Misión del Blog

Proclamar el señorío de Jesucristo sobre todos los aspectos de la cultura

sábado, 16 de enero de 2010

Operativo de ayuda para Haití y reporte de la situación actual

Esta mañana estuvimos reunidos algunos de los pastores y diáconos de la Iglesia Bíblica de la Trinidad, Iglesia Fundamento Bíblico, Iglesia Bautista del Nuevo Pacto y la Iglesia Bíblica del Señor Jesucristo, además del director de Esperanza Internacional en República Dominicana, Carlos Pimentel, para coordinar un esfuerzo conjunto de nuestras iglesias locales de ayuda a Haití.

Esta ayuda tendrá una etapa inmediata y una a largo plazo. En la etapa inmediata estaremos enviando unos kits de ayuda, conteniendo lo que necesita una familia por 15 días (a un costo aproximado de 28 dólares). También estaremos enviando personas que deseen involucrarse en la distribución y en la ayuda médica. De manera que, por lo pronto, todos los que quieran cooperar con este operativo pueden hacerlo enviando donaciones para la compra de estos kits de ayuda.

Este lunes Esperanza parte hacia Haití con mil kits que serán distribuidos a través de iglesias locales ya contactadas, que a su vez alcanzarán personas de su comunidad. El jueves sale un grupo de nuestras iglesias con más ayuda, las cuales esperamos continúen fluyendo mientras sea necesario.

En la etapa a más largo alcance tenemos que pensar en un programa de reconstrucción de casas y edificios para las iglesias, así como continuar la labor de enseñanza que ya vienen realizando por años la Iglesia Bíblica de la Trinidad y la Iglesia Fundamento Bíblico con la cooperación de Iglesia Bíblica del Señor Jesucristo.

Este es el reporte del viaje que hicieron este jueves el pastor Ángel Castillo, de Iglesia Fundamento Bíblico, y el hermano Jean Pierre Kawas de nuestra iglesia:

El jueves en la mañana pudimos entrar a la destruida ciudad de Puerto Príncipe y encontramos una ciudad llena de muertos en las calles y de sobrevivientes en los refugios, con una ayuda internacional que fluye a cuenta gotas por la falta de organización y el estado actual de cosas en la nación.

En ese sentido, República Dominicana ha jugado un papel vital que se percibe claramente en las calles de Haití. Las ayudas seguramente aumentarán en los próximos días, pero hasta ahora lo que hay es muerte, desolación y temor, porque la tierra no ha dejado de temblar.

Nadie ha escapado de esta tragedia; por ejemplo, con un grupo de pastores que tenemos comunión, recibimos la notica que 70 de ellos estaban muertos o desaparecidos, y pudimos comprobar esta noticia visitando algunas de sus iglesias las cuales estaban totalmente destruidas y llenas de hermanos fallecidos aun debajo de los escombros.

Anoche volvió a temblar y el pánico se apoderó de todos nosotros mientras el llanto de la ciudad se oía por todas partes. Lo que vemos en muchos noticieros no es en realidad ni un 20 por ciento de la verdadera situación de Haití. Allí no hay gobierno organizado, no ha instituciones, no hay hospitales; solo reina un gran desorden. Y muchos de los hermanos que han quedado con vida se están refugiando en las iglesias en otras ciudades.

Nosotros no podemos dar todos los detalles de esta tragedia en este momento, pero la próxima semana estaremos saliendo de nuevo hacia Haití a llevar lo que podamos conseguir para aliviar en algo esta situación. También estaremos trabajando con los hermanos que se han refugiados en otras ciudades.

Hermanos, oren por nosotros, porque estamos tratando de conseguir en este momento, alimentos enlatados, agua, antibióticos, lonas para hacer refugios, camas, leche para niños y adultos, gazas, y cualquier cosa que sirva para esta tragedia.

En el amor de Cristo, su siervo y servidor,

Miguel Ángel Castillo
Pastor iglesia Fundamento Bíblico

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Sermón sobre lo ocurrido en Haití mañana domingo


Cuando ocurren tragedias como la de Haití este martes pasado, se levantan muchas interrogantes, tanto en creyentes como en incrédulos, sobre la Persona de Dios y Sus propósitos. Algunos cuestionan, incluso, cómo es posible que los cristianos creamos en la existencia de un Dios bueno y todopoderoso a la luz de catástrofes como éstas. En el sermón de este domingo en la mañana enfocaremos el terremoto de Haití a la luz de lo que Dios revela sobre Sí mismo y sobre Sus planes en Su Palabra inspirada.

A los creyentes que leen este blog les pido que oren mientras me preparo para predicar este tema en un momento de tanta sensibilidad; que el Señor use este mensaje para traer consuelo y claridad de pensamiento a muchos corazones atribulados y confundidos. Y que el Espíritu Santo obre con poder de tal manera que muchos puedan venir a refugiarse bajo las alas del único Dios vivo y verdadero.

© Por Sugel Michelén. Todo pensamiento cautivo. Usted puede reproducir y distribuir este material, siempre que sea sin fines de lucro, sin alterar su contenido y reconociendo su autor y procedencia.
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viernes, 15 de enero de 2010

¿Por qué necesitamos una Confesión de Fe?

Durante varios días he venido posteando algunas entradas acerca de la historia de los bautistas, concluyendo en el artículo de ayer con una reseña breve de la Confesión de Fe Bautista de Londres de 1689, la Confesión de muchas iglesias bautistas alrededor del mundo.

Como sé que para muchos esta Confesión es desconocida, y que muchos creyentes cuestionan la necesidad de que una iglesia posea una Confesión de Fe, me he propuesto postear en los próximos días algunas entradas sobre este documento histórico que ha jugado un papel tan importante en las iglesias bautistas por más de 300 años, comenzando precisamente con la importancia de tener una Confesión.

¿Acaso no es suficiente decir “Yo creo en la Biblia”? ¿Por qué necesitamos una confesión de fe?

Es necesaria para promover la unidad de la iglesia.

Como bien señala Douglas MacMillan: “La unidad no comienza a nivel de estructura y de organización. Esta comienza más bien, con un compromiso de corazón a la verdad revelada por Cristo”.

¿Cuándo podemos decir que una iglesia está unificada? Cuando todos los miembros que la componen tienen un compromiso de corazón a la verdad revelada por Cristo. ¿Por qué? Porque es la verdad la que nos une. “¿Andarán dos juntos si no están de acuerdo?”, pregunta el profeta Amós (3:3); la respuesta obvia es: ¡Por supuesto que no!

No podemos tener unidad con personas que niegan la inspiración de la Escritura, o la divinidad de Cristo, o la salvación por la fe. La verdad es esencial para que haya unidad. Por tanto, es necesario para promover la unidad que podamos declarar en una forma precisa y ordenada, qué nosotros creemos que la Biblia enseña acerca de los temas más importantes. Decir “yo creo en la Biblia” no es suficiente.

Un escritor afirmó en una ocasión lo siguiente: “Para arribar a la verdad debemos deshacernos de los prejuicios religiosos. Debemos dejar que sea Dios quien hable. Nuestra apelación es a la Biblia para obtener la verdad”.

Esa frase suena bien, y no tiene nada de malo en sí misma; sin embargo, esta declaración aparece en el libro “Sea Dios Veraz” de los Testigos de Jehová. Cuando preguntamos a un miembro de esta secta herética: ¿Qué tú crees acerca de Jesucristo, o del infierno, o de la salvación? Entonces veremos que él no cree lo que nosotros creemos.

Cuando en el siglo IV surgió la enseñanza de Arrio negando la divinidad de nuestro Señor Jesucristo, fue necesario que la iglesia redactara un documento sobre su posición al respecto. Y así surgió el famoso credo Niceno. En ese sentido las herejías que surgieron al principio de la historia de la iglesia obraron para bien, porque obligaron a la iglesia a definir lo que ellos creían.

Permítanme ilustrarlo con esta historia que escuché hace unos años. Supongamos que un individuo ha comprado una casa en un sitio muy seguro, tan seguro que él ha decidido no ponerle verjas alrededor de su terreno. Pero un día alguien compra el terreno colindante, y ahora dice que hay un metro de su terreno que en realidad no le pertenece. ¿Qué debe hacer el individuo de nuestra historia? Ir a Catastro, buscar su título de propiedad y establecer claramente los límites de su terreno.

Algo similar ocurrió con la iglesia primitiva. Ellos creían en la inspiración de las Escrituras, y que Cristo era Dios hecho hombre. Pero no se molestaron en definir con precisión estas doctrinas hasta que se sintieron amenazados por las herejías.

Una iglesia puede tener una estructura externa unificada, pero si los miembros que están en ella mantienen opiniones distintas respecto a los asuntos esenciales de la fe cristiana, tal iglesia en realidad está dividida.

Es necesaria para la proclamación y defensa de la Verdad.

La Escritura nos dice que la iglesia tiene la responsabilidad de proclamar y defender la verdad (1Tim. 3:14-15). Y para ello es necesario que defina con precisión lo que cree acerca de las doctrinas más importantes. Por eso Pablo encomendó a Timoteo: “retén la forma (la palabra griega significa 'boceto', 'prototipo'; Calvino dice que significa adherirse a la doctrina aprendida, no solo en sustancia, sino también en forma) de las sanas palabras que de mí oíste...” (2Tim. 1:13; comp. Judas 3; Fil. 1:27).

La confesión de fe es una declaración pública acerca de nuestra fe. De ese modo los demás pueden saber dónde estamos, y nosotros podemos saber dónde están ellos.

Es necesaria para el mantenimiento del orden en la iglesia.

¿Cómo podremos mantener el orden dentro de la iglesia si no podemos definir lo que creemos? Una persona puede venir a nosotros, y afirmar que desea ser miembro de nuestra iglesia. Pero, ¿cómo podemos juzgar si la fe de esa persona es de acuerdo a la nuestra si no poseemos ninguna declaración escrita de nuestras doctrinas?

O ¿cómo podría esa persona juzgar si nuestra iglesia es doctrinalmente apropiada para ella si no podemos declarar en una forma precisa y ordenada qué es lo que nosotros creemos?

Hablar acerca del amor y la unidad suena políticamente correcto, pero ¿cómo podríamos trabajar juntamente con personas que niegan la soberanía de Dios en la salvación? ¿O con pelagianos, que niegan la total depravación del hombre? ¿O con unitarios, que niegan la trinidad? ¿Cómo puede una iglesia caminar hacia una misma meta, o tener una misma mente y un mismo corazón cuando los miembros están divididos en cuanto a aspectos tan esenciales de la fe? (comp. 1Cor. 1:10).

Como alguien dijo una vez: “Una iglesia que carezca de una confesión de fe tiene algo así como un SIDA teológico”. Una iglesia que no posea una confesión de fe doctrinal tiene un síndrome de inmunodeficiencia teológica. No podrá luchar contra todos los errores que nos circundan.

Escuchen las palabras de Pablo en Rom. 16:17: “Mas os ruego, hermanos, que os fijéis en los que causan divisiones y tropiezos en contra de la doctrina que vosotros habéis aprendido, y que os apartéis de ellos”. Pero ¿cómo podremos nosotros cumplir ese mandato si no tenemos una idea clara y precisa de lo que creemos?

Es necesaria para evaluar a los ministros de la Palabra.

La Escritura nos dice que los ministros de la Palabra deben ser fieles a la enseñanza apostólica (comp. 2Tim. 2:2; 3:10; Tito 1:9). También se nos manda evaluar la sanidad de los maestros que vienen a nosotros (1Jn. 4). Es una irresponsabilidad que un pastor permita que un hombre enseñe a su congregación si no está seguro de lo que ese hombre va a predicar a la iglesia.

Pero si nosotros no sabemos lo que creemos, ¿cómo podremos evaluar al que nos va a traer la Palabra? ¿Cómo podemos estar seguros que ese hombre no va a decir algo en el púlpito que afecte la vida y el alma de nuestros hermanos?

El Señor alabó a la iglesia de Éfeso por el cuidado que tenían en ese sentido (Ap. 2:2). Esta iglesia no dejaba que cualquier persona enseñara. Y nuestro Señor vio ese cuidado con buenos ojos.

Es necesaria para darnos un sentido de continuidad histórica.

¿Cómo podremos saber si nosotros no somos una especie de anomalía histórica? Nuestra confesión de fe fue escrita hace más de 300 años, y ésta a su vez es el testimonio general que la iglesia de Cristo ha mantenido durante todos los siglos que nos han precedido como una sana expresión de la fe.

La Iglesia de Cristo tiene 20 siglos de historia y nosotros no podemos desligarnos de ese pasado. Hay dos características primordiales que distinguen a una secta: hacen hincapié en algunos puntos distintivos por encima de todo el consejo de Dios; y en segundo lugar, claman ser los descubridores de una verdad que la Iglesia nunca había visto en el pasado.

Por eso las sectas son alérgicas al estudio de la historia de la Iglesia y a las Confesiones de Fe históricas. Debemos sospechar de todo ministerio que clame haber descubierto algo que nadie vio en 20 siglos de cristianismo.

No es que una doctrina tiene que ser verdadera por ser antigua. No. Una doctrina es verdadera sólo si es la enseñanza de la infalible Palabra de Dios. Pero debemos tomar en consideración que el Espíritu Santo no comenzó a guiar a los cristianos en el siglo XX. Tenemos un largo pasado que debemos conocer.

Eso de ningún modo elimina la necesidad de nuestro propio quehacer teológico, porque es indudable que la Iglesia de cada generación tiene que enfrentar sus propias luchas y retos. Pero al hacerlo, debemos cuidarnos de no echar por la borda la labor de 20 siglos de historia.

Estas son todas las entradas sobre la Historia de los Bautistas en el orden en que fueron posteadas:

1. El problema del 0rigen.
2. Los precursores suizos y moravos.
3. El ala revolucionaria y fanatizada.
4. Menno Simons y los menonitas.
5. Las iglesias de Inglaterra y el origen de los actuales bautistas.
6. Enrique VIII y el anglicanismo.
7. Los puritanos, la Confesión de Westminster y la Confesión Bautista de 1689.

© Por Sugel Michelén. Todo pensamiento cautivo. Usted puede reproducir y distribuir este material, siempre que sea sin fines de lucro, sin alterar su contenido y reconociendo su autor y procedencia.
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8. Historia de los Bautistas: Bibliografía

Para aquellos que estén interesados en ampliar sus conocimientos sobre la historia de los bautistas, y sobre las Confesiones de Fe que los bautistas han producido a través de la historia, recomiendo la siguiente bibliografía.

Sobre la Historia de los Bautistas:

1. Revolucionarios del Siglo XVI; W. R. Step.
2. Historia de los Bautistas (3Tomos); Justo Anderson.
3. An Introduction to the Baptists; Erroll Hulse.
4. Our Baptist Heritage; Paul Clarke, Don Garlington, Erroll Hulse, David Kingdon, Bill Payne.
5. History of the English Calvinistic Baptist; Robert Oliver.
6. Baptist Roots in America; Samuel Waldron.
7. Rediscovering our English Baptist Heritage: Kiffin, Knollys and Keach; Michael A. G. Haykin.

Sobre las Confesiones de Fe Bautistas:

1. Exposición de la Confesión Bautista de Fe de 1689; Samuel Waldron.
2. A Discussion of the Seventeenth Century Particular Baptist Confessions of Faith; Richard P. Belcher, Anthony Mattia.
3. Baptist Confessions of Faith; William L. Lumpkin


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jueves, 14 de enero de 2010

7. Historia de los Bautistas: Los puritanos, la Confesión de Westminster y la Confesión Bautista de 1689

Continuamos con la serie que hemos posteando sobre la historia de los bautistas, que, como hemos dicho en entradas anteriores, se solapa con la historia del puritanismo en Inglaterra. En la entrada anterior hablamos del reinado de Enrique VIII y el nacimiento del anglicanismo. Hoy veremos lo que Dios hizo en Inglaterra luego de la muerte del monarca.

Eduardo VI

Al morir Enrique VIII, en el 1547, le sucedió en el trono su hijo Eduardo VI, un joven adolescente, en cuyo corto reinado de apenas 4 años se llevaron a cabo reformas un poco más profundas. Durante su reinado se publicó el libro de oración común, el cual introdujo algunos cambios importantes en la liturgia de la iglesia anglicana.

María Tudor (la sanguinaria)

Pero Eduardo VI murió en 1553, teniendo apenas 16 años de edad, y le sucedió en el trono su media hermana María, hija de Catalina. Esta vuelve a implantar el catolicismo en Inglaterra y desata tal persecución contra los protestantes que ha sido conocida en la historia como María la Sanguinaria.

En ese tiempo muchos protestantes huyeron al Continente donde entraron en contacto con teólogos calvinistas y adquirieron un entendimiento más claro de las enseñanzas bíblicas. Pero María no tuvo hijos, de modo que al morir a fines de 1558 le sucedió su media hermana Isabel, la hija de Ana Bolena.

Isabel I y el puritanismo

Esta vuelve a implantar el anglicanismo en Inglaterra, muy probablemente por conveniencia, ya que según el catolicismo ella no era más que una hija bastarda. En ese momento muchos de los protestantes que huyeron al Continente regresaron a Inglaterra con la esperanza de que la reina siguiera profundizando en el proceso de reforma bíblica. Pero se encontraron con una terrible decepción. La reina Isabel quería seguir manteniendo en los cultos de la Iglesia anglicana un conjunto de prácticas que no tenían apoyo alguno en la Palabra de Dios.

Estos protestantes, en cambio, abogaban por una reforma cabal, donde la Palabra de Dios fuese la única regla que regulara la doctrina, la vida práctica y la adoración de los creyentes. Por tal razón a estos protestantes se les llamó “puritanos” durante el reinado de Isabel I. Aunque ridiculizados y caricaturizados a lo largo de la historia, el puritanismo fue uno de los períodos más gloriosos de la historia de la Iglesia.

R. C. Sproul dice lo siguiente al respecto: “Si hubo alguna vez un grupo de cristianos que fueran ejemplo de la vida cristiana, estos fueron los puritanos, quienes fueron vigorosos en la búsqueda de la santidad personal”.

Estos hombres se oponían firmemente a que la tradición o el poder del estado impusieran sobre sus conciencias prácticas que Cristo, la verdadera Cabeza de la Iglesia, no les hubiese impuesto. Esa lucha entre los puritanos e Isabel se mantuvo todo el tiempo de su reinado.

Jaime I

Isabel murió en 1603 sin haber tenido hijos y habiendo expresado su deseo de ser sucedida en el trono por Jaime I, hijo de María Estuardo y quien ya era rey en Escocia. María Estuardo era prima de Isabel, biznieta de Enrique VII y, por lo tanto, su hijo Jaime era un heredero legítimo al trono de Inglaterra.

Ahora por primera vez ambos reinos, Inglaterra y Escocia, estaban unidos bajo un mismo monarca. Fue durante el reinado del rey Jaime que se publicó la versión inglesa de las Escrituras conocida como King James. Pero este hombre tampoco tenía ningún interés reformador; aparte de que tenía temor de oponerse a los obispos anglicanos, por lo que asumió una política más adversa aún al puritanismo.

Esto provocó un nuevo éxodo de protestantes, incluyendo el grupo de peregrinos que salieron hacia América en el Mayflower en el 1620. Estos peregrinos son considerados como los padres fundadores de los EUA.

Carlos I

Al morir el rey Jaime le sucedió en el trono Carlos I quien fue todavía más adverso al puritanismo. Este rey abolió el parlamento, que estaba lleno de puritanos y gobernó durante 11 años como un dictador, por lo que se hizo muy impopular en Inglaterra.

En apenas 12 años unos 4,000 puritanos habían salido para América, buscando un lugar donde pudiesen adorar a Dios con una limpia conciencia. Las imposiciones del estado sobre la religión se fueron haciendo cada vez más fuertes, lo que trajo como consecuencia una guerra civil en 1642, con el Parlamento de un lado, que había sido restablecido unos años antes, y con el rey Carlos del otro. Finalmente, en 1649, el rey Carlos I fue depuesto y decapitado, y se inicia el protectorado de Oliverio Cromwell.

El protectorado de Oliverio Cromwell

Fue durante ese período de guerra civil que el Parlamento convocó a más de un centenar de teólogos ingleses, escoceses y galeses, quienes se reunieron durante cuatro años, desde el 1644 al 1648, en la Abadía de Westminster. Esta asamblea produjo la Confesión de Fe de Westminster, y dos catecismos: Uno Mayor para la instrucción de los adultos, y uno Menor para la instrucción de los niños.

Acerca de este grupo de teólogos que se reunió en aquella Abadía, dijo Richard Baxter lo siguiente: “Desde los días de los apóstoles no ha habido un Sínodo de teólogos más excelente que el que se reunió en ese lugar”.

La influencia que esa Confesión de Fe y esos Catecismos han ejercido en las iglesias reformadas en todo el mundo ha sido tan profunda que sería muy difícil evaluarla con precisión. Esta Confesión de Fe sostiene un punto de vista presbiteriano en cuanto al gobierno de la Iglesia.

Carlos II y la restauración de la monarquía

Antes de su muerte, en 1658, Cromwell indicó que su sucesor debía ser su hijo Ricardo, pero éste no tenía las capacidades de su padre, por lo que no pudo retener el poder. El país estuvo al borde de otra guerra, por lo que Ricardo renunció a su posición y se retiró a la vida privada. Esto no dejaba más opción que regresar a la monarquía, de modo que en 1660 sube al trono de Inglaterra Carlos II, el hijo de Carlos I. Aunque Carlos II garantizó la libertad de conciencia, muy pronto comenzó a dictar una serie de medidas en contra de los puritanos.

La primera fue el “Acta de Uniformidad” en 1662, que requería que todos los ministros del evangelio unificaran los cultos de las iglesias en torno al Libro de Oración Común. Unos 2,000 pastores se negaron a hacerlo, porque no podían subscribirse a ese documento con una limpia conciencia, por lo que fueron expulsados de sus iglesias.

Históricamente hablando, con el Acta de Uniformidad concluyó la historia del puritanismo como tal. A partir de ese momento los ministros puritanos fueron conocidos como “no conformistas” o “disidentes”.

Luego vino el “Acta de Conventículo”, en 1664, que prohibía la reunión de cualquier iglesia que no adoptara el Libro de Oración Común. Y un año después el “Acta de la Cinco Millas”, que prohibía que cualquier pastor disidente se acercara a su antigua parroquia en un radio de cinco millas.

Esto provocó que muchos pastores disidentes pusieran por escrito sus sermones y sus opiniones doctrinales, lo que hizo posible que hoy pudiéramos tener esa rica herencia puritana a nuestra disposición.

Uno de los presos más famosos de ese período fue Juan Bunyan, el cual fue encarcelado en 1660 por rehusarse a dejar de predicar, pero en cuyo encierro escribió una de las obras maestras de la literatura inglesa de ese período: “El Progreso del Peregrino”. En ese período de persecución los tres grupos mayoritarios de creyentes en Inglaterra, los presbiterianos, los bautistas y los independientes, se acercaron cada vez más.

Jaime II

Carlos II murió en 1685 y fue sucedido en el trono por su hermano Jaime II, el cual profesaba la religión católica. Por esa razón, una de las primeras cosas que hizo al retornar al poder fue proclamar un “Acta de Indulgencia” que permitía que las iglesias disidentes del anglicanismo se reunieran libremente. Eso favoreció a los católicos, así como también a los protestantes.

Guillermo de Orange

Pero en 1689 Jaime II fue depuesto, sucediéndole en su lugar Guillermo de Orange, casado con una hija de Jaime II y la cual era protestante. De inmediato se dictó un “Acta de Tolerancia”, concediéndole más libertades aún a los disidentes.

Ese mismo año los bautistas publicaron su segunda Confesión de Fe de Londres, que había sido redactada en 1677, pero que no había podido ser publicada por la situación política y religiosa reinante en Inglaterra. En esta segunda Confesión, conocida como la 1689, los bautistas quisieron expresar su acuerdo con los demás grupos reformados de Inglaterra, por lo que siguieron muy de cerca las definiciones doctrinales de la Confesión de Fe de Westminster, así como la Confesión de Saboya de los congregacionalistas.

Aunque diferían de aquellos teólogos en cuanto al gobierno y la membrecía de la Iglesia, en todas las otras cosas creían prácticamente lo mismo, y así lo manifestaron públicamente en su Confesión de Fe. Este documento ha sido, y sigue siendo, la Confesión de Fe de muchas iglesias bautistas desde entonces.

De este documento el gran predicador bautista del siglo pasado, Charles Spurgeon, dijo lo siguiente: “Este documento antiguo es un excelente resumen de aquellas cosas creídas entre nosotros. Aceptamos el mismo no como una regla autoritativa, o como un código de fe, sino como una ayuda en la controversia, una confirmación en la fe y un medio de edificación en la justicia. En él los miembros de esta Iglesia tendrán un pequeño resumen doctrinal, y por medio de las pruebas bíblicas allí contenidas estarán preparados para dar una respuesta de la fe que hay en ellos”.

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¡Oremos y ayudemos!


En el día de hoy un hermano de nuestra iglesia junto a un pastor amigo parten para Haití para hacer una evaluación de la situación y así poder hacer un esfuerzo coordinado de ayuda. Pedimos a los creyentes que leen este blog orar al Señor que los proteja del mal y que nos conceda la sabiduría necesaria para saber cuál es la mejor manera de canalizar nuestros esfuerzos en el contexto de tanta carencia y tantos problemas diversos.

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miércoles, 13 de enero de 2010

6. Historia de los bautistas: Enrique VIII y el anglicanismo


Como vimos en la entrada anterior, la historia de los bautistas en Inglaterra se encuentra íntimamente asociada a la historia del puritanismo. Y la historia del puritanismo no puede relatarse sin hacer referencia a lo ocurrido durante el reinado de Enrique VIII. Eso es lo que quiero compartir en la entrada de hoy, para luego considerar el puritanismo como tal.

En el siglo XVI, Gran Bretaña estaba dividida en dos reinos, el de Inglaterra bajo el régimen de los Tudor, y el de Escocia bajo el régimen de los Estuardo. Aunque había cierto parentesco entre estas dos familias, la relación entre ambas dinastías había sido tensa por mucho tiempo.

Debido a que Escocia estaba aliada con Francia a principios del siglo XVI, el rey de Inglaterra, Enrique VII, decide fortalecer su alianza con España casando a su hijo Arturo con Catalina de Aragón, hija de los reyes católicos, Fernando e Isabel.

Pero cuatro meses después de la boda Arturo murió y los reyes católicos propusieron casar a Catalina con el otro hijo de Enrique, del mismo nombre que su padre, que ahora pasaba a ser el heredero del trono. Esto tenía el inconveniente de que las leyes canónicas prohibían que un hombre se casara con la viuda de su hermano.

Pero el rey de Inglaterra no estaba dispuesto a perder la amistad con los reyes de España, ni la dote de la princesa. Así que pidió una dispensa papal para celebrar el matrimonio, la cual le fue otorgada por el Papa Julio II. Cuando Enrique VII murió, su hijo ascendió al trono de Inglaterra en 1509 con el nombre de Enrique VIII.

Con el paso del tiempo su matrimonio con Catalina comenzó a tener dificultades porque ésta no le daba un hijo varón que le sucediera en el trono. Sólo logró sobrevivir una niña a la que llamaron María.

Cuando Enrique perdió la esperanza de que Catalina le diera un hijo (para esa fecha ya tenía 41 años de edad), decide divorciarse de ella alegando que su matrimonio con la viuda de su hermano no había sido válido a pesar de la dispensa papal, ya que en Levítico 20:21 dice: “Y el que tomare a la mujer de su hermano, comete inmundicia; la desnudez de su hermano descubrió; sin hijos serán.”

Pero al pedir a Roma la anulación de su matrimonio para casarse con el nuevo amor de Enrique, la joven Ana Bolena, el Papa Clemente VII se negó a concedérsela por cuanto Catalina era tía de Carlos V, el monarca más poderoso de Europa en aquellos días, y a quien Catalina le había pedido ayuda.

En este punto de la historia entra en escena un personaje que habría de jugar un papel sumamente importante en la reforma inglesa: Tomás Cranmer. Éste había entrado a formar parte del círculo de personas cercanas a Enrique VIII (entre ellas la familia de Ana Bolena, considerada una de las familias más respetables de la aristocracia inglesa). Cuando se suscitó el problema del divorcio del rey, Cranmer presentó un caso bastante convincente, por lo que Enrique le pidió que se trasladara a Londres.

En 1531 Cranmer fue enviado a la Europa continental con el propósito de encontrar apoyo para el divorcio de Enrique. Y aunque no tuvo éxito en su empresa, dos cosas importantes ocurrieron en este viaje. Por un lado, Cranmer entró en contacto con el luteranismo alemán a través de su amistad con el erudito luterano Andreas Osiander. Por otro lado, y a pesar de que era sacerdote, Cranmer se casó en secreto con una sobrina de Osiander, llamada Margarita (antes de su ordenación, Cranmer había estado casado, pero luego enviudó).

Cuando Cranmer regresó a Inglaterra en Enero de 1533 estaba convencido de que la Iglesia necesitaba una reforma, pero no estaba muy seguro de la forma como esta nueva Iglesia debía operar.

Así estaban las cosas cuando, ese mismo año, Ana sale embarazada, lo que hace más urgente la anulación del matrimonio de Enrique con Catalina para poder casarse públicamente con Ana y asegurar que el niño que habría de nacer fuese un sucesor legítimo del trono inglés.

Para tales fines, el rey depuso al cardenal Tomás Wolsey, acusándolo de traición por cuanto este no había logrado la anulación del matrimonio, y designó en su lugar a Tomás Cranmer como Arzobispo de Canterbury. Luego convocó el gran “Parlamento de la Reforma”, al cual se le dio la tarea de separar a la Iglesia de Inglaterra del Papa y colocarla bajo la autoridad del rey.

El próximo paso fue anular el casamiento de Enrique con Catalina (el 23 de Mayo de 1533) y, dos días más tarde legitimar su matrimonio con Ana Bolena (ya se habían casado en secreto el 25 de Enero). También se proclamó que los hijos que nacieran de esa unión serían los herederos legítimos del trono.

Ahora, como cabeza de la iglesia, Enrique llevó a cabo algunos pequeños cambios en la Iglesia de Inglaterra, pero era obvio que este hombre no estaba interesado en una verdadera reforma, sino más bien en fortalecerse políticamente; aparte de que Enrique tampoco veía al protestantismo con buenos ojos. Así que la iglesia anglicana seguía siendo muy parecida a la católica, solo que sin papa.

El 7 de Septiembre Ana Bolena dio a luz a una niña a la que llamaron Isabel. En Enero de 1536 Catalina muere, y el mismo día de su entierro Ana sufre un aborto. A partir de ese momento, su matrimonio con Enrique comienza a peligrar, hasta que finalmente fue acusada de adulterio, algo que probablemente no ocurrió, y fue ejecutada por decapitación.

El rey se casó entonces con Jane Seymour la cual, finalmente, el 12 de Octubre de 1537, le dio el hijo varón que Enrique había estado esperando por tanto tiempo, y al que llamaron Eduardo. Pero Jane murió luego del parto. Para fortalecer su alianza con Alemania, Enrique se casó entonces con Ana de Cleves, cuñada del príncipe Juan Federico de Sajonia. Pero por varias razones que no vienen al caso, también se divorció de ella para casarse con Catherine Howard. Pero ésta también cayó en desgracia, fue acusada de adulterio y también decapitada.

Libre de nuevo, Enrique se casó con Catherine Parr, su última esposa y la cual le sobrevivió. Al morir Enrique VIII, en el 1547, le sucedió en el trono su hijo Eduardo VI, un joven adolescente, en cuyo corto reinado de apenas 4 años se llevaron a cabo reformas un poco más profundas.

Pero eso lo dejaremos para la próxima entrada. Por ahora solo me resta señalar que, a pesar del comienzo poco prometedor de los cambios que se suscitaron en Inglaterra en el siglo XVI, nuestro Dios, que saca bienes de males, habría de producir una obra sorprendente que no tendría nada que ver con las intrigas palaciegas ni amoríos de Enrique VIII.


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