Hoy el mundo celebra el Día Internacional de la No Violencia Contra la Mujer, fecha escogida en conmemoración del asesinato de las hermanas Mirabal por orden del dictador Trujillo, el 25 de Noviembre de 1960.
Esta fecha nos recuerda una realidad actual muy vergonzosa y alarmante: el alto número de mujeres que son sometidas a diario a todo tipo de maltrato, tanto físico como psicológico, con la agravante de que no es poco común que los causantes de tales abusos suelan ser aquellos que debían jugar más bien un papel amante y protector: sus propios maridos.
Analizar a profundidad las causas de este mal escapa al alcance de un breve artículo, pues los factores que inciden en esas conductas aberrantes son muchos y muy variados.
Sin embargo, no es menos cierto que todos ellos tienen un factor común: la pecaminosidad humana. Enfocar este problema únicamente desde un punto de vista sociológico, económico o educativo es perder de vista la causa esencial de esta problemática.
Esos factores son importantes indudablemente, pero su importancia es relativa en comparación con este factor principal: los seres humanos, aunque creados a la imagen de Dios, han sido dañados por causa del pecado, son seres egoístas y llenos de pasiones que, dejadas sin control, tienen el potencial de hacer mucho daño.
Se necesita una transformación que comience en el asiento de nuestra personalidad y alcance desde ahí todas las áreas de nuestra vida. Y esa transformación sólo puede ser producida por medio de la obra redentora de nuestro Señor y Salvador Jesucristo.
Eso no elimina el deber de las autoridades a proteger a la mujer abusada, y actuar con determinación en estos casos aplicando sanciones severas y ejemplarizantes; la Biblia dice que una de las obligaciones de las autoridades civiles es la de castigar al que hace lo malo y frenar así el avance de la maldad.
Cuando no se castiga al malhechor se castiga la ciudadanía: “Como la sentencia contra una mala obra no se ejecuta enseguida, por eso el corazón de los hijos de los hombres está en ellos entregados enteramente al mal” (Eclesiastés 8:11).
Pero el Estado no puede transformar al hombre; abusadores y abusados necesitan ampararse en la gracia transformadora de Dios, que ha sido puesta a disposición de todos aquellos que vienen a Cristo en arrepentimiento y fe. No es una fachada de decencia lo que el hombre necesita, sino una verdadera transformación del corazón.
“Si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas” (2Corintios 5:17).
© Por Sugel Michelén. Todo pensamiento cautivo. Usted puede reproducir y distribuir este material, siempre que sea sin fines de lucro, sin alterar su contenido y reconociendo su autor y procedencia.
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miércoles, 25 de noviembre de 2009
¿Qué significa que no estamos bajo la ley, sino bajo la gracia?

Antes de pasar a considerar el significado de Rom. 6:14, uno de los textos favoritos de los antinomianos, quisiera compartir con Uds. una historia ficticia que escuché hace unos años y que puede ilustrar lo que Pablo nos enseña en este pasaje.
Imaginemos a un hombre que vive en un reino gobernado por un tirano cruel, que tiene a todos sus súbditos sometidos totalmente a su voluntad. Este tirano impone sus deseos malvados sobre cada uno de sus siervos, y en vez de recompensarlos por su obediencia los maltrata y los tortura.
Ante esta terrible situación, el hombre de nuestra historia ha intentado escapar varias veces del reino, pero siempre fracasa en su intento. Pronto se da cuenta de que es imposible escapar de allí. Las murallas que rodean el reino son muy altas, y la única puerta de acceso, tanto para salir como para entrar, siempre se mantiene estrechamente vigilada.
Triste y abatido el hombre de nuestra historia llega a la conclusión de que hay una sola forma de escapar de esta terrible tiranía: a través de la muerte. Así que no le queda más remedio que esperar a que llegue ese momento, pues de ningún modo iba a disponer él mismo de su propia vida.
Pero no lejos de allí hay otro reino, gobernado por un rey justo y bueno, cuyas órdenes y decretos siempre procuran el bien de sus súbditos. Este rey ha logrado libertar a varios de los siervos de aquel tirano cruel, y ahora se dispone a libertar a este otro, sólo que su método de liberación es sumamente extraño.
Como nadie puede escapar de allí si no es a través de la muerte, de alguna manera éste rey bueno y justo se las ingenia para penetrar en la ciudad y matar al siervo oprimido que anhelaba ser libertado de las garras del tirano.
Y ahora que el individuo ha muerto, las autoridades del reino hacen con él lo que se suele hacer en estos casos: lo sacan de la ciudad y lo entierran en el cementerio que está del otro lado del muro. Por fin el hombre ya no se encuentra bajo aquella terrible tiranía; ha sido libertado por medio de la muerte.
Pero ahí no termina la historia. Una vez dejan solo su cadáver fuera de la ciudad, el rey bueno y justo viene al cementerio, lo resucita, y lo lleva a formar parte de su reino de justicia y de bondad, donde este hombre, lleno de gratitud hacia Su nuevo rey, se esfuerza por agradarlo y obedecerlo en todo.
Algo similar es lo que ocurre con el cristiano, de acuerdo a la enseñanza de Pablo en Rom. 6. El cristiano también había sido por un tiempo esclavo del pecado, como todos los hombres lo son. El pecado era un tirano cruel que lo gobernaba a su antojo, un tirano que exigía ser obedecido con una obediencia absoluta y completa, prometiendo siempre una felicidad que nunca daba.
Pero cuando este hombre participa de la gracia de Dios en Cristo, todo cambia repentinamente. Su vida queda unida a Cristo de tal modo, que no solo hay una total identificación entre él y Cristo, sino también una participación espiritual de lo mismo que Cristo participó a través de Su muerte y resurrección.
Noten como Pablo desarrolla esta idea en Rom. 6:1-11. Lo que Pablo enseña en estos versículos es que, en virtud de nuestra unión con Cristo, nosotros hemos muerto con Él y hemos resucitado a una nueva vida.
Hay un misterio en todo esto que escapa a nuestro entendimiento. Dice John Murray al respecto: “Aquí tenemos una unión (la unión del creyente con Cristo) que no podemos definir de una manera específica. Pero es una unión de un carácter espiritual intenso congruente con la naturaleza y la obra del Espíritu Santo, de manera, que de una forma real que rebasa nuestra capacidad de análisis, Cristo mora en su pueblo y su pueblo mora en él” (Redención Consumada y Aplicada; pg. 178).
Aunque no entendamos todo lo que encierra nuestra unión con Cristo, es claro en la Escritura que nosotros estamos unidos a Él desde el mismo instante en que la obra de redención fue aplicada en nuestras vidas, y por lo tanto, como consecuencia de esta unión hemos muerto juntamente con Él, y juntamente con Él hemos resucitado a una vida nueva (comp. Ef. 2:4-6).
Toda nuestra salvación está ligada a esta maravillosa verdad: estamos en Cristo. Ahora bien, ¿qué tiene todo esto que ver con Rom. 6:14?
Como hemos dicho ya, estar unido a Cristo significa entre otras cosas, que hemos muerto con Él, y hemos resucitado a una vida nueva; y eso, en un sentido práctico, implica que el pecado ya dejó de ser nuestro rey. Volviendo a nuestra historia, decíamos que aquel individuo estaba sometido a una férrea dictadura, que en el caso del creyente no es otra que la dictadura del pecado.
Ese pecado no nos dejaba en libertad de hacer lo correcto, no nos dejaba obedecer libremente a Dios, y eso nos ponía en una terrible situación porque todo hombre está obligado a obedecer a Dios.
Como criatura de Dios el hombre no tiene más alternativa que obedecer Sus mandamientos. Pero debido a que es un esclavo del pecado, no quiere ni puede obedecer como debe hacerlo. La ley está sobre él, demandando ser obedecida, pero este no tiene en sí mismo la capacidad de obedecerla.
Eso es lo que significa estar bajo la ley: es estar en la terrible situación de tener que obedecer la ley, pero sin los recursos para obedecerla; teniendo que obedecer la ley, pero al mismo tiempo esclavizado de ese tirano que es el pecado, y que nos mueve a actuar en contra de la ley.
¿Qué ha hecho Cristo por nosotros? Que nos libertó de ese tirano a través de Su muerte y Su resurrección. Al morir juntamente con Cristo, ya no estamos más bajo el yugo opresor del pecado; el pecado dejó de ser nuestro rey.
Si yo muero mañana, el Dr. Leonel Fernández dejaría de ser mi presidente. Yo estoy bajo la autoridad del gobierno dominicano mientras esté vivo y sea dominicano; pero una vez muera, voy a dejar de estar bajo esa autoridad.
Eso es lo que sucede con el cristiano. Él estaba bajo el dominio del pecado mientras vivía en ese reino. Pero al morir con Cristo, ya dejó de estar sujeto a ese dominio (comp. Rom. 6:10-11). El pecado sigue siendo un enemigo para el creyente, pero ha dejado de ser su rey (comp. Rom. 6:12-14).
El pecado no puede obligarnos otra vez a desobedecer a Dios; ¿por qué? Porque no estamos en esa terrible situación de tener que obedecer la ley y no tener ningún recurso para obedecerla, sino que estamos bajo la gracia.
El estar bajo la gracia es contar con todos los recursos que emanan de la gracia en virtud de nuestra unión con Cristo en Su resurrección (vers. 4). ¿Significa esto que el creyente ya no tiene ningún problema con el pecado? ¿Que el pecado ya no representa ningún peligro para nosotros? ¡Por supuesto que no!
Pero el pecado ya no reina en nuestras vidas y, por lo tanto, no puede obligarnos a violar la ley de Dios. El pecado sigue siendo un terrible enemigo, un enemigo astuto; pero en virtud de nuestra unión con Cristo, al haber muerto y resucitado con Él, no tenemos que ceder a las demandas del pecado. Hemos muerto al pecado, dice Pablo, y ahora estamos vivos para Dios.
En Col. 1:13 Pablo lo explica de este modo: Dios “nos ha librado de la potestad de las tinieblas, y (nos ha) trasladado al reino de su amado Hijo”. Ya no estamos sujetos a ese tirano cruel, sino que con gozo, gratitud y devoción servimos a Aquel que nos ha hecho libres.
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martes, 24 de noviembre de 2009
¿Por qué sufrimos?
Nuestro hermano Xavi posteó en el día de hoy este breve, pero consolador comentario de Malaquías 3:1-4.
“Yo envío mi mensajero para que prepare el camino delante de mí. Y vendrá súbitamente a su templo el Señor a quien vosotros buscáis; y el ángel del pacto, a quien deseáis vosotros, ya viene», ha dicho Jehová de los ejércitos. ¿Pero quién podrá soportar el tiempo de su venida? o ¿quién podrá estar en pie cuando él se manifieste? Porque él es como fuego purificador y como jabón de lavadores. Él se sentará para afinar y limpiar la plata: limpiará a los hijos de Leví, los afinará como a oro y como a plata, y traerán a Jehová ofrenda en justicia. Entonces será grata a Jehová la ofrenda de Judá y de Jerusalén, como en los días pasados, como en los años antiguos” (Malaquías 3:1-4).
Un pastor explicaba que otro pastor explicaba que había oído a un pastor explicando que en un grupo de estudio bíblico a alguien le llamó la atención de forma muy especial la frase del versículo 3 del capítulo 3 del libro de Malaquías donde leemos: “Él se sentará para afinar y limpiar la plata.”
Llena de curiosidad, aquella persona buscó por toda la ciudad un orfebre (un platero) y cuando, finalmente, lo encontró -sin decirle que lo que le había llevado allí era el interés por un versículo bíblico- le preguntó: ¿Se sienta usted para refinar y limpiar la plata? A lo que el orfebre contestó: Necesito sentarme para que el tiempo del fuego no exceda lo necesario y así asegurarme que la plata no se estropee.
Impresionada con la respuesta, aquella persona empezó a pensar en lo profunda que era la imagen que describe Malaquías al presentarnos a Dios como un orfebre, sentado (no de pié ni de cualquier manera, sino sentado) para afinarnos, limpiarnos y con un cuidado someternos al fuego del sufrimiento para así moldearnos en santidad… en un proceso personal e individualizado.
Aquella persona ya estaba saliendo del taller cuando, de repente, el orfebre le dijo: Ah, se me olvidaba… el proceso se da por acabado sólo cuando puedo ver de forma clara y nítida mi propia imagen reflejada en la plata que ha sido purificada.
Aún cuando pueda parecer que no tiene ningún sentido, incluso el sufrimiento y las pruebas (en manos de Dios) contribuyen, tal vez incluso más que cualquier otra circunstancia en la vida, para que nuestro carácter vaya siendo formado y moldeado en conformidad a la imagen de Cristo. De manera que aunque el sufrimiento y el dolor puedan parecer no darnos respuestas -o por lo menos no del tipo que querríamos escuchar- por otro lado sabemos según el testimonio de la Palabra que Dios no sólo permite la prueba, sino que también trabaja a través de ella para nuestro bien.
tomado con permiso de kerigma.net
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Salvos por la fe sola, pero no por una fe que está sola
Una de las doctrinas clave de la Reforma fue la justificación por la fe sola, la enseñanza bíblica de que el hombre no es justificado por sus obras, sino únicamente por la justicia de Cristo, la cual nos es imputada, puesta a nuestra cuenta, por medio de la fe.
Cuando el pecador cree en Cristo su fe le es contada por justicia, dice Pablo en Rom. 4:5. Él confía en Cristo para salvación, y de inmediato la justicia de Cristo es puesta en su cuenta, de tal modo que Dios no ve más sus pecados, sino más bien la justicia perfecta de su Salvador.
Ahora bien, esta buena noticia del evangelio puede ser fácilmente tergiversada cuando no contemplamos todos los aspectos doctrinales envueltos en la salvación. Algunos pueden concluir erróneamente que, ya que no somos salvos por medio de nuestra obediencia ni por medio de nuestras obras, entonces nuestra obediencia y nuestras buenas obras no juegan ningún papel en la vida cristiana.
Esta fue la conclusión a la que arribó uno de los hombres que fue por un tiempo cercano a Lutero durante el tiempo de la Reforma: Johannes Agrícola. Este hombre enfatizó un sólo lado de la doctrina evangélica, la justificación sin obras por medio de la fe, llegando a desarrollar un sistema teológico que el propio Martin Lutero bautizó con el nombre de “antinomianismo”: de nomos, que significa “ley”, precedida de anti, que significa “en contra de”.
Agrícola enseñaba, entre otras cosas:
Que no debemos incluir la ley en nuestra exposición del evangelio
Que no debemos decir al incrédulo que debe arrepentirse por haber violado los Diez Mandamientos
Que la ley no es digna de ser llamada Palabra de Dios
Que el creyente está por encima de toda ley y de toda obediencia
Que nuestra fe y la religión nuevo testamentaria en general era totalmente desconocida para Moisés.
Agrícola pensaba estar defendiendo con sus enseñanzas la doctrina de la justificación por la fe sola, aparte de las buenas obras, pero lo que estaba haciendo en realidad era destruyendo por completo el verdadero mensaje de salvación ofrecido gratuitamente en el evangelio.
La salvación que el evangelio ofrece no nos libra únicamente de la condenación del pecado, sino también de su esclavitud, para que ahora podamos servir y obedecer a Dios con libertad (comp. Rom. 6:17-18).
En 1537 Martín Lutero protestó fuertemente contra toda identificación de la doctrina de la justificación por la fe con el antinomianismo, pero a partir de entonces esta herejía siempre ha encontrado quien la predique en las iglesias.
Muchos al día de hoy no saben quién fue Johannes Agrícola, ni han escuchado jamás este nombre, pero siguen a pie juntillas su tergiversación del evangelio, porque se trata sin duda alguna de una doctrina que apela fuertemente al hombre natural.
Es atractivo a nuestra carne pensar que podemos vivir como queramos, y aun así ser salvos. Es atractivo pensar que podemos vivir como el mundo vive, que podemos tener las mismas metas, los mismos valores, los mismos estándares del mundo, pero aún así pertenecer al reino de los cielos.
El Señor nos advierte en el Sermón del Monte que muchos serán engañados por esta falacia, y finalmente se perderán: “No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos. Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros? Y entonces les declararé: Nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores de maldad” (Mateo 7.21-23)
Estos hombres creían que eran cristianos, estaban envueltos en toda una serie de actividades relacionadas con la religión que profesaban, pero aún así se perdieron. Cristo les llama en el texto: “… hacedores de maldad”.
Y ¿cuál era su maldad? ¿Cómo se manifestaba en un sentido práctico la maldad de estos hombres? La palabra que se usa en el texto, y que se traduce como “maldad”, es anomia, lit. “sin ley”. Estas personas profesaban ser cristianas, pero no mostraban estar sometidos a la voluntad de Dios revelada en Su ley; no se veía en ellos un esfuerzo consciente por obedecer a Dios; no experimentaban hambre y sed de justicia, un deseo ferviente de ser cada vez más santos.
Decían ser cristianos, pero vivían a su manera. Decían seguir a Cristo, pero en realidad seguían los impulsos de su propio corazón; en otras palabras, ellos eran su propia autoridad. Cristo dice en nuestro texto que tales personas se engañan a sí mismas si piensan que son cristianas.
Nadie puede clamar que es un verdadero cristiano si no está dispuesto a someterse a la voluntad de Dios. No somos salvos por obedecer a Dios, ni por hacer buenas obras; pero todos aquellos que han sido salvados por gracia, por medio de la fe, muestran la realidad de la gracia y de la fe a través de su obediencia y de sus buenas obras.
Somos salvos por la fe sola, pero no por una fe que está sola, sino por una que viene acompañada de frutos de justicia (comp. Ef. 2:8-10; Sant. 2:20, 26).
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lunes, 23 de noviembre de 2009
La ley, el evangelio, el amor y el cristiano
Vivimos en una época en la que el antinomianismo ha ganado mucho terreno en las iglesias evangélicas. Un antinomiano, dicho sencillamente, es alguien que rechaza la obediencia a la ley de Dios como una prueba de que en verdad hemos creído en Cristo. La obediencia a la ley no salva, pero el que es salvo por la fe muestra en su vida las marcas de una obediencia sincera, aunque no perfecta, a los mandamientos del Señor.
Para mostrar esto, analicemos algunos textos en la carta de Pablo a los Romanos. Dado que el tema central de esta carta es el evangelio de nuestro Señor Jesucristo, era de esperarse que el apóstol dedicara una buena sección de esta epístola para hablar de la ley moral de Dios, porque sin la ley el evangelio no tiene sentido.
Si miramos la cruz de Cristo, sin tener la ley de Dios delante de nuestros ojos, la cruz queda vacía de todo significado.
Ernest Reisenger lo explica de este modo: “El mensaje primario de la cruz no es: ‘Dios te ama’, sino mas bien ‘la ley de Dios ha sido quebrantada’. Contemplar la cruz sin la ley es como tratar de armar un rompe cabezas (cuyas piezas están sostenidas) en aire ligero. Sin una base sobre la cual conectar las piezas, nunca puede tomar forma una clara imagen de la gracia de Dios. Si, dice este autor, el espíritu de la cruz, es (el) amor eterno (de Dios), pero la base de la cruz es (Su) eterna justicia. Predicar y enseñar la ley salvará el evangelio y el cristianismo del sentimentalismo, del emocionalismo, y de una supersticiosa perversión de la cruz” (The Law and the Gospel; pg. 158).
¿Cuál es el mensaje que el evangelio anuncia a los hombres? Que hay salvación en Cristo por medio de la fe. Pero ¿de qué peligro necesita el hombre ser salvado? Si anunciamos al mundo que hay salvación en Cristo para todo aquel que cree, debemos anunciar primero cuál es el peligro del que necesitamos ser salvos; de lo contrario el evangelio pierde todo su significado.
“Pecador, hay salvación en Cristo”. “¿Salvación de qué?" – pregunta él. "¿Cuál es el peligro que me acecha?” El peligro de tener que presentarte delante de Dios a dar cuenta por tu vida, sabiendo que has transgredido en incontable ocasiones Su santa ley. Es eso lo que nos hace pecadores, el haber violado la ley de Dios; y es de ese pecado, y de todas sus consecuencias, que Cristo vino a salvar a pecadores.
Esa es la argumentación lógica a través de la cual Pablo explica el evangelio en la carta a los Romanos (comp. Rom. 1:16-17, 18; 3:9-12, 19-20; 4:15; 5:13). Pablo ilustra su enseñanza de la relación de la ley con el evangelio con su propio ejemplo en Rom. 7:7-13, donde nos muestra cómo Dios usó la ley para convencerle de pecado.
Así que la ley moral de Dios se encuentra íntimamente ligada al evangelio como el instrumento usado por Dios para revelar al pecador su condición pecaminosa. Es en ese sentido que Pablo nos dice en Gal. 3:24 que “la ley ha sido nuestro ayo, para llevarnos a Cristo, a fin de que fuésemos justificados por la fe”.
Nunca fue la intención de Dios justificar al pecador por guardar la ley. El que justifica es Cristo, por medio de la fe. Pero la ley es el ayo que nos lleva de la mano a Cristo mostrando nuestro pecado y nuestra total impotencia para poder vivir a la altura de las demandas de la ley en nuestras propias fuerzas.
Pero ¿qué ocurre cuando el pecador viene a Cristo en arrepentimiento y fe? ¿Acaso deja de ser relevante la ley para su vida a partir de ese momento? De ninguna manera. La ley moral de Dios no sirve únicamente para mostrar nuestra condición pecaminosa, sino también para mostrarnos la naturaleza de la voluntad de Dios y cuál es la norma de vida que Dios quiere que nosotros sigamos.
Si somos salvos debemos vivir en santidad, y vivir en santidad no es otra cosa que conformar nuestras vidas al estándar moral resumido en los Diez Mandamientos (comp. Rom. 8:1-4; 13:8-10). Si los Diez Mandamientos no estuviesen en vigor para nosotros, ¿qué sentido tendría que se nos dijera que el amor es el móvil que ha de llevarnos al cumplimiento de esa ley?
“Si amas a tu hermano en una forma correcta, necesariamente vas a cumplir en su favor los Diez Mandamientos”. El antinomiano dirá: “Y eso ¿qué importancia tiene? Yo no estoy interesado en ese documento antiguo; para mí los Diez Mandamientos caducaron en la cruz del calvario. Si cumplo o no cumplo los Diez Mandamientos es algo que no me quita el sueño”.
Esa, obviamente, no era la forma de pensar del apóstol Pablo. Para Pablo era importante la obediencia al decálogo, y coloca el amor aquí en una relación íntima con esa obediencia. En ningún lugar de la Biblia se nos presenta el amor como una alternativa o un sustituto para la obediencia. El amor es más bien el combustible que nos mueve a obedecer.
Comp. Mt. 22:35-40 (el mero hecho de que el amor sea un mandamiento debe ser suficiente para acallar a todos aquellos que ven un antagonismo entre el amor a Dios y la ley de Dios); Jn. 14:21, 23-24 (el mensaje de Cristo no es: “Si me amas, haz lo que te plazca”; Su mensaje es más bien: “Si me amas, guarda mis mandamientos”; 15:10, 12, 14; 1Jn. 5:3.
La Biblia no presenta el amor como una fuerza autónoma que tiene en sí misma la capacidad de definir cuál es estándar de conducta que debemos seguir. La Biblia más bien enseña que el amor es definido por la ley moral resumida en las dos tablas del decálogo.
¿Qué significa en un sentido práctico amar a Dios? Significa tenerlo a Él como nuestro único Dios, adorarle como Él lo ha prescrito en Su Palabra, reverenciar Su nombre y apartar un día de cada siete para adorarle y servirle en una forma especial. Eso es lo que nos enseña la primera tabla de la ley.
Y ¿qué del amor al prójimo? ¿Cómo puedo yo amar al prójimo como a mí mismo en una forma práctica? Allí tenemos la segunda tabla de la ley. “El amor no hace mal al prójimo”, dice Pablo en Rom. 13:10.
Y ¿qué es hacerle mal al prójimo? Violar en su perjuicio cualquiera de los mandamientos del decálogo que tiene que ver con nuestras relaciones unos con otros. El amor no es un mero sentimiento. El amor es una conducta y una actitud definida claramente por la ley moral de Dios. Amar a Dios y al prójimo es igual a: esforzarse en el poder del Espíritu Santo a vivir a la altura de los Diez Mandamientos. El amor es el motivo de la ley, la ley es la definición del amor.
© Por Sugel Michelén. Todo pensamiento cautivo. Usted puede reproducir y distribuir este material, siempre que sea sin fines de lucro, sin alterar su contenido y reconociendo su autor y procedencia.
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Para mostrar esto, analicemos algunos textos en la carta de Pablo a los Romanos. Dado que el tema central de esta carta es el evangelio de nuestro Señor Jesucristo, era de esperarse que el apóstol dedicara una buena sección de esta epístola para hablar de la ley moral de Dios, porque sin la ley el evangelio no tiene sentido.
Si miramos la cruz de Cristo, sin tener la ley de Dios delante de nuestros ojos, la cruz queda vacía de todo significado.
Ernest Reisenger lo explica de este modo: “El mensaje primario de la cruz no es: ‘Dios te ama’, sino mas bien ‘la ley de Dios ha sido quebrantada’. Contemplar la cruz sin la ley es como tratar de armar un rompe cabezas (cuyas piezas están sostenidas) en aire ligero. Sin una base sobre la cual conectar las piezas, nunca puede tomar forma una clara imagen de la gracia de Dios. Si, dice este autor, el espíritu de la cruz, es (el) amor eterno (de Dios), pero la base de la cruz es (Su) eterna justicia. Predicar y enseñar la ley salvará el evangelio y el cristianismo del sentimentalismo, del emocionalismo, y de una supersticiosa perversión de la cruz” (The Law and the Gospel; pg. 158).
¿Cuál es el mensaje que el evangelio anuncia a los hombres? Que hay salvación en Cristo por medio de la fe. Pero ¿de qué peligro necesita el hombre ser salvado? Si anunciamos al mundo que hay salvación en Cristo para todo aquel que cree, debemos anunciar primero cuál es el peligro del que necesitamos ser salvos; de lo contrario el evangelio pierde todo su significado.
“Pecador, hay salvación en Cristo”. “¿Salvación de qué?" – pregunta él. "¿Cuál es el peligro que me acecha?” El peligro de tener que presentarte delante de Dios a dar cuenta por tu vida, sabiendo que has transgredido en incontable ocasiones Su santa ley. Es eso lo que nos hace pecadores, el haber violado la ley de Dios; y es de ese pecado, y de todas sus consecuencias, que Cristo vino a salvar a pecadores.
Esa es la argumentación lógica a través de la cual Pablo explica el evangelio en la carta a los Romanos (comp. Rom. 1:16-17, 18; 3:9-12, 19-20; 4:15; 5:13). Pablo ilustra su enseñanza de la relación de la ley con el evangelio con su propio ejemplo en Rom. 7:7-13, donde nos muestra cómo Dios usó la ley para convencerle de pecado.
Así que la ley moral de Dios se encuentra íntimamente ligada al evangelio como el instrumento usado por Dios para revelar al pecador su condición pecaminosa. Es en ese sentido que Pablo nos dice en Gal. 3:24 que “la ley ha sido nuestro ayo, para llevarnos a Cristo, a fin de que fuésemos justificados por la fe”.
Nunca fue la intención de Dios justificar al pecador por guardar la ley. El que justifica es Cristo, por medio de la fe. Pero la ley es el ayo que nos lleva de la mano a Cristo mostrando nuestro pecado y nuestra total impotencia para poder vivir a la altura de las demandas de la ley en nuestras propias fuerzas.
Pero ¿qué ocurre cuando el pecador viene a Cristo en arrepentimiento y fe? ¿Acaso deja de ser relevante la ley para su vida a partir de ese momento? De ninguna manera. La ley moral de Dios no sirve únicamente para mostrar nuestra condición pecaminosa, sino también para mostrarnos la naturaleza de la voluntad de Dios y cuál es la norma de vida que Dios quiere que nosotros sigamos.
Si somos salvos debemos vivir en santidad, y vivir en santidad no es otra cosa que conformar nuestras vidas al estándar moral resumido en los Diez Mandamientos (comp. Rom. 8:1-4; 13:8-10). Si los Diez Mandamientos no estuviesen en vigor para nosotros, ¿qué sentido tendría que se nos dijera que el amor es el móvil que ha de llevarnos al cumplimiento de esa ley?
“Si amas a tu hermano en una forma correcta, necesariamente vas a cumplir en su favor los Diez Mandamientos”. El antinomiano dirá: “Y eso ¿qué importancia tiene? Yo no estoy interesado en ese documento antiguo; para mí los Diez Mandamientos caducaron en la cruz del calvario. Si cumplo o no cumplo los Diez Mandamientos es algo que no me quita el sueño”.
Esa, obviamente, no era la forma de pensar del apóstol Pablo. Para Pablo era importante la obediencia al decálogo, y coloca el amor aquí en una relación íntima con esa obediencia. En ningún lugar de la Biblia se nos presenta el amor como una alternativa o un sustituto para la obediencia. El amor es más bien el combustible que nos mueve a obedecer.
Comp. Mt. 22:35-40 (el mero hecho de que el amor sea un mandamiento debe ser suficiente para acallar a todos aquellos que ven un antagonismo entre el amor a Dios y la ley de Dios); Jn. 14:21, 23-24 (el mensaje de Cristo no es: “Si me amas, haz lo que te plazca”; Su mensaje es más bien: “Si me amas, guarda mis mandamientos”; 15:10, 12, 14; 1Jn. 5:3.
La Biblia no presenta el amor como una fuerza autónoma que tiene en sí misma la capacidad de definir cuál es estándar de conducta que debemos seguir. La Biblia más bien enseña que el amor es definido por la ley moral resumida en las dos tablas del decálogo.
¿Qué significa en un sentido práctico amar a Dios? Significa tenerlo a Él como nuestro único Dios, adorarle como Él lo ha prescrito en Su Palabra, reverenciar Su nombre y apartar un día de cada siete para adorarle y servirle en una forma especial. Eso es lo que nos enseña la primera tabla de la ley.
Y ¿qué del amor al prójimo? ¿Cómo puedo yo amar al prójimo como a mí mismo en una forma práctica? Allí tenemos la segunda tabla de la ley. “El amor no hace mal al prójimo”, dice Pablo en Rom. 13:10.
Y ¿qué es hacerle mal al prójimo? Violar en su perjuicio cualquiera de los mandamientos del decálogo que tiene que ver con nuestras relaciones unos con otros. El amor no es un mero sentimiento. El amor es una conducta y una actitud definida claramente por la ley moral de Dios. Amar a Dios y al prójimo es igual a: esforzarse en el poder del Espíritu Santo a vivir a la altura de los Diez Mandamientos. El amor es el motivo de la ley, la ley es la definición del amor.
© Por Sugel Michelén. Todo pensamiento cautivo. Usted puede reproducir y distribuir este material, siempre que sea sin fines de lucro, sin alterar su contenido y reconociendo su autor y procedencia.
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sábado, 21 de noviembre de 2009
Vientos de Guerra

Desde hace ya cierto tiempo, las relaciones diplomáticas entre Colombia y Venezuela han venido tambaleándose, colocando ambos países al borde de un conflicto armado.
La situación ha subido de temperatura luego de que militares venezolanos destruyeran dos puentes peatonales fronterizos sobre el río Táchira, por considerarlos ilegales y porque podrían convertirse en punto de acceso de grupos armados colombianos para penetrar en territorio venezolano.
Si sumamos a esto el reciente incidente entre Chile y Perú (cuando un oficial de la Fuerza Aérea peruana admitió haber revelado a Chile secretos de seguridad nacional) y la situación en Honduras, vemos que el panorama en nuestra América Latina se ha vuelto altamente inflamable.
La pregunta que debemos hacernos ahora es, ¿por qué? ¿Por qué surgen las guerras entre los seres humanos? ¿Qué lleva al hombre a convertirse en el lobo del hombre? La respuesta a estas preguntas pueden resultar muy complejas, pero todas las guerras tienen, en el fondo, una causa común:
“¿De dónde vienen las guerras y los pleitos entre vosotros? – pregunta Santiago en su carta – ¿No es de vuestras pasiones, las cuales combaten en vuestros miembros?” (4:1).
La palabra griega que se traduce como “pasiones” es hedonon de donde proviene nuestra palabra “hedonismo”. El Diccionario de la Real Academia define “hedonismo” como: “Doctrina que proclama el placer como fin supremo de la vida”. El hedonista procura satisfacer sus deseos, pasiones y ambiciones a costa de lo que sea.
El problema es que tarde o temprano el hedonista chocará de frente con los deseos, pasiones y ambiciones de otra persona, y cuando eso ocurra surgirá el conflicto. Esa es la razón, según la Biblia, de por qué existen las guerras, las pequeñas y las grandes, las que enfrentan a dos amigos, a dos esposos, a dos bandos en una misma nación como ocurrió en nuestro país en el año 1965, o las guerras que enfrentan a dos países.
Podemos buscar otras explicaciones sociológicas, políticas, económicas, e incluso religiosas y culturales; y es probable que algunos de esos factores incidan de una forma importante en el conflicto. Pero si seguimos escarbando hasta llegar a la raíz, nos toparemos con el pecado, con el egoísmo del hombre, con su ambición desmedida, su obstinación y su crueldad entre otras cosas.
Las guerras nos recuerdan que el hombre no es ese ser maravilloso que algunos describen, lleno de bondad y de nobleza, sino más bien un ser de contraste, creado a la imagen de Dios, pero al mismo tiempo dañado por causa del pecado; capaz de las acciones más heroicas y elevadas, y al mismo tiempo de los crímenes más bajos y atroces.
El hombre tiene valía por la imagen divina que porta, pero necesita ser redimido debido a su condición caída. Y esa redención sólo se obtiene en Cristo, el Dios encarnado, confiando únicamente en la obra que Él llevó a cabo en la cruz del calvario para pagar nuestra deuda con la justicia divina. Sólo en Él puede el hombre reconciliarse con Dios, y cultivar el carácter necesario para obtener la paz verdadera con otros hombres. “Porque Él es nuestra paz, que de ambos pueblos hizo uno, derribando la pared intermedia de separación” (Ef. 2:14).
© Por Sugel Michelén. Todo pensamiento cautivo. Usted puede reproducir y distribuir este material, siempre que sea sin fines de lucro, sin alterar su contenido y reconociendo su autor y procedencia.
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viernes, 20 de noviembre de 2009
Algunos conceptos erróneos sobre cómo ministrar a los jóvenes

La perspectiva que la sociedad occidental tiene actualmente de los jóvenes, y especialmente de los adolescentes, ha tenido un impacto profundo en la forma cómo muchas iglesias pretenden alcanzar a los jóvenes y ministrarles. He aquí algunos de estos conceptos erróneos.
“Mientras más fragmentado o ‘departamentalizado’ mejor”
En vez de ver la iglesia como un cuerpo, compuesto por personas que provienen de diferentes trasfondos y que se encuentran en distintas etapas de la vida, ahora se intenta dividirla en departamentos para poder suplir las necesidades e intereses de cada uno.
Y aclaro que no tengo ningún problema en que la iglesia trate de llenar las necesidades específicas de ciertos grupos, como suele hacerse en la Escuela Dominical, por ejemplo. Pero el énfasis de la iglesia debe estar en la integración de todos los que componen esa comunidad, no en la segregación.
Dios diseñó la iglesia para que funcione como una familia, y las familias no funcionan segregadas en grupos de interés. Nuestros jóvenes necesitan aprender las Escrituras, e interactuar con los más maduros, porque sólo de ese modo podrán beneficiarse de la experiencia que dan los años y ser de ayuda a su vez a los que vienen detrás.
Como bien ha dicho alguien: “Los jóvenes pertenecen a la familia más extensa que es la iglesia. Como tales, ellos forman parte de una compleja red de relaciones a la cual ellos contribuyen y de la cual son beneficiados. Por supuesto, es natural que los jóvenes tiendan a pasar tiempo con otros jóvenes, pero la iglesia no es una agencia ‘natural’. La iglesia es un fenómeno que solo puede ser explicado por la gracia operativa del Espíritu Santo obrando a través del evangelio de Cristo. Parte del discipulado de personas jóvenes es alentarlos y equiparlos para ser participantes dispuestos en una congregación diversa”.
Y más adelante añade: “Los jóvenes importan, no porque ellos son ‘la iglesia del mañana’, sino porque ellos son parte integral de la iglesia hoy”.
Y lo mismo podemos decir de otros grupos de interés dentro de la iglesia. Los solteros no pueden formar una iglesia dentro de la iglesia, ni los casados tampoco. Nosotros todos somos la iglesia, y todos nos necesitamos unos a otros.
“Para ministrar eficazmente a los jóvenes debemos entretenerlos”
Esta es una idea que ha calado profundamente en muchas iglesias en las últimas décadas. Por cuanto se asume que la juventud lo que quiere es diversión y no responsabilidad, también se asume que debemos hacer todo lo posible por mantenerlos entretenidos.
Y no es que yo piense que haya algo de malo en que un joven se comporte como un joven (comp. Ecl. 11:9-10). Pero lo que Dios usará para salvar a nuestros jóvenes es lo mismo que Él ha prometido usar para salvar a los adultos: el poder del evangelio (comp. Rom. 1:16; 1Cor. 1:17-24).
Y de igual manera, lo que mantendrá a los jóvenes perseverando en la iglesia y poniendo sus dones en operación no son las actividades entretenidas, sino la pasión por nuestro Señor Jesucristo y el evangelio (2Cor. 5:14-15).
“No debemos tener altas expectativas con respecto a la vida espiritual de los jóvenes”
Esa es otra de esas cosas que no se expresan abiertamente, pero que me temo está presente en el trasfondo de muchas de las actividades y programas que se preparan para los jóvenes: “Siempre que se mantengan viniendo a la iglesia, participando del programa de jóvenes, y alejados de los vicios, es suficiente”.
Pero cuando entendemos que desde la adolescencia los jóvenes deben ser tratados como adultos jóvenes, veremos que nuestras expectativas deben ser más altas. Escuchen lo que dicen dos adolescentes al respecto:
“¿Por qué los hombres y las mujeres jóvenes del pasado eran capaces de hacer cosas… a la edad de 15 ó 16 que muchos de 25 a 30 años no son capaces de hacer?”
“La respuesta es que la gente hoy mira a los teenagers a través del lente moderno de la adolescencia – una categoría social de edad y comportamiento que habría sido completamente extraña… no hace mucho tiempo”.
Y no es que estos jóvenes tengan algún problema con el término “adolescente” o “teenager” en sí mismo. Ni aún con el hecho de acepar que los adolescentes se encuentran en una etapa de crecimiento y maduración.
“El problema que tenemos – dicen ellos – es con el entendimiento moderno de la adolescencia que permite, alienta, y aún entrena a la gente joven a permanecer aniñados por más tiempo del necesario”. Y no olviden que eso lo dicen dos adolescentes.
Y cuando vamos a las Escrituras, el mensaje de estos dos muchachos parecen coincidir más con la mente de Dios que el de muchos expertos de la conducta humana en el día de hoy (el libro de Proverbios está escrito para jóvenes que aún están en casa con sus padres, pero a los que se les trata como adultos jóvenes; comp. también Tito 2:6-8).
“Para alcanzar a los jóvenes debemos ofrecerles actividades y programas entretenidos”
La iglesia de hoy parece ser adicta a las actividades y programas, como si allí se encontrara la solución para todos sus problemas.
Y no es que estemos en contra de las actividades, ni mucho menos en contra de los programas, pero erramos al pensar que allí está la solución, y erramos todavía más cuando sobrecargamos la iglesia con un montón de programas y actividades en los que usualmente están involucrados las mismas personas.
Si algo debemos mantener claro en nuestras mentes es que ninguna iglesia puede ser fortalecida a menos que esté centrada en Cristo y en Su Palabra, no en programas y actividades (comp. Col. 2:1-10).
“Para alcanzar a los jóvenes debemos tratar primariamente aquellos temas que inquietan a los jóvenes en general”
Y una vez más debo decir que ciertamente nosotros debemos suplir las necesidades de aquellos a quienes ministramos. Pero no olvidemos que no siempre las personas colocan sus necesidades en el orden correcto de importancia. Más aún, la mayoría de las veces las personas colocan en la categoría de necesidad lo que desean o les resulta atractivo, no lo que realmente necesitan. Escuchen lo que Pablo dice al joven pastor Timoteo:
“Te encarezco delante de Dios y del Señor Jesucristo, que juzgará a los vivos y a los muertos en su manifestación y en su reino, que prediques la palabra; que instes a tiempo y fuera de tiempo; redarguye, reprende, exhorta con toda paciencia y doctrina. Porque vendrá tiempo cuando no sufrirán la sana doctrina, sino que teniendo comezón de oír, se amontonarán maestros conforme a sus propias concupiscencias, y apartarán de la verdad el oído y se volverán a las fábulas” (2Tim. 4:1-4).
Muchos de nuestros jóvenes no pondrían la sana doctrina en una lista de necesidades primarias, pero Dios nos ha revelado en Su Palabra que esa es una parte esencial de nuestra madurez y nuestro crecimiento en gracia (Ef. 4:11ss).
En una entrada posterior veremos algunos consejos prácticos para alcanzar a la próxima generación.
© Por Sugel Michelén. Todo pensamiento cautivo. Usted puede reproducir y distribuir este material, siempre que sea sin fines de lucro, sin alterar su contenido y reconociendo su autor y procedencia.
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