremos nuestro corazón en ello; sepamos también su postrimería, y hacednos entender lo que ha de venir. Dadnos nuevas de lo que ha de ser después, para que sepamos que vosotros sois dioses; o a lo menos haced bien, o mal, para que tengamos qué contar, y juntamente nos maravillemos. He aquí que vosotros sois nada, y vuestras obras vanidad; abominación es el que os escogió”.

Y lo mismo vemos en Is. 46:10: “Acordaos de las cosas pasadas desde los tiempos antiguos; porque yo soy Dios, y no hay otro Dios, y nada hay semejante a mí, que anuncio lo por venir desde el principio, y desde la antigüedad lo que aún no era hecho”.

Como no puedo presentar aquí un catálogo completo de profecías cumplidas, voy a limitarme a citar unas cuantas que tienen que ver con la persona y la obra del Mesías, nuestro Señor Jesucristo. Y escojo este tema específicamente por varias razones:

En primer lugar, porque el mismo Cristo dijo que Él era el tema central de las profecías del AT. De ningún líder religioso se puede decir lo que se dice de Cristo en Lc. 24:25-27. El Señor se encuentra con dos discípulos que iban camino a Emaús, apesadumbrados por lo que parecía ser el fracaso del Mesías. Y Cristo les dice: “¡Oh insensatos, y tardos de corazón para creer todo lo que los profetas han dicho! ¿No era necesario que el Cristo padeciera estas cosas, y que entrara en su gloria? Y comenzando desde Moisés, y siguiendo por todos los profetas, les declaraba en todas las Escrituras lo que de él decían”. Cristo es el tema central de las Escrituras.

En segundo lugar, escojo el tema del Señor porque las profecías concernientes a Él se encuentran en el AT, mientras que Su cumplimiento se encuentra en el Nuevo. Nadie puede decir que esas profecías se escribieron después de su cumplimiento, porque el AT tenía 400 años de concluido cuando el Señor nació.

Y nadie puede decir tampoco que Cristo se empeñó en cumplir tales profecías para hacerse pasar por el Mesías, porque muchas de ellas estaban fuera de Su alcance como hombre. He aquí algunas de esas predicciones que comienzan a aparecer en la Biblia tan pronto ocurre la caída de nuestros primeros padres.

1. En Gn. 3:15 Dios anuncia que el Salvador vendría de la descendencia de una mujer, para dejar establecido que sería un miembro de la raza humana y no un ser angelical.
2. En Gn. 22:18 que sería de la descendencia de Abraham.
3. Abraham tuvo dos hijos, pero en Gn. 21:12 se predice que el Mesías sería de las descendencia de Isaac.
4. Isaac también tuvo dos hijos, pero en Nm. 24:17 dice que el Mesías habría de venir de Jacob.
5. Jacob tuvo doce hijos, pero en Gn. 49:10 y Mi. 5:2 se predice que el Mesías vendría de Judá.
6. En Is. 11:1, que sería de la familia de Isaí.
7. Isaí tuvo 8 hijos, pero en Jeremías 23:5 dice que el Mesías sería descendiente de David, el más pequeño de los hijos de Isaí.
8. En Is. 7:14, que nacería de un joven virgen.
9. En Dn. 9:24-27 se predice el tiempo de Su venida.
10. En Mi. 5:2, que nacería en Belén.
11. En el Sal. 72:10, que en su nacimiento personas importantes del oriente le traerían regalos., profecía que se cumplió con la visita de los magos.
12. En Jer. 31:15, que conectado con su nacimiento habría una matanza de niños, profecía que se cumplió con la matanza de Herodes.
13. En Is. 40:3 y en Mal. 3:1 se predice que sería precedido de un mensajero, profecía que se cumplió en Juan el Bautista.
14. En Is. 9:1, que Su ministerio comenzaría en Galilea.
15. En Is. 35:5-6, que durante Su ministerio llevaría a cabo milagros como abrir los ojos de los ciegos, hacer oír a los sordos, hacer hablar a los mudos y poner a caminar a los paralíticos.
16. En el Sal. 78:2, que usaría parábolas en Sus enseñanzas.
17. En Zac. 9:9, que entraría a Jerusalén sobre un pollino de asna.
18. En el Sal. 118:22, que sería rechazado por los judíos.
19. En el Sal. 41:9, que sería traicionado por uno de los Suyos.
20. En Zac. 11:12, que sería vendido por 30 piezas de plata.
21. En Zac. 11:13, que ese dinero sería arrojado en la casa del Señor.
22. En Zac. 13:7, que sería abandonado por Sus amigos.
23. En el Sal. 35:11, que sería acusado por falsos testigos.
24. En Is. 50:6, que sería golpeado y escupido.
25. En el Sal. 22:7-8, que sería burlado.
26. En el Sal. 22:16, que Sus pies y manos serían traspasados.
27. En Is. 53:12, que sería muerto entre malhechores (Cristo fue crucificado entre dos ladrones).
28. En Is. 53:12, que oraría por Sus perseguidores.
29. En el Sal. 22:18 que se repartirían Sus vestidos.
30. En el Sal. 69:21 que en Su sed le darían a beber vinagre.
31. En el Sal. 22:1 que en la cruz sufriría el desamparo de Dios y gritaría: “¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué me has abandonado?”
32. En Is. 53:9 que sería sepultado en la tumba de un rico, profecía que se cumplió cuando José de Arimatea le cedió su tumba.

He ahí 32 profecías que se cumplieron al pie de la letra en la vida y ministerio del Señor Jesucristo, y esas no son todas. En el NT se mencionan unas 90 profecías y más de 300 referencias mesiánicas que se cumplieron también.

Peter Stoner toma 48 de estas profecías y nos dice que las posibilidades de que se cumplan en un solo hombre son de 1 en 10 a la 157. Ese es un número tan elevado que nuestras mentes finitas no pueden asimilarlo siquiera. Y esas son únicamente las profecías de la Biblia con respecto a Cristo. Dios se encargó de dejar evidencias muy claras de la inspiración de Su Palabra, y nos proveyó al mismo tiempo todas las pruebas que necesitábamos para reconocer al Mesías: nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo.

© Por Sugel Michelén. Todo pensamiento cautivo. Usted puede reproducir y distribuir este material, siempre que sea sin fines de lucro, sin alterar su contenido y reconociendo su autor y procedencia.
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martes, 10 de noviembre de 2009

Claridad moral y la caída del muro


El Dr. Al Mohler posteó en el día de ayer un artículo excelente sobre la caída del muro, y el famoso discurso del presidente Reagan en Berlín, en Julio de 1987, en el cual dirigió estas cuatro palabras al líder soviético Mikhail Gorbachev: “Tear down this wall” (“Derribe ese muro”). En una época pluralista como la nuestra, donde el discurso políticamente correcto ha sustituido el coraje moral, necesitamos recordar escenas históricas como estas y considerar sus implicaciones. Pueden leer aquí la entrada del Dr. Mohler.

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El nacimiento de Lutero y la Caída del muro de Berlín


El 10 de Noviembre de 1483, hace 526 años, nació Martín Lutero en la aldea alemana de Eisleben; el 9 de Noviembre de 1989, también en Alemania, cae el muro de Berlín, hace 20 años. En la providencia de Dios, ambos eventos guardan cierta relación histórica, aunque no se encuentren directamente relacionados.

Con el surgimiento de la Reforma Protestante, la hegemonía del catolicismo fue destruida en Europa trayendo un clima de libertad religiosa que contribuiría a forjar el mundo moderno. Con la caída del muro caía también el socialismo, dando por concluida la guerra fría y un poderoso impulso a la globalización, con sus aspectos positivos y negativos.

Dos eventos históricos separados en el tiempo por poco más de 500 años, pero que habrían de cambiar para siempre la historia del mundo. Ayer se recordaba la caída del muro con bombos y platillos; no espero que hoy se recuerde con el mismo entusiasmo el nacimiento de Lutero.

Sin embargo, si comparamos la Reforma con la caída del muro de Berlín, sin duda alguna el primer evento ha sido mucho más trascendental que el segundo. De 1989 hasta hoy otros muros han sido levantados, mientras otros que ya existían han sido reforzados, muros que continúan dividiendo la raza humana y sembrando el odio racial y el terror.

Y es que la esperanza del mundo no radica en un cambio de vientos políticos, sino en ese mensaje centrado en la Persona y en la obra de nuestro Señor Jesucristo, por medio del cual fue derribado el muro infinitamente alto que nos separaba de Dios y de los demás seres humanos.

Fue por causa de Cristo, no por causa de Gorbachov ni por ningún otro líder político, que se ha operado el verdadero cambio que el mundo necesita. Ese cambio continúa al alcance de todo ser humano que, arrepentido de sus pecados, descansa únicamente en Cristo y en Su obra. Fue ese mensaje esperanzador el que la Reforma Protestante convirtió en su grito de batalla, una batalla en el que los vencidos son salvados, no destruidos.

No espero grandes celebraciones en este día por el nacimiento de Lutero, ni por el surgimiento de la Reforma Protestante; pero aprovecho la ocasión para exaltar al Dios de la historia, que algún día derribará todo gobierno humano, llevando a su consumación el reino eterno que Cristo trajo consigo. Que a Él, y sólo a Él, sea toda la gloria, la honra y el honor por los siglos de los siglos.


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"¿Y qué de los otros libros religiosos que claman ser una revelación divina?"

Supongo que a muchos de Uds. les ha pasado lo mismo que a mí: que al compartir el mensaje del evangelio con un incrédulo nos presenta como argumento en contra de la Biblia el hecho de que, al igual que ella, otras religiones claman tener libros inspirados. Pero eso no es del todo cierto. Como espero que veamos en esta entrada, no existen muchos libros religiosos que clamen para sí inspiración divina como lo hace la Biblia; de hecho, en realidad son muy, muy pocos.

Ahora bien, el hecho de que un libro diga ser inspirado por Dios no es una prueba infalible de que lo sea, pero sí sería una prueba contundente en su contra el que no lo diga. Lo menos que podemos esperar de un libro divinamente inspirado es que afirme tener a Dios como su Autor.

Y en este caso en particular es absolutamente necesario, porque si la Biblia es la Palabra de Dios, entonces no puede haber un tribunal más alto al que podamos apelar para saber si ella es lo que dice ser.

Si fuese necesario que otro libro confirme la Biblia, ese otro libro tendría más autoridad que la Palabra de Dios, y eso es impensable, porque nadie en todo el universo posee más autoridad que Dios mismo; aparte de que ese otro libro tendría que ser apoyado por otro y ese por otro y así hasta el infinito.

Si la Biblia es la Palabra de Dios, ella debe ser la máxima autoridad para comprobar cualquier cosa, incluyendo su propia inspiración. Y la Biblia dice de Sí misma que ella y sólo ella es la revelación inspirada de Dios, infalible e inerrante.

En el AT encontramos cerca de 4,000 referencias directas a la inspiración divina de sus escritos. Por ejemplo, por sólo citar unos pocos textos, en Ex. 24:4 dice: “Y Moisés escribió todas las palabras de Jehová”.

Y en Deut. 4:2 Moisés advierte al pueblo: “No añadiréis a la palabra que yo os mando, ni disminuiréis de ella, para que guardéis los mandamientos de Jehová vuestro Dios que yo os ordeno hoy”.

Los autores del AT no dudaron en afirmar que ese conjunto de libros contenidos en esa división de las Sagradas Escrituras, no eran otra cosa que la Palabra de Dios mismo (comp. Sal. 119:97-104).
Y cuando llegamos al NT nos encontramos con que esta sección de las Escrituras apoya abrumadoramente lo que el AT dice de sí mismo.

En el NT hay más de 320 citas directas y más de 1000 referencias a los escritos del AT, y tanto Cristo como los apóstoles dejaron claramente establecido el hecho de que ellos pensaban que esos libros poseían la autoridad de Dios mismo.

En Mt. 5:17-18, comenzando apenas Su ministerio, dice el Señor Jesucristo: “No penséis que he venido para abrogar la ley o los profetas; no he venido para abrogar, sino para cumplir. Porque de cierto os digo que hasta que pasen el cielo y la tierra, ni una jota ni una tilde pasará de la ley, hasta que todo se haya cumplido”.

A través de Su ministerio de enseñanza el Señor Jesucristo, no sólo citó directamente las Escrituras del AT, sino que también hizo un amplio uso de la historia bíblica para ilustrar Sus enseñanzas: el relato de la creación, la muerte de Abel, el diluvio en los días de Noé, la mujer de Lot, la destrucción de Sodoma y Gomorra, los milagros de Elías, el episodio de Jonás, etc.

Si Cristo era quién Él decía ser, el Dios encarnado, entonces no tenemos más opción que aceptar el AT como la Palabra inspirada de Dios. Y lo mismo vemos en el resto del NT.

Pablo dice en 2Tim. 3:16 que “toda la Escritura es inspirada por Dios”. Y el apóstol Pedro declara, en 2P. 1:20 que “ninguna profecía de la Escritura es de interpretación privada – es decir, que ninguna fue producida por la decisión propia de sus autores –, porque nunca la profecía fue traída por voluntad humana, sino que los santos hombres de Dios hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo”.

Así que el NT confirma la inspiración del antiguo. Pero no sólo eso. Vemos también en el NT que el Señor Jesucristo atribuyó a Sus propias palabras el mismo carácter divino de las Escrituras del AT.

Por ejemplo, en Mt. 24:35 dice el Señor: “El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán”. Y en Jn. 5:24 dijo que Sus palabras son las que dan vida eterna a los que la reciben: “De cierto, de cierto os digo: El que oye mi palabra, y cree al que me envió, tiene vida eterna; y no vendrá a condenación, mas ha pasado de muerte a vida”.

Pero todavía hay algo más, y es que Cristo prometió a Sus apóstoles la misma inspiración que recibieron los autores del AT para que ellos escribieran acerca de Sus obras y enseñanzas.

En Jn. 14:26 el Señor dice a Sus discípulos: “Mas el Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, él os enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo que yo os he dicho”.

Y una vez más, en Jn. 16:12 dice: “Aún tengo muchas cosas que deciros, pero ahora no las podéis sobrellevar. Pero cuando venga el Espíritu de verdad, él os guiará a toda la verdad”.

Estas palabras tienen muchas implicaciones. El Señor Jesucristo era judío – Él sabía muy bien el alto concepto que los judíos tenían de las Escrituras Sagradas del AT. Pero aquí lo vemos prometiendo a Sus discípulos la misma inspiración de aquellos autores para que escribieran acerca de Él.

Según Cristo, toda la verdad que Dios quería dar a conocer a Su pueblo, se centra en Su Persona, la persona de Cristo, y no se encuentra desparramada en pequeñas porciones en los diversos escritos sagrados de las otras religiones: un poco en la Biblia, otro poco en el Corán, otro poco en el Bhagavad-Gita. No.

Los apóstoles serían inspirados por el Espíritu Santo para completar la revelación de la verdad de Dios contenida en la Biblia y sólo en la Biblia. Y ellos estaban muy conscientes de eso.

En 1Tim. 5:18 Pablo cita un texto de Lucas en el NT, poniéndolo a la par con uno de Deuteronomio en el AT, e introduce ambas citas como parte de las Escrituras: “Pues la Escritura dice…”. Y en 2P. 3:15-16 Pedro equipara los escritos de Pablo con el resto de la revelación escrita.

Ellos estaban conscientes de que sus escritos serían colocados junto a los libros del AT, y que esa colección completa sería considerada como la Palabra de Dios, que es viva y eficaz, como dice el autor de los Hebreos en 4:12.

Así que la Biblia dice de sí misma que ella es la única revelación que Dios ha dejado en el mundo para que los hombres adquieran un conocimiento de la verdad. Y esto es algo que hace de la Biblia un libro muy singular.

Aunque existen muchas religiones en el mundo y muchas de ellas tienen sus escritos sagrados, la función de esos libros en esas religiones es muy diferente a la función de la Biblia en el cristianismo. Algunas religiones, como el Budismo y el Confucionismo, no creen en ningún Ser sobrenatural y, por lo tanto, no claman tener ninguna revelación de parte de Dios.

Y en el caso de la mayoría de las religiones restantes tampoco afirman tener ninguna Escritura divinamente inspirada como la Biblia clama serlo. Las únicas religiones que claman poseer Escrituras divinas, con la excepción de la Veda Hindú, son el judaísmo, el cristianismo y el Islam; así como algunas sectas que se derivan del cristianismo, como es el caso de los Mormones.

Ahora bien, en el caso del judaísmo, este acepta como inspirado el AT de la Biblia; en el caso del cristianismo, este acepta como inspirada la Biblia completa, AT y NT; y en el caso del Islamismo, el Corán no sólo posee una fuerte influencia de las Biblia, sino que también nos dice que la Biblia fue inspirada por Dios, pero que luego fue corrompida por los seguidores de Cristo.

Así que, de un modo u otro, todas esas religiones apuntan a la Biblia como la Palabra de Dios. No hay duda de que en este aspecto la Biblia es un libro sumamente peculiar que no tiene comparación con ningún otro libro de la literatura universal.

Y aunque eso por sí sólo no prueba su inspiración, en el caso de la Biblia es una prueba muy fuerte a su favor por cuanto sus evidencias internas apoyan abrumadoramente lo que ella dice de sí misma. Así como Dios ha dejado Sus huellas dactilares plasmadas en la Creación para que no haya ninguna duda al respecto, así también las dejó plasmada en la Biblia para que sepamos que estamos ante un libro que fue escrito por hombres inspirados por el Espíritu de Dios.


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lunes, 9 de noviembre de 2009

La doctrina de la Iglesia Católica Romana sobre la Revelación Divina


En un siglo tan pluralista como el que vivimos, muchos pretenden minimizar las diferencias entre el catolicismo romano y las iglesias protestantes para mostrar que, después de todo, no somos tan diferentes como pudiera parecer a simple vista.

Pero lo cierto es que las diferencias entre ambas confesiones son insalvables, comenzando con la más básica de todas: el concepto que el catolicismo romano tiene de la revelación divina.

Los teólogos católicos comparan la revelación con una fuente de la que fluyen dos corrientes a través de las cuales Cristo nos transmite Su Palabra: el Nuevo Testamento y la tradición.

James G. McCarthy, en su libro El Evangelio Según Roma, nos explica: “La Iglesia Católica enseña que a fin de que el cúmulo de la verdad revelada por Cristo ‘se conservara por siempre íntegro y fuera transmitido a todas las edades’, el Señor mandó a los apóstoles que transmitieran la revelación a otros. Esto se llevó a cabo de dos maneras”.

“Primero, los apóstoles transmitieron la fe en forma no escrita, oralmente, es decir, ‘con su predicación, sus ejemplos, sus instituciones’... La segunda forma fue por escrito: ‘los mismos apóstoles y otros de su generación pusieron por escrito el mensaje de la salvación inspirados por el Espíritu Santo.’ Estos escritos llegaron a ser las Sagradas Escrituras del Nuevo Testamento” (El Evangelio Según Roma; pg. 234)

Este dogma se declaró primero en el Concilio de Trento (15145-1563), y luego fue ratificado en los concilios Vaticano I (1869-1870) y Vaticano II (1962-1965). En este último se declaró que “la Sagrada Tradición y la Sagrada Escritura están íntimamente unidas y compenetradas. Porque surgiendo ambas de la misma fuente, se funden en un mismo caudal y tienden a un mismo fin” (cit. por McCarthy; op. cit.; pg. 235).

Así que, cuando la Iglesia Católica habla de la Palabra de Dios, se refiere a una “sola cosa” formada por las Escrituras y la Tradición: “La Tradición y la Escritura constituyen, pues, un solo depósito sagrado de la Palabra de Dios, confiado a la Iglesia.”

Es importante que comprendamos estas distinciones para no dar lugar a malos entendidos. “Cuando un teólogo católico se refiere a la Palabra de Dios escrita, está hablando de las Escrituras. Si habla de la Palabra de Dios no escrita, está hablando de la Tradición. Pero si se refiere a la Palabra de Dios, probablemente está hablando de las Escrituras y la Tradición juntas. En otras palabras, según la Iglesia Católica Romana, la Biblia solamente no es la Palabra de Dios completa” (Ibíd.; pg. 235).

Que no estamos comprendiendo mal a los teólogos católicos es evidente en estas dos citas adicionales del Concilio Vaticano II; por un lado nos dicen que la Iglesia “... no saca exclusivamente de las Escrituras la certeza de todo lo revelado” (Ibíd.).

Y con respecto a las Sagradas Escrituras dicen que la Iglesia “siempre la ha considerado y considera, juntamente con la Tradición, como la regla suprema de su fe” (Ibíd.).

Como bien señala, José Grau: “Un mero cambio de palabras no puede resolver una cuestión tan importante... Aunque se diga que existe una sola Fuente de Revelación, si se sigue afirmando que la misma nos es comunicada a nosotros a través de una doble vertiente: Escritura y Tradición, queda en pie, sustancialmente, el mismo error de querer equiparar la Tradición apostólica inspirada (contenida en el Nuevo Testamento) con la tradición eclesiástica no inspirada... Cambiar los vocablos de Trento y del Vaticano I sin alterar la sustancia de lo que los mismos querían expresar, no hace más bíblica la tendencia teológica del nuevo Romanismo. El problema que tiene planteado Roma es insoluble. Se opuso a la verdadera reforma de la Iglesia en el siglo XVI cerrando los oídos a la Palabra de Dios y, no sólo dividió a la Cristiandad occidental con su rechazo, sino que en Trento formuló sus ‘propias’ doctrinas que canonizaron, de hecho, todas las desviaciones medievales. Mas, ahora, cuatro siglos después, y luego de haber estudiado un poco más atentamente la Sagrada Escritura, los teólogos romanistas se dan cuenta de que, aún deseándolo, no pueden afirmar que la Reforma fue un movimiento surgido a espaldas de la Biblia, sino todo lo contrario. ¿Qué hacer? ¿Rectificar Trento? Imposible, ¿cómo confesar que se equivocó hace cuatro siglos una iglesia que, según se formuló en el Vaticano I, se cree infalible? Todo intento de seria reforma dogmática se enfrentará siempre con estos dos muros: Trento y Vaticano I. No queda otra salida más que el juego de palabras” (op. cit.; pg. 852).


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John MacArthur sobre la inhabilidad espiritual absoluta del hombre

En este extracto, el Dr. John MacArthur expone una de las doctrinas fundamentales de la fe cristiana: la total inhabilidad espiritual del hombre para salvarse. Precisamente por ser una verdad fundamental del cristianismo, es también una de las doctrinas más atacadas, aún por personas que claman conocer y amar a Dios.



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