Misión del Blog

Proclamar el señorío de Jesucristo sobre todos los aspectos de la cultura

martes, 9 de junio de 2009

Hablando de Idolatría en un Mundo Postmoderno 1 de 2


1ª parte de la adaptación al castellano de un artículo de Tim Keller (Talking About Idolatry in a Postmodern Age):

Cuando empecé a leer a lo largo de toda la Biblia busqué algunos temas unificadores. Llegué a la conclusión de que hay muchos y que si tenemos que hacer de un tema “el tema” (como “pacto” o “reino”) corremos el peligro de ser demasiado reduccionistas. Sin embargo, una de las formas de leer la Biblia es ver cómo las generaciones anteriores vivieron la lucha entre la fe y la idolatría. En el principio, los seres humanos fueron creados para adorar y servir a Dios, y para gobernar en el nombre de Dios sobre todas las cosas creadas (Gén. 1:26-28).

Pablo entiende el pecado original de la humanidad como la idolatría: “Cambiaron la gloria del Dios incorruptible…honrando y dando culto a las criaturas antes que al creador” (Rom. 1:21-25). En lugar de vivir para Dios, empezamos a vivir para nosotros mismos, o para nuestro trabajo, o para conseguir bienes materiales.

Hemos invertido el orden original. Y cuando empezamos a adorar y a servir a las cosas creadas, paradójicamente, las cosas creadas empiezan a gobernarnos. En vez de ser los “vice-regentes” de Dios, gobernando la creación, ahora la creación nos gobierna. Ahora estamos sujetos al deterioro, las enfermedades y los desastres, y al final volvemos al polvo – el polvo “gana” (Gn. 3:17-19) Vivimos para hacernos un nombre pero nuestros nombres son olvidados. Aquí en el principio de la Biblia aprendemos que la idolatría significa esclavitud y muerte.

Los 2 primeros mandamientos y las leyes más básicas (una quinta parte de todas las leyes de Dios para la humanidad) son contra la idolatría. El libro de Éxodo no ve una tercera opción entre la fe verdadera y la idolatría. O bien adoraremos al Dios que no ha sido creado, o adoraremos a alguna cosa creada (un ídolo) No existe la posibilidad de no adorar a nada. El texto clásico del Nuevo Testamento es Romanos 1:18-25. Este pasaje tan extenso sobre la idolatría se entiende habitualmente como refiriéndose a los paganos gentiles, pero en vez de eso debemos reconocerlo como un análisis de lo que es el pecado y de cómo actúa. El v. 21 nos dice que la razón por la que nos volvemos a los ídolos es porque queremos controlar nuestras vidas, aunque sabemos que le debemos todo a Dios. “Pues habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias…” El v. 25 nos explica la “estrategia” para conseguir el control –escoger las cosas creadas, poner nuestros corazones en ellas y construir nuestras vidas alrededor de ellas. Como necesitamos adorar a algo, porque estamos hechos así, no podemos eliminar a Dios sin crear un substituto de Dios. Los v. 21 y 25 nos dan 2 de los resultados de la idolatría:

1. Engaño –“se envanecieron en sus razonamientos, y su necio corazón fue entenebrecido…” y
2. Esclavitud – “adoraron y sirvieron” a cosas creadas.

Aquello a lo que adoramos es aquello a lo que serviremos, ya que adoración y servicio siempre van juntos. Somos seres que establecen pactos. Entramos en un “pacto de servicio” con aquello que más captura nuestra imaginación y corazón. Nos atrapa. Así que toda comunidad, personalidad, forma de pensar y cultura humanas, estarán basadas en algún tema primordial o algún pacto primordial – o bien con Dios o bien con algún sustituto. Individualmente, vamos a poner nuestros ojos principalmente o bien en Dios o en el éxito, el romance, la familia, el estatus, la popularidad, la belleza, o alguna otra cosa que nos haga sentir personalmente significativos y a salvo, y que guíe nuestras decisiones. Culturalmente vamos a poner nuestros ojos principalmente o bien en Dios o bien en el libre mercado, el estado, las élites, la voluntad del pueblo, la ciencia, la tecnología, la fuerza militar, la razón humana, el orgullo racial, o alguna otra cosa que nos haga significativos, nos salve de forma corporativa, y guíe nuestras decisiones.


Nadie comprendió esto mejor que Martín Lutero, que une el Antiguo Testamento y el Nuevo Testamento de forma remarcable en su exposición de los 10 mandamientos. Lutero vio como la ley del Antiguo Testamento contra los ídolos y el énfasis del Nuevo Testamento en la justificación por la fe sola son esencialmente lo mismo. Dijo que los 10 mandamientos empiezan con 2 mandamientos contra la idolatría. Es por eso que el problema fundamental al desobedecer la ley es siempre la idolatría. En otras palabras, nunca rompemos los demás mandamientos sin antes romper la ley contra la idolatría. Lutero entendió que el primer mandamiento trata acerca de la justificación por la fe, y no creer en la justificación por la fe es idolatría, que es la raíz de todo lo que desagrada a Dios.

“Aquellos que no confían en Dios en todo momento, y en todas sus obras o sufrimientos, vida y muerte no confían en su favor, gracia y buena voluntad, sino que buscan su favor en otras cosas o en sí mismos, no obedecen este [primer] mandamiento, y practican una idolatría auténtica, aunque hicieran las obras de todos los demás mandamientos, y a esto añadiesen todas las oraciones, toda la obediencia, paciencia, y castidad de todos los santos juntos. Porque lo principal no está presente, y sin eso todo lo demás es mero fingimiento, espectáculo y pretensión, con nada en su interior… Si dudamos o no creemos en que Dios está lleno de gracia hacia nosotros y está satisfecho con nosotros, o si presuntuosamente esperamos agradarle sólo a través de nuestras obras, entonces todo es puro engaño, honrando a Dios externamente, pero internamente poniéndonos a nosotros mismos como un [falso] salvador…” (Parte X, XI) Extractos de Martín Lutero, Treatise Concerning Good Works (1520).

Aquí Lutero dice que la incapacidad de creer que Dios nos acepta totalmente en Cristo – y buscar en algún otro lugar para nuestra salvación, es un fracaso en el intento de obedecer el primer mandamiento, es decir, no tener otros dioses delante de Él. Tratar de conseguir tu propia salvación a través de una justicia de obras es romper el primer mandamiento. Luego nos dice que no podemos obedecer verdaderamente ninguna de las otras leyes, a no ser que obedezcamos la 1ª ley – contra la idolatría y la justicia de las obras. Así que detrás de cualquier pecado en particular está el pecado de rechazar la salvación de Cristo y caer en la auto-salvación.

Continuará…

Tomado de kerigma.net. Usado con permiso.


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El automóvil del señor Ford


Por Sugel Michelén

Muchos presuponen que la ciencia y la fe cristiana son enemigas irreconciliables, pero nada puede estar más lejos de la realidad. Más bien fue el cristianismo lo que hizo posible el nacimiento de la ciencia moderna al crear el clima de pensamiento necesario para que los hombres se dedicaran a la investigación del universo.

El profesor Rodney Stark, que no profesa la fe cristiana, dice que contrario a la opinión que muchos tienen hoy día, la ciencia moderna nace en Europa, y no en ningún otro lugar, como una consecuencia directa del cristianismo.

“El cristianismo – dice Stark – representó a Dios como un ser racional, sensible, confiable y omnipotente; y al universo como Su creación personal y, consecuentemente, poseyendo una estructura racional, lógica y estable, sujeta a la comprensión humana”. Y más adelante añade: “Los cristianos desarrollaron la ciencia porque creyeron que esto podía ser hecho y que debía ser hecho”.

Había una conciencia del mandato cultural que Dios le dio al hombre de sojuzgar la tierra y enseñorearse sobre ella (comp. Gn. 1:26-28); en otras palabras, el hombre tenía la responsabilidad de usar sus capacidades como un ser creado a imagen de Dios para desarrollar el potencial de nuestro planeta y discernir el modo habitual en que el Dios soberano obra en Su creación. Como bien señala Donald Carson: “Por medio de una cuidadosa observación del universo físico, a través de experimentos bajo condiciones controladas, por medio de prueba y error, descubrimos más del universo y, consecuentemente acerca de la manera como Dios hace las cosas habitualmente”. Las llamadas “leyes naturales”, en realidad se refieren al modo de proceder de Dios.

De manera que la dificultad de muchos científicos para aceptar la existencia de Dios es un prejuicio moral y no la consecuencia de los avances incuestionables que ha tenido la ciencia para explicar muchos de los mecanismos del universo. El hecho de que podamos explicarlos no responde las preguntas de quién creó tales mecanismos y con qué propósito. John Lennox ilustra este prejuicio con el siguiente relato.

Imaginemos a un hombre en una selva remota al que le obsequian un automóvil Ford y le explican cómo encenderlo y maniobrarlo. En un principio este hombre presupone que dentro del motor hay un dios llamado “el señor Ford” que hace andar el automóvil. Cuando el motor funciona suavemente es porque el señor Ford está de buenas y cuando no funciona bien es porque está de malas. Pero nuestro amigo comienza a aprender mecánica hasta que llega el momento en que puede desmontar el motor pieza por pieza y entender cómo funciona. Ahora ha descubierto que dentro del motor no hay ningún señor Ford y que su funcionamiento se puede explicar enteramente en términos de mecánica y de combustión interna.

¿Sería inteligente de su parte suponer que en realidad nunca ha existido ningún señor Ford que inventó este motor en algún punto de la historia? Por supuesto que no. Si alguien no hubiera diseñado y construido el mecanismo no habría nada que explicar. Pues de igual modo, el hecho de que ahora podamos comprender muchos de los principios que rigen el universo no elimina la necesidad de un Creador inteligente que hizo todas las cosas con un propósito. Más bien, es la inteligencia detrás del diseño lo que hace posible su estudio.

© Por Sugel Michelén. Todo pensamiento cautivo. Usted puede reproducir y distribuir este material, siempre que sea sin fines de lucro, sin alterar su contenido y reconociendo su autor y procedencia.
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lunes, 8 de junio de 2009

Todo es… ¿relativo?


Por Sugel Michelén


El 29 de mayo de 1919 ocurrió un hecho sensacional que habría de cambiar radicalmente nuestra percepción del universo. Las fotografías de un eclipse solar confirmaron la veracidad de una teoría propuesta en 1905 por un judío alemán llamado Albert Einstein: La Teoría de la Relatividad. Hasta ese momento era generalmente aceptada la cosmología newtoniana que afirmaba que la luz viaja en línea recta y que el tiempo y la distancia son absolutos. Pero Einstein demostró que el tiempo y la distancia son relativos y que la luz viaja en línea curva.

Es imposible cuantificar el impacto que esto produjo en todos los órdenes. Si no existen absolutos en el terreno de la física (que creíamos era tan objetivo) ¿por qué tiene que haberlos en el terreno de la moral, por ejemplo? Como bien señala el historiador Paul Johnson: “Era como si el globo rotatorio hubiese sido arrancado de su eje y arrojado a la deriva en un universo que ya no respetaba las normas usuales de medición. A principios de la década de 1920, comenzó a difundirse por primera vez en un ámbito popular la idea de que ya no existían absolutos: de tiempo y espacio, de bien y mal… y sobre todo de valor. En un error quizás inevitable, vino a confundirse la relatividad con el relativismo”.

Aunque Einstein no era un judío practicante, creía en la existencia de normas morales absolutas. Sin embargo, su teoría mal aplicada, conjuntamente con otras influencias que se hicieron sentir con mucha fuerza después de la segunda guerra mundial, hicieron del relativismo la postura filosófica dominante del siglo XX (y no parece que será distinto en el XXI). “Todo es relativo”. He ahí el argumento que pone fin a toda discusión, el credo de una nueva religión que no puede ser cuestionada, a riesgo de ser condenados al ostracismo y al etiquetamiento mordaz de ser cerrados de mente.

En el relativismo, el concepto de “verdad” queda vacío de significado, y la ética deja de ser prescriptiva (“debes hacerlo” / “no debes hacerlo”) para venir a ser puramente emocional y subjetiva (“siento que es correcto” / “me disgusta hacerlo”). Los sentimientos y la voluntad reinan soberanos. Cada cual supone que puede crear su propio código de conducta y de valores, basándose principalmente en sus sentimientos y preferencias.

Esto no sólo plantea un formidable problema moral, sino también filosófico. El relativismo es, en realidad, una teoría absurda y auto contradictoria, ya que niega dogmáticamente todo dogma. Del relativista se puede decir lo que alguien dice del escéptico: proclama “que es verdad que no hay verdad, que nosotros podemos conocer que no podemos conocer, que podemos estar seguros de que no podemos estar seguros, que puedes ser totalmente dogmático acerca del hecho de que no puedes ser dogmático, que existe un absoluto: que no hay absolutos”. El relativismo es insostenible como filosofía y opuesto a la realidad. Existe un eje rotatorio que da coherencia y sentido a todas las cosas creadas: la verdad revelada del Dios que las creó.

© Por Sugel Michelén. Todo pensamiento cautivo. Usted puede reproducir y distribuir este material, siempre que sea sin fines de lucro, sin alterar su contenido y reconociendo su autor y procedencia.
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sábado, 6 de junio de 2009

Evolucionismo, aborto y eutanasia

Por Sugel Michelén

A medida que la sociedad occidental asume la hipótesis evolucionista, en esa misma medida la vida humana va perdiendo su valor; esto así por la creencia de que la vida “surgió de un mar primitivo a través de un choque… de sustancias químicas, y que a lo largo de cientos de millones de años de mutaciones casuales, este accidente biológico dio lugar a los primeros seres humanos”. Visto de ese modo el hombre no posee más valor que un perro ni más trascendencia que una roca. Ni siquiera podríamos decir que los seres humanos son animales más desarrollados, porque no tendríamos parámetro alguno para definir el progreso. Para hablar de “progreso” necesitamos un punto fijo que sirva de referencia para saber si nos alejamos o nos acercamos del ideal. De manera que el evolucionismo nos deja sin una base racional para defender la dignidad humana y a merced de una cultura de muerte que sirve de telón de fondo a la legalización del aborto y de la eutanasia. Tan pronto se asume que el feto es una cosa y no una vida humana en desarrollo, también se asume que se puede disponer de él a conveniencia.

Ahora bien, si se puede disponer de la vida de un niño antes de su nacimiento, ¿qué impide que se disponga de él después que nazca? No debe extrañarnos que unos meses después de la legalización del aborto en Estados Unidos, en 1973, el Dr. James Watson, laureado con el Nóbel en Fisiología y uno de los que descubrió la estructura del ADN, afirmó que debía considerarse la idea de privar al recién nacido de personería jurídica hasta tres días después de nacer, ya que “la mayor parte de los defectos (de los infantes) no son descubiertos hasta el momento mismo del nacimiento”. Así los padres tendrían la oportunidad de decidir si el niño vive o muere. Y Peter Singer, profesor de bioética de la Universidad de Princeton, opina que debería permitirse la eliminación de niños con cierta condición de discapacidad ¡hasta los 28 días de nacidos! Tampoco debe extrañarnos que unos años después el tema de la eutanasia tenga tanta vigencia. Tal parece que la ancianidad y las enfermedades crónicas tienen cada vez menos cabida en nuestra sociedad, donde la valía y dignidad de los seres humanos se mide en función de su utilidad y fortaleza vital. Y es que fuera del marco conceptual de la cosmovisión bíblica, que nos presenta al hombre como un ser creado a la imagen y semejanza de Dios, es imposible de probar que la vida humana posee valor intrínseco.

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Prédica de Prosperidad: Engañosa y Mortal


Por John Piper

Cuando leo acerca de estas iglesias que predican prosperidad, mi respuesta es: “Si no fuera cristiano, no quisiera serlo.” En otras palabras, si éste es el mensaje de Jesús, no gracias.

Atraer a la gente hacia Cristo para hacerlos ricos es engañoso y mortal. Es engañoso porque cuando Jesús mismo nos convocó, dijo cosas como esta: “Cualquiera de ustedes que no renuncie a todo lo que tiene, no puede ser mi discípulo” (Lucas 14:33.) Y es mortal, porque el deseo de hacerse rico, provoca que “la gente se desplome en la ruina y en la destrucción” (Timoteo 6:9.) Así que, he aquí mi súplica a los predicadores del Evangelio.

1. No desarrollen una filosofía de ministerio que dificulta a la gente llegar al cielo.

Jesús dijo ¡“Cuan difícil será para aquellos que posean riquezas, entrar en el Reino de Dios!” Sus discípulos estaban atónitos, como lo deberían estar los muchos que están involucrados en el movimiento de “prosperidad”. Entonces, Jesús siguió aumentando la sorpresa cuando dijo: ”Es más fácil que un camello entre por el ojo de una aguja que una persona rica entre al en Reino de Dios.” Ellos respondieron con escepticismo, ¿”Entonces, quién puede ser salvado?” Jesús dice: “Para el hombre es imposible, pero no lo es para Dios, ya que todas las cosas son posibles para Dios” (Marcos 10:23-27.)

Mi pregunta para los predicadores de prosperidad es: ¿Por qué querrían desarrollar un foco de ministerio que dificulta que la gente llegue al cielo?

2. No desarrollen una filosofía de ministerio que enciende en la gente deseos de suicidio.

Pablo dijo, “Existe gran ganancia en la piedad con alegría, ya que nosotros no hemos traído nada al mundo, y no podemos tomar nada del mundo. Pero si tenemos alimentos y vestido, con ello estaremos contentos.” Pero luego advirtió contra el deseo de ser rico. E implícitamente, advirtió contra los predicadores que instigan el deseo de ser ricos en vez de ayudar a la gente deshacerse de ello. Advirtió: “Aquellos que desean ser ricos, caen en la tentación, en la trampa, en muchos deseos insensibles y dañinos que desploman a la gente en la ruina y en la destrucción. Ya que el amor por el dinero es la raíz de todos los males. Es a través de este antojo que algunos han vagado alejándose de la fe y se han retorcido por las puñaladas” (1 Timoteo 6:6-10.)

Entonces, mi pregunta a los predicadores de prosperidad es: ¿Por qué querrían desarrollar un ministerio que incentiva a la gente retorcerse sintiendo puñaladas y a desplomarlos en la ruina la destrucción?

3. No desarrolle una filosofía de ministerio que incentive la vulnerabilidad donde la polilla y el oxido destruyen.

Jesús advierte contra el esfuerzo de almacenar tesoros en la tierra. Es decir, Él nos dice que seamos generosos y no acumuladores de fortuna. “Desean almacenar tesoros para sí mismos en la tierra donde a polilla y el oxido la destruyen y donde los ladrones entran en sus hogares y roban, en vez, acumulen tesoros para el cielo, donde ni la polilla ni el oxido destruyen y done los ladrones no entran a robar” (Mateo 6:19.)

Sí, todos nos quedamos con algo. Pero, dada la tendencia en nosotros respecto a la avaricia, ¿por qué quitar la mirada de en Jesús y voltearlo al revés?

4. No desarrollen una filosofía de ministerio que hace que el trabajo duro sea un medio para amasar fortuna.

Pablo dijo que no debemos robar. La alternativa radicaba en trabajo duro con nuestras propias manos. Pero el propósito principal no era meramente acumular o aun poseer. El objetivo radicaba en “tener para dar.”Dejen que el Señor les dé trabajo para que trabajen con sus manos, que tenga que dárselo a aquel que lo necesita” (Efesios 4:28) Esta no es una justificación para volverse rico a los fines de dar más. Es una convocatoria para hacer más y guardar menos, de tal modo que puedas dar más. No hay motivo para que una persona que gana $ 200.000 debiera vivir de un modo distinto de aquel que gana $80.000. Encuentre un estilo de vida como en tiempos de guerra, reduzca sus gastos y luego regala el resto.

¿Por qué querría Ud. incentivar a la gente a pensar que deberían poseer riqueza para ser donantes generosos? ¿Por qué no incentivarlos que lleven una vida simple y ser aun un donante más generoso? ¿No añadiría a su generosidad el testimonio que Cristo, y no las posesiones, es su tesoro?

5. No desarrolle una filosofía de ministerio que promueva menos fe en las promesas de Dios de ser para nosotros lo que el dinero no puede ser.

La razón por el cual el escritor para los hebreos nos dice que debemos estar contentos con lo que tenemos radica en que lo opuesto implica menos fe en las promesas de Dios. Él dice: “Mantén tu vida libre del amor por el dinero y se feliz con lo que tienes ya que él ha dicho, 'Jamás os abandonaré ni fallaré' De tal modo que con confianza decimos "El Señor es mi Salvador, no temeré, ¿qué me pueden hacer los hombres?" (Hebreos 13:5-6.)

Si la Biblia nos dice que estar contentos con lo que tenemos honra la promesa de Dios que jamás nos fallará, ¿por qué desearíamos enseñar a la gente desear ser rica?

6. No desarrolle una filosofía de ministerio que contribuya a que su gente sea ahorcada hasta morir.

Jesús nos advierte que la palabra de Dios, la cual es dada para darnos vida, puede ser ahorcada y desgarrada de cualquier efectividad por parte de las riquezas. Él dice que es como una semilla que crece entre espinas y es ahorcada hasta la muerte. “Ellos son los que escuchan, pero a medida que recorren su camino son ahorcados por los... ricos... de la vida y su fruto no madura.” (Lucas 8:14.)

¿Por qué querríamos incentivar a la gente a perseguir la misma cosa que Jesús advierte que nos ahorca hasta la muerte?

7. No desarrolle una filosofía de ministerio que quite el sazón a la sal y ponga la luz bajo un balde.

¿Qué es lo que hace que los cristianos sean la sal de la tierra y la luz del mundo? No es la riqueza. El deseo de riqueza y el perseguir la riqueza tiene el sabor y luce tal como el mundo. No ofrece al mundo nada distinto de lo que ya cree. La gran tragedia de predicar la prosperidad es que la persona no tiene que estar espiritualmente despierta para poder abrazarla, sólo se necesita ser ambicioso. Hacerse rico en nombre de Jesús no es la sal de la tierra ni la luz del mundo. En esto, el mundo simplemente ve un reflejo de si mismo. Y si funciona, lo compran.

El contexto de lo dicho por Jesús nos muestra qué son la sal y la luz. Son la alegre voluntad de sufrir por Cristo. He aquí lo que dijo Jesús: “Benditos sean los que son injuriados y perseguidos y sufran todo tipo de males en su contra debido a mi nombre. Regocijaos y estén contentos ya que su recompensa es grande en el cielo por eso persiguieron a los profetas que vinieron antes que Uds. Uds. Son la sal de la tierra... Uds. Son la luz del mundo.” (Mateo 5:11-14.)

Lo que hará que el mundo prueba (la sal) y vea (la luz) de Cristo en nosotros no es que amemos la riqueza como ellos. En vez, será la voluntad y la habilidad de los cristianos de amar a los demás a través del sacrificio, regocijándose porque su recompensa está en el cielo con Jesús. Esto es inexplicable en términos humanos. Es sobrenatural. Pero, atraer a la gente con promesas de prosperidad es simplemente natural. No es el mensaje de Jesús. No es por lo que Él murió para lograr.
By John Piper. © Desiring God. Website: desiringGod.org. Usado con permiso.
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viernes, 5 de junio de 2009

No os hagáis tesoros en la tierra (parte 3 de 3)

Por Sugel Michelén

Lo que Dios espera de nosotros es que lleguemos a comprender que tenerle a Él es tenerlo todo, de manera que si aun carecemos de aquello que deseamos, como quiera estaremos contentos.

El problema del codicioso es que Dios no le basta. Él prefiere la prosperidad y los placeres de este mundo. Él es lo que la Biblia llama un mundano. La mundanalidad no se asocia primariamente en la Escritura con cierto estilo de vida específico, sino con una disposición del corazón, una filosofía, una perspectiva de las cosas, que lleva de la mano a vivir cierto estilo de vida (comp. Sal. 17:13-14). Un mundano es aquel que ha hecho de esta vida su porción. Sus deleites provienen de cosas terrenales, lo mismo que su confianza.

Y yo te pregunto, ¿qué puedes decir acerca de ti mismo? La codicia es un pecado muy sutil. Por eso decía Newton que la codicia es un pecado “denunciado y condenado en otros, por multitudes que viven en ese hábito ellos mismos”. Pon a prueba tu corazón. ¿Acaso estás haciendo tesoros en la tierra? Por lo pronto, déjame decirte algo, si no estás atesorando para el cielo, indudablemente lo estás haciendo para este mundo. No hay alternativa.

Y ¿qué significa hacer tesoros en el cielo? En pocas palabras podemos decir que hacer tesoros en el cielo es “hacer en la tierra cualquier cosa cuyos efectos duren por la eternidad” (John Stott; Contracultura Cristiana; Ediciones Certeza, 1984; pg. 176).

Y ahora yo te pregunto, ¿qué es aquello que produce en ti más deleite? ¿Es Cristo y las riquezas de Su gracia? ¿Su cercanía, Su amor, Su cuidado, Sus promesas? ¿O son tus posesiones, tu prestigio, tu capacidad? ¿Cuál es tu tesoro? ¿Qué es lo que más te causa dolor, tus carencias o tus pecados? El codicioso se distingue fácilmente por el descontento. La carencia de las cosas que cree necesitar, o que cree merecer, no lo dejan vivir tranquilo.

Algunas personas dicen: “Yo no soy codicioso; solo aspiro tener lo necesario”. El problema es que no todos nos ponemos de acuerdo en cuanto al significado de la palabra “necesario”, y muchas de las cosas que solemos poner en ese renglón no son en verdad tan “necesarias”.

Pero supongamos que es así, que ciertamente aspiras a tener únicamente lo necesario. Aun así te haré una pregunta: El no poseer esas cosas “necesarias”, ¿te llena de ansiedad, de inconformidad, de descontento? Entonces eres un codicioso. Piper ha definido muy atinadamente la codicia como desear tanto alguna cosa que pierdas tu contentamiento en Dios (John Piper; Future Grace; Multnomah Books, 1995; pg. 221). Eso es codicia.

La codicia y el contentamiento son colocados frente a frente en las Escrituras como cosas opuestas entre sí; donde hay contentamiento no hay codicia, y donde hay codicia no hay contentamiento (comp. 1Tim. 6:6-10; He. 13:5-6). ¿Qué es la codicia? Desear tanto una cosa que no tenemos, al punto de que perdamos nuestro contentamiento en Dios. Es por eso que lo único que puede preservar nuestras almas de caer en este pecado es valorar las cosas celestiales en su justo valor, vivir activa y conscientemente haciendo tesoros en el cielo.

De Moisés dice la Escritura que menospreció las riquezas de Egipto, y el prestigio de ser llamado hijo de la hija de Faraón, ¿sabes por qué? Porque tuvo por mayores riquezas el vituperio de Cristo, y nunca quitó su vista del galardón celestial.

¿Se puede decir eso de ti? Examina en qué estás empleando tu tiempo, tu dinero; examina la naturaleza de tus pensamientos, la esencia de tus conversaciones. ¿En qué sueñas cuando sueñas despierto? ¿Cómo ser más útil en el reino de Dios o cómo incrementar tu vida de piedad, tu madurez espiritual? ¿Es ese el anhelo dominante de tu corazón?

Quiera el Señor concedernos honestidad al evaluar estas cosas, porque sólo así podremos traer nuestros pecados delante del trono de la gracia, no sólo para ser perdonados, sino también para ser capacitados por el mismo Dios para vivir el tiempo que nos resta en este mundo, “no mirando las cosas que se ven, sino las que no se ven; porque las cosas que se ven son temporales, pero las que no se ven son eternas” (2Cor. 4:18).

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jueves, 4 de junio de 2009

Avance o Retroceso

Por Sugel Michelén

En el debate actual sobre el artículo 30 del proyecto de reforma de la Constitución, se ha querido ridiculizar a los que se oponen a la despenalización del aborto presentándolos como seres retrógrados, enemigos de la civilización. Pero la bondad o maldad de una práctica no se mide por el tiempo de uso. Lo nuevo no es bueno por ser nuevo, ni lo antiguo es malo por ser antiguo. El foco de este debate debe ser la naturaleza del feto, no la antigüedad o novedad de una posición, ya que si se trata de un ser humano vivo y en desarrollo, su vida debe ser protegida desde la concepción. En nada contribuye a este debate caricaturizar a las personas en vez de rebatir sus argumentos.

No obstante, debemos señalar que la despenalización del aborto nos llevaría de vuelta a épocas barbáricas que fueron superadas en Europa por la influencia del cristianismo. Cuando un niño nacía en la Roma del primer siglo, la comadrona lo colocaba a los pies del padre; si éste lo tomaba en brazos, lo estaba aceptando como parte de la familia, de lo contrario era expuesto ante la puerta del domicilio o echado en algún basurero público para que lo recogiera quien lo deseara. Si la criatura nacía mal formada, el padre lo dejaba a su suerte en la plaza o en plena calle o lo ahogaba. Lo mismo se hacía con el hijo de una hija que hubiera cometido una “falta”, o con aquellos niños que, por razones económicas, los padres no podían mantener. De manera que “el aborto, la exposición de niños de origen extraconyugal y el infanticidio del hijo de una esclava eran, pues, prácticas usuales y perfectamente legales”, como señala el historiador Paul Veyne en su “Historia de la Vida Privada”.

No fue sino por la influencia del cristianismo que estas prácticas barbáricas comenzaron a ser vistas como tales. James Kennedy dice al respecto: “El aborto, el abandono de niños y el infanticidio desaparecieron de la iglesia primitiva. Comenzó a difundirse la voz que llevaran los niños a la Iglesia. Comenzaron a abrirse orfanatos y hogares para niños. Estas nuevas prácticas, basadas en un más elevado aprecio por la vida, ayudaron a fundar en la civilización occidental una ética de la vida humana que persiste hasta nuestra época pese a que, corrientemente, está bajo severo ataque”. Por el bien de todos, esperemos que en República Dominicana se imponga el respeto por la vida humana desde el momento en que esa vida es concebida. De ese modo seguiríamos avanzando, no retrocediendo.

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